miércoles, 30 de diciembre de 2009

Extrañas creencias

Su marido siempre le dijo que las personas supersticiosas son ignorantes e incultas. Por eso, le daba un poco de pudor admitir cierto temor ante determinados hechos.
Consciente de ello, sintió escalosfríos al ver cómo una mujer, sentada en el cordón de la vereda en medio de la noche, acariciaba un gato negro. No podía evitarlo; y creía tener una razón.
Dos días antes, el animal había aparecido en la puerta de su casa. Había saltado la reja e intentado trepar por sus piernas, seguramente en busca de arrumacos. Su resistencia había sido notoria, a tal punto que había generado risa en los transeúntes.
Dando saltos, como si estuviera pisando brasas, había alzado a su hijo, e impedido por todos los medios que el minino los alcanzara. Después de una decena de contorsiones, había logrado entrar a su casa.
Abrió la ventana para curiosear y sintió como las patas delanteras del gato golpeaban contra el vidrio. Entonces, puso a su perro en el lugar como si se tratara de un custodio contra el mal. Al menos así evitaría tener a "ese bicho" cerca o lo que creía peor aún, dentro de su hogar.
Recordó las palabras de su marido y se sintió ridícula, y hasta ignorante e inculta. Sacudió la cabeza como queriendo ahuyentar los pensamientos y se propuso olvidar lo sucedido. Pero, una hora más tarde llegaba una intimación de pago por una boleta olvidada en un cajón. Luego, una botella de agua se desparramaba dentro de la heladera, mojando absolutamente todo. Las lamparitas de la casa se quemaban en un santiamén; su amiga se quedaba sin trabajo; la plancha hacía chispas y tiraba humo, y la línea telefónica quedaba muerta.
No podía creerlo. La mala suerte la acechaba. Entonces volvió a pensar en el gato y una vez más se sintió ridícula, ignorante e inculta.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Decidió dejarlo

Lo meditó concienzudamente. Tomó la decisión. Ya no quería depender de él. No quería sentirse sometida. Estaba convencida de que era lo mejor. Se miró al espejo y sintió estar segura de que ya no lo necesitaba.
Al fin y al cabo no le traía más que desventajas. “No hay vuelta atrás”, dijo.
Pasó varias horas convenciéndose de que lo lograría. Ocupó su mente en otras cosas. También sus manos. Pero al caer la noche, empezó a extrañarlo. Encendió el fósforo, prendió el cigarrillo y sintió la derrota. El humo se llevaba su fuerza de voluntad. Y el paquete vacío le devolvía la esperanza.

Ella, ausente, piensa.

Mientras sus amigas hablan de hombres y de sexo, ella se pierde en pensamientos hogareños. No recuerda si desenchufó la plancha y repasa mentalmente si dio vuelta la llave en cada una de las cerraduras de la casa.
Mientras la que se divorció hace unos meses relata su aventura con su compañero de oficina, ella piensa en la pila de ropa que dejó sobre el canasto para lavar.
Mientras la más joven del grupo cuenta cómo logró escapar de las garras de un baboso empedernido, ella nota sus oscuras ojeras en un espejo diminuto que está sobre la ventana.
Mientras la más desinhibida deja a la luz las fantasías que desearía poner en práctica por la noche, ella se siente distante, fría, ausente.
Mientras todas ríen y se liberan, ella piensa en preparar la cena, en estar a horario y en bañar a los niños.
Mientras agarra la cartera para volver a su casa, su marido piensa en dejarla.

La decepción

Cristina había formado un excelente equipo de trabajo. Si bien oficiaba de cabeza de grupo, sentía que había logrado entablar una relación amigable con el resto de los integrantes. Cuando se trataba de trabajar eran invencibles y cuando se necesitaban en lo personal ahí estaban, como los mosqueteros, todos para uno y uno para todos.
Tras años de unión y esfuerzo, Cristina tomó una determinación. Decidió cambiar de empleo. Y dejó atrás esa “familia” que sentía había logrado mantener unida en un ambiente laboral. Se fue con los mejores recuerdos de cada una las personas con las que había pasado gran parte de su vida e incluso mantuvo el contacto durante años.
Pero Cristina tenía debilidad por dos de ellas. Eran sin duda especiales. No tenían secretos. Compartían horas de creatividad, almuerzos y, a veces, cenas.
Sentía tanto aprecio por ellas que desde su nuevo lugar siguió sus carreras y sus vidas.
Con el tiempo, una de sus predilectas comenzó a alejarse. Ya no llamaba. Tampoco respondía mails. Y rechazaba invitaciones.
En un principio, Cristina pensó que estaría ocupada. Luego, que quizás se había ofendido por algún motivo o que tendría algún problema. Pero siempre trataba de estar al tanto de cómo le estaría yendo.
Hasta que un día, cuando preguntaba sobre su vida alguien le dijo: “es obvio que no te de la cara, porque desde hace un tiempo es socia de fulana. Es como su perrito faldero y como su receptora de privilegios”.
Cristina no podía creer lo que oía. La vida le daba una cachetada certera. Aquella persona en la que había depositado mucho y de la que había recibido tanto, hoy estaba a la derecha de quien le había aplastado la cabeza cuantas veces pudo.
Cristina revivió como un relámpago las situaciones en las que junto a su predilecta había manifestado su angustia, su tristeza y su dolor frente a los embustes de aquella arpía. Luego, con la decepción a cuestas, entendió que no todo lo que reluce es oro.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La decisión

Había caminado gran parte de la mañana en busca de una faja para usar después del parto. Le quedaba una hora para almorzar y luego tendría que hacerse una de sus últimas ecografías.
El calor se notaba en su rostro y en sus pies hinchados. Sólo quería salir del quiosco con el agua mineral fresca y sentarse en el banco de la peatonal a beberla.
Como estaba cerca de su trabajo, y ya hacía días que se había tomado la licencia por maternidad, tuvo ganas de llamar a una de sus compañeras más queridas. Pensó que sería una buena oportunidad para compartir el almuerzo con alguien.
-Hola amiga. Estoy muerta de calor a un par de cuadras. ¿Te querés venir y almorzamos juntas?
-Dame diez minutos y nos vemos en el barcito de siempre.
Cerró su celular. Estiró sus piernas. Miró hacia arriba tratando de encontrar al pájaro que píaba desde hacía rato. Revisó su billetera casi a escondidas, evitando la mirada de algún bravucón, para asegurarse de tener lo suficiente para pagar la comida.
Cuando terminó de cerrar la cartera, su amiga ya estaba dándole besos y abrazos.
Las mesas ubicadas en la vereda estaban ya ocupadas. Pero en verdad, les apetecía más una interna, cerca del aire acondicionado.
-Al fin un lugar fresco.
-Al fin. ¿Y vos cómo estás?
-¡Harta! ¡Esa es la verdad, estoy harta!
-Y bueno, falta poco. Tené paciencia, en pocos días cuando tengas al bebé en tus brazos, te deshinches y no te pese la panza, ni te vas a dar cuenta del calor.
-No estoy hablando del calor. Estoy hablando de Manuel. ¡Estoy harta de la vida que me da!
-Amiga, lamento decirte que vos aceptaste las reglas...
-Sí, pero ahora es distinto. ¡Estoy cansada de que él tenga su familia feliz. Su mujercita. Sus hijitos. Sus horarios. Sus mentiras y toda su vida de mierda! Pero se acabó. He tomado una decisión. De ahora en más, todo va a cambiar. Este bebé es mío. Mi vida es mía. A partir de ahora estoy sola.
-No lo tomes a mal, pero pensé que ya lo estabas.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Siempre hay una historia

Cuando empecé este blog estaba segura de querer volver a escribir. Había dejado mi trabajo en los medios para dedicarme de lleno a mi rol de madre. Pero no estaba totalmente segura de la temática elegida. Me habían atrapado varias historias. Pero la verdad era que jamás se me había ocurrido relatarlas.
Empecé mi carrera haciendo notas de información general. Luego hubo de todo un poco, salud, educación, gastronomía, turismo y finalmente muchos años de espectáculos. Sin embargo, las historias de vida siempre me habían interesado.
Cuando escribí las primeras vivencias y anécdotas de mujeres recibí algunas críticas, la mayoría anónimas y muy duras. Pero también comentarios de personas que se sentían identificadas. En algún momento pensé en abandonar lo que había empezado. Luego, sentí que comenzaba a encontrar otra forma de escribir. Un principio, un reflejo, un desarrollo y un final, en textos cortos, que me permitían un ejercicio constante. Y a través de ellos fui encontrando mujeres y hombres que hicieron sus aportes y los hacen.
Encontré otra forma de expresión. Como también plumas excelentes en otros blogs. Distintas miradas. Variados sentimientos. Todos, positivos o negativos, me hicieron y me hacen crecer.
Siempre digo que no sé cuántas historias más llegarán a esta página. Pero mientras aparezcan, las escuche y las reciba las seguiré compartiendo con ustedes.
Gracias a los que siempre están con sus comentarios y a los que están en forma anónima.
GM

viernes, 11 de diciembre de 2009

Madre hay una sola...

Cuando Silvia quedó embarazada provocó un gran revuelo familiar. Siempre había dicho que no tendría hijos y el porqué de esa decisión era algo que planteaba muy claramente: “No me gustan los niños. Te quitan la vida”.
Cerca de cumplir los 30 años, convertida en una buena profesional y sin una pareja estable, Silvia anunciaba la llegada de un bebé. Y mientras su familia y amistades insistían en saber quién era el padre y cómo seguiría la historia, ella se mantenía firme en su postura. “Lo tendré. Pero no lo quiero. Y jamás sabrán de quién es”. Todos pensaban que esas palabras cambiarían. Tenían la ilusión de que así fuera.
Silvia se cuidó. No faltó a los controles médicos. Ni a las clases de pre parto. Compró el ajuar y esperó el momento sin ansiedad.
Cuando la niña nació, Silvia llamó a su madre y con rudeza, mirándola a los ojos, le dijo: "Tomá, tu nieta ahora es tu hija. Ponele un nombre e iniciá los trámites de tenencia".
Macarena hoy tiene diez años. Vive con sus abuelos. Su madre, la que le dio la vida, la visita un domingo por mes. La niña la recibe con un beso obligado y desaparece en silencio cuando cree que nadie lo nota. Pero antes de hacerlo, le ruega a su abuela que averigüe, que pregunte, que la ayude, porque aún no conoce el nombre de su padre.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Silvina tiene un secreto

Silvina tiene un empleo de medio tiempo, que no sólo le proporciona un ingreso económico, sino que también le brinda la posibilidad de mantenerse activa en su profesión. Su marido trabaja de 8 a 16 y sus dos hijos concurren a un colegio de doble escolaridad, lo que le permite dedicarse al hogar y a ella misma entes de que regresen. Tiene una vida más que organizada. Todo cronometrado. Nunca llega tarde a ningún lado. Quienes la conocen aseguran que es una esposa, madre y mujer ejemplar.
Algunas de sus amigas han llegado a sentir celos cuando escuchan a sus maridos decirles: “Y mirá Silvina, siempre se las arregla con todo. Está de punta en blanco y jamás se queja”.
Sin embargo, Silvina tiene un secreto. Y alguien lo sabe. Pero la admira tanto que jamás lo dejará salir a la luz. Cada día, encuentra una excusa para desaparecer durante media hora. Si está en el trabajo, inventa algún trámite. Si está en su casa, dice que olvidó comprar un condimento sin el cual no puede terminar la receta. Y si está sola igual busca una coartada, por las dudas.
Cada día Silvina se para en la puerta del edificio de vidrios espejados. Mira hacia ambos lados. Luego hacia atrás. Agacha la cabeza e ingresa.
Cuando nota que sus nervios están destrozándola, que las manos le sudan y que no le queda un centavo en la billetera, golpea la máquina tragamonedas con bronca, se cubre la cara con ambas manos y se jura no volver más.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Señora de Blanco

El apellido que portaba parecía conjugarse con el color del vestido que eligió para su casamiento. No había llegado al altar joven y tampoco con su primera pareja. Pero sí como quería. Cumpliendo su sueño de niña, había entrado a la Iglesia radiante.
Varios años después de su boda opulenta, alguien la reconoció en un consultorio médico. Una vieja conocida. Hablaron de sus éxitos en una feroz competencia y criticaron a otras mujeres con énfasis, derrochando gestos que empezaban por sus caras y continuaban por sus manos, casi invisibles detrás del brillo de varios anillos.
Hasta que la voz de la secretaria interrumpió la charla con un: “Señora de Blanco”.
La vieja conocida, que ya había entrado en confianza, le dijo:
-¿Pero cómo, no te separaste de Blanco hace años?
-Sí.
-¿Y seguís usando su apellido?
-Claro. Me costó mucho conseguirlo como para dejar de hacerlo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Doña Marta, la mirona

La pareja del 5 E se había mudado al edificio unos meses antes de que llegara el verano. Sólo estaban en el departamento algunas horas por la mañana y toda la noche. Por ello, el contacto con los vecinos era mínimo.
Sin embargo, Doña Marta, del 4 E, ya los había detectado. Tenía su oído tan atento y pendiente que era capaz de seguir sus pasos sólo con mirar el techo de su casa. Sabía cuándo llegaban; cuándo abrían las puertas del balcón, la heladera y los armarios. O a qué hora tomaban una ducha o encendían el televisor; y si prestaba un poco más de atención, hasta podía saber en qué canal detenían el control remoto.
Pero algo le faltaba para saciar su espíritu curioso: conocerles las caras. O al menos tenerlas frente a la suya, ya que había podido verlos desde lejos asomándose por la escalera cuando salían. Entonces ideó planes. Hablaba con el portero más de la cuenta para verlos entrar o salir. Se ofrecía a dejarles el diario en la entrada y ayudaba a retirar la basura del gabinete destinado para ponerla. Incluso, llegó a ponerse en puntas de pie para espiar por la mirilla de afuera hacia adentro. Pero no tuvo suerte.
Una noche, mientras sentía las risas de la pareja, tuvo un impulso. Subió por la escalera. Puso su oreja contra la puerta del 5 E. Luego, se enderezó y comenzó a golpear. El corazón de Marta se detuvo cuando la mujer abrió. Tenía que poner en marcha un plan B. Tener una excusa. Dijo lo primero que se le ocurrió.
“Disculpe señora, soy la vecina del departamento de abajo y tengo un problema. Algo debe estar mal en su baño, porque el mío se está inundando”. La mujer le pidió que esperara y fue a revisar. Segundos más tarde le explicaba que nada estaba mal. No había ningún tipo de pérdida.
Marta ya estaba entusiasmada, le había visto la cara e incluso había podido ver un poco hacia adentro. Pero le faltaba verlo a él. Entonces insistió. “Mire señora, tengo la casa llena de agua y no me voy hasta que no me deje ver si todo esta bien”.
Ahí entró en escena el personaje que faltaba. Victoriosa, Marta, tenía en frente a la pareja del 5 E, que hartos de su insistencia permitieron que pasara. Obviamente no había nada que le permitiera seguir con su mentira.
Después de unos minutos Doña Marta volvió a su casa más que eufórica y excitada. Derramando adrenalina. Temblorosa. Feliz. Había logrado su objetivo y más. Mucho más. Les había visto las caras, sus cosas, sus muebles, el baño. A partir de ese momento su mente recorrería caminos insospechados. Tenía todo el set para imaginar, crear y distorsionar historias.

lunes, 23 de noviembre de 2009

"Me voy a separar"

Hacía el anuncio en la cola del supermercado, mientras hablaba con una amiga por su teléfono celular: “Me voy a separar”. Quizás todos los que estaban allí recibían la noticia antes que su esposo. Escuchaban los detalles y planes de la rubia bronceada, que se mostraba decidida.
“Voy a pensar en mí. No lo he hecho hasta ahora por lo chicos. Porque me parece que todos los hijos de padres separados están descontrolados. Pero ya dije basta. Además, yo seré una madre contenedora. Prefiero eso a que el día de mañana me facturen que fui una infeliz”, decía.
No había forma de que el resto de los clientes del súper no escucharan la conversación. Cual locutora de un programa de radio, verborrágica y entusiasmada continuaba su charla. Y mientras acomodaba sus víveres en la cinta de la caja agregaba: “Ah no te conté, la semana pasada nos fuimos a Centroamérica, me prendí con él en un viaje de laburo. Claro con mi marido. La verdad que el lugar era divino. Paradisíaco”. Ya no parecía la que segundos antes comentaba lo mal que iba su matrimonio. Derecho al derrumbe.
“Ah pero la pasé muy mal –continuó, cambiando su tono de voz de efusivo a acongojado- no pude salir de la habitación del hotel. Me la pasé llorando, porque ahí me di cuenta que tenía que divorciarme”, y aunque sus dichos no coincidían con su bronceado caribeño parecía convencida.
“Mirá, me di cuenta que no puedo seguir con alguien que no me presta atención. No me acompaña. No me escucha. No me invita a ningún lado. Es hora de decir basta”.
Pagó su compra y salió con su carrito lleno, con el recuerdo de un último viaje y el relato de un divorcio anunciado en público, pero no en privado.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La niña que buscaba

Desconocida. Nos seguía los pasos. Verborrágica agitaba sus brazos, sus manos, su cabeza. Sin parar, exclamaba. Se hacía notar frente a nosotros; un niño, una mujer y un hombre extraños. La veía, tan pequeña, desesperada, y me preguntaba qué le faltaba. De qué estaba necesitada.
¿Sería igual que su madre a la hora de parlotear? ¿Extrañaba la presencia de su padre? ¿Dónde estaban ellos en ese momento? ¿Por qué nos llamaba tanto la atención? ¿Por qué quería que escucháramos lo que decía? No podía dejar de mirarla. Y, luego, de pensarla.
Hasta que una voz retumbó en mi cabeza: “es sólo una niña entusiasmada”. Ahí pensé que estaba haciendo un mar de una gota de agua, mientras creaba la historia de una niña que algo buscaba. Tal vez, nada. O quizás, todo.

viernes, 13 de noviembre de 2009

La mantenida

Antes de reunirse con su marido para asistir a un mismo consultorio médico, Roxana se encontró por casualidad con una ex compañera de trabajo, a quien no veía desde hacía varios años. Una seguía en el mismo lugar, con los mismos avatares de hace tiempo, y la otra había optado por un cambio de vida, que implicaba cero jefes, cero sueldo y muchas actividades diarias; había decidido dedicarse de lleno a su familia. Se contaron una que otra anécdota y se cruzaron los teléfonos.
Al despedirse, tras un afectuoso saludo, quedaron en llamarse y la ahora ama de casa, Roxana, quiso ser amable con su ex colega:
-Te venís a casa un día y te preparo algo rico para comer.
-¿Cocinás?
-Sí.
-No te imaginaba...
-Bueno, es algo normal. La gente suele cocinar...
-Ah, pero para eso tenés que tener tiempo. Bueno, aprovechá vos que sos una mantenida.
Los labios de Roxana liberaron una sonrisa algo tenue, tras el rótulo que estaba recibiendo. Ni siquiera intentó contestar. Se le hacía tarde para la cita con el médico. Pensó en tomar un taxi, pero después de mirar el reloj se dio cuenta que si caminaba rápido llegaría a tiempo. Estaba acostumbrada a "correr" todo el día. Y así fue. Estuvo a la hora señalada.
El especialista, si bien no los conocía, pensó que ya que iban juntos, aunque tuvieran distintos turnos y fueran por diferentes razones, podrían ingresar a la consulta al mismo tiempo y los invitó a hacerlo. Primero la atendió a ella. Y cuando estaba redactando la receta advirtió: “Mire a esta medicación no la cubre la obra social. Le saldrá un poco cara. Bueno a usted no. A él, que va a tener que pagar”. Una vez más alguien confundía su rol como mujer. Y una vez más pensó que no valía la pena contestar. Pero ya había perdido la sonrisa.

jueves, 12 de noviembre de 2009

La pasión prohibida de Andrea

La apariencia de Andrea era muy similar a la de Laura Ingalls, aunque con el tiempo dejara salir de sus entrañas a alguien más parecida a Nelly Olson. Pero eso sucedía a oscuras, en secreto.
Se había tomado el trabajo de realizar con puntillosa paciencia sus invitaciones de casamiento. Nada de impresiones y papeles comunes. Todo artesanal. El esmero que había puesto para su boda campestre había sido atesorado por años, para que tuviera más fuerza en el momento indicado.
Ella sabía que estaría preciosa. Que nada fallaría. Que sus pecas resaltarían como estrellas; y su cabellera larga y su figura delicada brillarían esa noche, cuando diera el sí. Se sentía preparada desde hacía tiempo para ello.
Un mes antes el vestido ya estaba terminado; organizada la despedida de soltera y las tarjetas de participación enviadas. Ningún detalle se había escapado al hacer la lista de regalos. Todo a la perfección. Noches enteras de trabajo rendían su fruto. Y generaban cansancio.
Y cada mañana, despertaba soñando su sueño a cumplir. Y cada tarde, se tomaba un respiro. Se levantaba del sillón de su escritorio y decía: "vuelvo en quince. Voy a despejarme". Nadie prestaba más atención que la que merecía tal comentario. Era algo común en la oficina. Ni siquiera era seguida por las miradas. Cada cual tenía su historia, igual que ella.
Un día recibió una llamada urgente. Quien hablaba la requería con insistencia. Entonces, alguien comenzó a buscarla por el edificio. Nadie sabía cuál era su lugar de descanso. Nunca lo había dicho. O no le prestaron atención. Fue entonces que un colega pensó que podía estar dos pisos más abajo, en una especie de jardín interno, con buena luz y buen aroma.
Decidido a encontrarla bajó las escaleras de prisa. Abrió la puerta con ímpetu y se topó con la escena. Andrea estaba aferrada a su prohibición. Besándolo. Roja de pasión. Nunca notó la presencia extraña. Pero todos hablaron del tema.
La noche de su boda resultó como había sido pensada. Lo demás quedó en una anécdota. Hasta que un año más tarde, alguien más abrió la puerta del paraíso dos pisos debajo de la oficina. Ahí estaba Andrea, con su embarazo de 7 meses, nuevamente aferrada a su pasión.

sábado, 7 de noviembre de 2009

La mujer de los lazos amargos

Isabel tiene seis hijos, dos trabajos y un marido ausente, que viaja mucho en busca de oportunidades para una vida mejor. Mientras, ella se ocupa y se preocupa por salir adelante.
Cada vez que él regresa defraudado, la tensión se hace insoportable. Ella trata de mantenerse callada. De que sus hijos vivan tranquilos. Pero todo se derrumba ante el primer vaso de cerveza que él ingiere.
Isabel no soporta los gritos. Menos aún el maltrato. Lo echa. Siente estar segura de querer la paz que busca hace tantos años. Pero él vuelve. Y ella confía. Le abre la puerta. Sin embargo, la historia se repite.
Isabel ha jurado cortar lazos. Pero no puede. Cada vez que intenta hacerlo los ata con más fuerza. Llora. Sufre. Teme. Y ahí está, otra vez, durmiendo a su lado.

Dejá para mañana

Desperté con una caja de cereales de chocolate sobre mi cara. Detrás de ella, un beso ruidoso, perfecto, como ensayado, que me invitaba a levantarme. ¡No, por qué! ¡Hoy no tengo ganas de levantarme! Es sábado, quiero quedarme en la cama hasta las 10, al menos. Pero sólo lo pienso. No me atrevo a decirlo. ¿Cómo podría hacer algo así frente a alguien tan tierno y pequeñito, que está moldeando su carácter? ¿Y por qué no?, pienso un segundo después. Tendría que decirle cómo me siento.
Arranco como puedo y voy viendo los restos del día anterior. Espero que un hada madrina me devuelva a mi sueño entre sábanas y se encargue de todo. Pero no sucederá, como no sucedía hace 30 años, cuando me pedían que ordenara mis cosas.
Entonces me acelera un grito: “¡Dale quiero la leche! En ese momento temo que el teléfono suene. Siempre suena cuando más aturdida estoy, y es cuando peor me pongo. No sé por dónde empezar. Me siento un instante. Encuentro sobre la mesa los colores que usé la noche anterior, al hacer una tarea para el jardín que venía dejando pasar y recuerdo: “Amor, dejá todo para mañana”.
Comienzo a dibujar mi propia sonrisa. Es distinta. Es rara. Es que ya “es mañana”, aunque parece ayer.

martes, 3 de noviembre de 2009

Todo tiene un final. Todo termina.

Esa tarde, nada estaba saliendo como ella lo había pensado. Y la furia comenzaba un largo, pero definido camino por sus venas. Estaba dispuesta a llegar a la meta. Ella, convencida de que se lo impediría, buscaba alternativas.
Pero el trabajo se le hacía pesado. Error tras error, trató de calmarse. Decidió escuchar un poco de música en la radio. Las malas noticias voltearon su idea y comenzó a mover el dial como si no hubiera más tiempo. El fin de su mundo perfecto se avecinaba. Estaba a punto de estallar.
No pudo decidirse por ninguno de los discos que tenía a mano. Entonces, como si la salvación en carne viva la guiara, volteó hacia la biblioteca. Todo o casi ya le resultaba conocido. Pero estaba dispuesta a vencer. La ira no podría devorársela.
Comenzó a sentirse mejor cuando las solapas de los libros la llevaban a lugares lejanos, algunos claros, otros oscuros. Recordó lo placentero que le había resultado seguir los pasos de Raskolnikof y pensó volver a hacerlo. Pero tenía la historia tan fresca, que se arrepintió y prefirió tomar el ejemplar que estaba al lado.
Así, volvió a sentarse con Kundera. Ya sus palpitaciones desaparecían. Y quizás comenzaba a sentir la levedad, a tal punto que fue por sus anteojos. Estaba decidida a releer. Y mientras lo hacía pensaba que ya era hora de visitar alguna librería. Hacía tiempo que no compraba nada. Y tenía lecturas pendientes.
Con la sensación de un tiempo detenido, había olvidado la ira por completo y se había hundido en el sillón. Ya casi no sentía su respiración. Hasta que llegó a la página 55. Ahí estaba Kundera derrumbando su necesidad de asombro y logrando que la ira retomara la partida. Le estaba poniendo ante sus ojos el final de Ana Karenina. Había roto su deseo de algún día descubrir una a una las palabras unidas por Tolstoi.
Arrojó el libro sobre la mesa. Se descubrió con bronca. ¿Por qué le estaba pasando esto a ella?
A punto de comenzar a sentirse víctima, se dio cuenta de que estaba releyendo un libro. Había vuelto a empezar. Entonces, olvidó la ira, las carreras, los avatares y siguió hasta la página 92, como si nada hubiera sucedido.

viernes, 30 de octubre de 2009

Víctima en el andén

Lety elige una fecha para visitar a su madre en la Capital. Pide una licencia laboral. Sabe que será difícil que Augusto, su esposo, la acompañe. Sin embargo, le consulta. Segura de que él no podrá, saca un pasaje para un lunes a primera hora, así alcanza a despedirla en la terminal de ómnibus antes de ir al trabajo.
Así sucede. Lety apoya la mano en el vidrio del colectivo y espera que su marido haga los mismo del otro lado. Le arroja un beso y parte.
Una hora más tarde, llega la primera parada. Lety baja con su pequeño bolso de mano y una mochila. Enciende un cigarrillo. Lee los titulares de los diarios en el quiosco de revistas. Mira el reloj. Le quedan unos minutos para ir al baño.
De regreso al andén, el coche ya esta en marcha. Los pasajeros suben. Y ella llega justo para encontrarse con Esteban, que ansioso la busca entre la gente. “Se hace tarde -dice mientras se pone en puntas de pie para besarlo-. El viaje es largo y el tiempo es poco. Mi madre me espera al atardecer”.

martes, 27 de octubre de 2009

Madres cómplices vs. amigas cómplices

Hace ya muchos años, nos hablaron de una médica dedicada a la estética femenina. Mi amiga quería perder unos kilos que tenía de más y yo recuperar unos que había perdido entre el trajín del trabajo y el descuido. Confiadas de que obtendríamos resultados, como si alguna transfusión mágica le sacara a una un poco y se lo diera a la otra, fuimos.
No nos sorprendimos al encontrarnos con hermosísimas señoras en la sala de espera. Muchas no tenían motivos para estar allí. Quizás nosotras tampoco. Pero así somos las mujeres.
Sí nos llamó la atención lo que la secretaria decía a cada una cuando se retiraba: “Tiene que ir a esta dirección, dentro de quince días, a retirar las pastillas, y tomarlas como le indicó la doctora”. ¡Anfetaminas!, pensé. “¡Milagro!, pensó mi amiga.
Nos sentamos en la atestada sala de espera. Y como suele suceder, alguien empezó una charla. “Yo las conozco a ustedes”. Un “¡Sonamos!” retumbó en mi cabeza, como si nos hubieran descubierto en la peor fechoría. Ya en ese momento quise huir. Pero mi amiga seguía pensando en “su milagro”.
Con algo de ansiedad, la intriga nos hizo permanecer sentadas en las incómodas sillas negras. “Sí –agregó la señora- ustedes son amigas de fulana”. Había acertado. ¿Pero cómo sabía? Pueblo chico infierno grande, pudo haber sido la mejor respuesta. “Porque fulana también es amiga de mi hijo y ustedes estuvieron en su cumpleaños”, dijo. Entonces, quedaba develada la incógnita.
Pero como la espera se hacía larga, la señora siguió hablando de su hijo, que ya por ese entonces se perfilaba como el conocido carilindo de la movida nocturna, con ansias de crecer y ocupar el trono de la notoriedad.
La dejamos que hablara. No íbamos a perdernos los chismes. Obvio. Y el mejor llegó como media hora después de haber escuchado las más increíbles maravillas sobre ese hombre. “¿Saben qué?, no vengo acá por mí. Vengo por mi hijo. Él siempre fue gordito. Entonces me manda a mí a buscar las pastillas. Se muere si alguien lo ve”.
Cuando la mamá cómplice se perdió tras la puerta del consultorio, agarré a mi amiga del antebrazo y le dije salgamos de acá antes de que sea tarde. Habían varios motivos para hacerlo. La reputación de la médica ya resultaba dudosa. Cualquiera que entrara a la consulta podría terminar histérica y con las manos temblorosas. Y lo peor, media ciudad se enteraría que habíamos estado allí.
Me costó el enojo y la bronca de mi amiga al sentirse manejada por mí. Creía hacerle un favor y, admito, me comporté como una madre furiosa sacándola a los tirones. Nunca supe si alguna vez entendió el por qué. Y con el tiempo no la vi más. Pero les puedo asegurar algo, al hijo de la señora lo he visto varias veces y sigue igual. Definitivamente, el tratamiento no era efectivo.

viernes, 23 de octubre de 2009

¿Y dónde está la novia?

El calor podía humedecer las manos de cualquiera esa mañana. Y el encierro del despacho de la jueza ayudaba. La ropa para la ocasión y la espera también.
Y mientras una novia daba el sí en la sala del Registro Civil, vitoreada por sus amigas como si hubiera ganado la partida más difícil de su vida, en el pasillo, atravesando la puerta, un grupo esperaba la celebración del próximo casamiento.
Ahí estaban el novio, los testigos, los padres, el resto de los parientes, los amigos. Pero, no estaba la novia.
Sin dudas, en algún instante habrán notado su ausencia y se habrán preguntado: ¿Dónde está? Cuántas respuestas se habrán imaginado. En el baño. Acomodándose el peinado. Retocando el maquillaje. O teniendo una última charla con alguien. Quién podría saberlo. Quizás una o dos personas en ese lugar.
Pero afuera, en los jardines, más precisamente entre los arbustos, todo aquel que atravesaba la vereda o subía la escalera principal, se hacía otra pregunta. ¿Qué le pasa?
Ahí estaba, la novia, devorándose el último cigarrillo de soltera. Encorvada. Enfundada en un vestido blanco lleno de tules -que seguramente la llevaría ese mediodía después del Civil a una ceremonia religiosa- pitando, desesperada.
Los que la vieron pensaron: “Sí que la puso nerviosa el casamiento”. “Cuánta ansiedad”. “Que angustia”.
Sin dudas, ella había creado una postal diferente. Y el cigarrillo ardiendo dejaba abierta la puerta a la imaginación. ¿Sería el último?, ¿Por qué se había escondido?, ¿Algo prohibido?, ¿Estaba mal? ¿Estaría quemando lo que dejaría atrás? ¿O estaba penando de ante mano lo que vendría? Sólo ella y las cenizas que cayeron en el césped lo saben. Esa es parte de su historia.

La novia de mi marido

De nada había servido que todas trataran de alertarla. Hacía oídos sordos a las insinuaciones. Hasta que un día, muy suelta de cuerpo y de palabras Bibiana afirmó frente a todas sus amigas: “¡Pero claro que lo sé! No soy ingenua. Sólo trato de parecerlo. Sé su nombre. Donde vive. Y cuánto gasta mi marido en ella.
“También sé que el celular apagado por reuniones importantes es la excusa. Y que los viajes repentinos para participar de congresos no son otra cosa que pequeñas lunas de miel. Pero saben una cosa, yo tengo su apellido, su tarjeta de crédito, un auto nuevo cada año, un viaje a cualquier destino cuando quiero y tiempo suficiente para buscar amigos.
“Chicas es sencillo –les dijo-, ella maneja sus horarios, su mente, su vida y, sin saberlo, libera la mía”.
Bibiana había dejado atónitas a la mitad de las mujeres que la escuchaban y desatado la envidia del resto.

Mi novio... Mi novio... Mi novio...

No se le escuchaba decir nada sin que agregara “mi novio”. En cada frase. A cada instante. En cada sitio. Hasta el hartazgo. Algunas decían que las mariposas que anuncian la llegada del amor, revoloteando en el estómago, se le habían subido a la cabeza. Otras, que estaba cada vez más sometida.
La realidad era muy profunda. Necesitaba, sí, que todo el mundo lo supiera. Estaba de novia. Quería demostrar que su imagen desgreñada y criticada por sus esculturales amigas, no había sido impedimento para conseguirlo. Tampoco sus kilos de más, esos que tantas veces le marcaron todas. Quería demostrar con sus "mi", que estaba saliendo de la soltería sin poner en práctica todas las argucias recomendadas.
Y quien fuera capaz de leer en su mirada, a simple vista notaría que en verdad había encontrado lo que siempre había querido. Lo tenía. Estaba con él sí. Sin cambios, sin dietas, sin maquillaje, tenía su propio yo adherido a un "mi".

miércoles, 21 de octubre de 2009

Le contaron que dijo que dice que...

Carina no se sentía muy bien esa mañana. Decidió postergar todo lo planeado y disfrutar de una larga ducha. Antes llamó a su madre. Le hizo un comentario y pidió discreción.
Minutos después... Su madre llamó a su tía. Su tía habló con la abuela. La abuela se lo contó a la vecina. La vecina, al carnicero. El carnicero, a otra clienta. La clienta a su hija. La hija de la clienta a su amiga. La amiga de la hija de la clienta, al marido. El marido de la amiga de la hija de la clienta, al oculista. El oculista a su secretaria.
La secretaria del oculista a la maestra de su hijo. La maestra del hijo de la secretaria se lo dijo a la peluquera. La peluquera lanzó la novedad al proveedor de tinturas. El proveedor de tinturas agarró el celular y llamó a su mujer. La mujer del proveedor de tinturas se lo dijo al veterinario. El veterinario se lo contó al peluquero canino, quien se lo dijo a la dueña del ovejero alemán cuando pasó a buscarlo.
La dueña del ovejero alemán se cruzó con la chica que escribe en la sección sociales del diario y le dio la primicia. La chica de sociales del diario se acordó del comentario cuando fue a la farmacia. Entonces se lo contó a la farmacéutica.
La farmacéutica se lo contó a la cajera de la farmacia. La cajera de la farmacia, al cadete. El cadete, a la señora que había pedido analgésicos para el dolor de muelas. La señora con dolor de muelas no podía ni hablar pero llamó a su hermana para comentarle. La hermana de la señora del dolor de muelas llamó a su esposo, que estaba trabajando en su oficina.
El marido de la hermana de la señora con dolor de muelas llamó a su empleado a su despacho. El empleado golpeó con los nudillos la ventana e ingresó. El jefe lo esperaba con los brazos abiertos. Se le abalanzó dándole varias palmadas casi asesinas al grito de: ¡Felicitaciones hombre. Al fin será papá!
Carina ya había tomado su larga ducha y disfrutaba de un café humeante cuando tomó el teléfono para darle la noticia a su marido.

lunes, 19 de octubre de 2009

Nacimientos

Hubo un tiempo en el que había perdido el sentido del humor. Lo encontró en un caja en el desván. Contenía fotos que la mostraban desde bebé hasta la adolescencia. El primer recuerdo la abordó como un soplido del subconsciente. Ahí comenzaba la historia.
Forrada en papel rosa con muñequitas de frondosos vestidos y mejillas ruborizadas, esa caja no había sido pensada para ella. Como tampoco la ropa que prolijamente acomodada había llevado dentro.
Antes de nacer ya tenía nombre y era de varón. La batita que le pondrían cuando saliera del vientre de su madre era celeste. Entonces, cuando la luz roja indicó el nacimiento, nadie corrió hacia la puerta de la sala de parto.
Mientras el médico sostenía a una niña que había forcejeado contra un cordón umbilical que la apresaba tan fuerte como podía, en la habitación contigua un grito desgarrador le daba la bienvenida al pequeño dueño de la caja rosada, con batas bordadas en carmín y escarpines rosas. Lo llamaron Adrián.
La decisión más rápida fue intercambiar las cajas. Y por eso ella tenía la de las muñecas rozagantes. Para todos, no fue más que una anécdota. Para ella fue una marca.
Le dieron el nombre que le hubiese gustado tener. Le dieron todo. Pero algo le faltaba. Y buscando el humor que había perdido, entendió que había dejado atrás a la mujer que no esperaban.
Había pasado gran parte de su vida tratando de ser lo que no fue. Se esforzó con rudeza por obtener los puestos más altos. Se arremangó camisas como cualquiera de sus colegas varones. Trabajó hasta altas horas de la noche sin más objetivos. La competencia hombre a hombre la desgastaba, pues ella era una mujer. Cuando tuvo la caja en sus manos lo recordó. Rió a carcajadas. Se sacudió el polvo guardado durante años. Se pintó los labios de rubí. Alisó su pelo. Y volvió a reír.

viernes, 16 de octubre de 2009

Algunas frases que me han dicho desde que soy madre

Una pequeña lista de las que recuerdo. Dejé de lado las que a veces te gritan en la calle aunque vayas con tu hijo en brazos. Seguramente ustedes tienen muchas más.
-Los niños vienen con un pan debajo del brazo. Aún no he visto el pan. Pero sí muchos pañales, mamaderas, manchas en la pared y mucho desorden.
-Los niños no vienen con un manual. Totalmente cierta.
-Estás igual. Falsa, nunca estás igual después de ser madre.
-Ya recuperaste tu peso. Verdadera. Pero que fea suena.
-Esto recién empieza. Verdadera. Así es la vida.
-Sacalo rápido de tu habitación. Esa fue buena. Pero nunca pude dejar de levantarme varias veces a verlo.
-No hay nada más lindo que dormir con tu hijo. Pero no mencionaron las patadas, las babas y los tirones de pelo.
-No vas a poder dejar de mirarlo. Verdadera. Una nunca se cansa.
-Dejalo que llore. No lo alces. No he hecho caso a esta frase.
-Tenés que curarle el empacho. Y... a veces terminamos buscando a la señora que lo hace.
-No lo peles. Por algo nacen con pelo. Y terminamos pelándolo.
-Si ves a una madre enojada tironeando de un niño en la calle, seguro tiene entre dos o tres años. Verdadera, eso es porque no traen un manual cuando nacen.
-Tenés que volver a trabajar rápido o te consumen. Prefiero que me consuma mi hijo antes que un jefe malhumorado.
-Ah pero mi hijo esto o lo otro. Y sí, así somos las madres.
-No puedo creer que seas madre. A veces yo tampoco.
-Haceme caso, yo sé por qué te lo digo. A veces es verdadera y otras falsa. Las mamás tampoco venimos con manual.
-Preparate para volver a hacer la escuela primaria. Veremos cuando llegue el momento.
-Disfrutalo ahora porque en unos años más ni le ves la cara. Parece tan verdadera como la vida misma.
-Hijos chicos probremas chicos. Hijos grandes problemas grandes. ¿Será así?
-¿Y para cuando el hermanito? Es la frase más trillada de todas. Esa que te da ganas de contestar y a vos qué te importa.
Y la última: Feliz día mamá.

La mujer de los ojos claros.

Veo a la mujer de los ojos claros casi a diario. Siempre cruzamos algunas palabras. Y no faltan las anécdotas. En muchas oportunidades terminamos hablando de los hijos. Cómo son. Cuánto nos preocupan. Cuánto nos alegran. Cosas de madres. Cosas de mujeres. A veces profundas. A veces superfluas.
En algunos puntos nos reflejamos. En otros nos reímos de nosotras mismas. Sabe entender cuando algo me cuesta o cuando no sé qué o cómo hacer. Y, con el tiempo, le fui encontrando la explicación a ello. Tiene tres hijos. Por eso conoce pasos y senderos que aún no descubro o transito en el rol de madre.
Un día no pude esconder el cansancio durante la conversación. Mi pequeño me había dado una buena batalla para empezar la mañana. Ella lo había notado y con mínimos gestos me alimentaba el ánimo. Una vez más, me entendía.
Un día le pregunté qué edad tenían sus hijos. Me sorprendió cuando dijo que los tres tenían la misma. Trillizos. Desde ese momento la vi de otra manera. No hacía falta explicarle de berrinches, agotamiento, emociones, felicidad, deseos, sueños, ternura, enojos o decisiones. Ni sobre el tiempo que no alcanza o el dinero que no sobra. Obviamente, nada le era ajeno.
Ese día, ella se dejó ver mujer, madre y esposa. Trabajando. Viviendo. Buscando. Ese día dejé de ser el centro de la escena y comencé a entenderla a ella.

jueves, 15 de octubre de 2009

La fuerza de una madre

Ale estuvo a punto de morir en su último parto. Y cuando digo morir no es una metáfora. Todo se complicó. La conocí en la Patagonia, lugar que como ya he dicho fue mi hogar por varios años.
Una madrugada, cerca de las cuatro, sonó el teléfono. Sabía que esa llamada no anunciaría nada bueno.
“La flaca está mal. Se complicó todo”. En ese momento, mi corazón empezó a latir más rápido que de costumbre. Salté de la cama. No sabía hacia dónde caminar. Fui a la habitación de mi hijo y simplemente lo miré.
Me senté junto a él un instante y recordé a "la flaca" tan activa como un volcán guiando a sus tres criaturas; sonriente a pesar de los avatares, luchadora, emprendedora. Y pedí a la vida que la cuidara y a la muerte que la dejara en paz.
Creo que fuimos muchos los que deseamos el milagro. Muchos los que estuvimos presentes aunque estuviéramos ausentes.
Después de varios días de incertidumbre y desesperación, despertó. Miró a su marido y preguntó por su beba y sus otros tres chicos. Hubo lágrimas. Esfuerzo. Solidaridad. Y mucho más que eso. Ale volvió a demostrar que la fuerza de una madre no puede compararse con nada.

La psicología de Cecilia

Cientos de especialistas hablan de los cambios que se producen psicológicamente en las mujeres de cuarenta. A veces resultan ciertos. Otras no. Algunas optan por dar giros inesperados para los demás, pero muy analizados y esperados por ellas.
Ese fue el caso de Cecilia, quien se sumó al porcentaje de las que quieren volver a estudiar, aunque ya se hayan realizado profesionalmente.
Ella había obtenido su título de Perito mercantil y, luego, un diploma que colgó orgullosa al recibirse de Contadora. Pero con los 40 recién cumplidos, se descubrió amante de la psicología. Lo pensó, lo meditó y se inscribió en la carrera que sospechaba sería su puerta de ingreso a una nueva vida.
Pero no pensó en cómo iba a reaccionar su marido. Tampoco se molestó en consultarlo demasiado. Sólo anunció, ya que supuso que estaría de acuerdo. Entonces, siguió adelante. Pero, siempre hay un pero. Cuando llegó el momento de sentarse a estudiar para rendir finales, notó que le resultaría más práctico unirse a un grupo o al menos a un trío o simplemente formar un dúo.
Allí comenzaron los problemas. Cecilia, totalmente extrovertida, coqueta, graciosa, jocosa y linda, no obtuvo ni un solo sí de sus compañeras al momento de buscar con quién estudiar. Pero, consiguió muchos de sus compañeros. Eligió a uno e hizo planes.
-Amor, voy a empezar a estudiar con Ramiro.
-¿Qué?
-Que quedé con Ramiro para preparar una materia.
-¡No, vos estás loca!
-No me importa lo que digas. Mañana empezamos en su departamento.
-¿Pero en qué estás pensando. Te vas a meter en el bulín de un tipo?
-¡Ay, qué decís, si es un niñito, tiene 20 años!
-¡Definitivamente estás loca!
-Bueno, entonces que él venga a casa.
-¿Me estás hablando en serio? ¿Pensás meter un hombre en casa? ¿En qué estás pensando?
-En estudiar, en qué más podría estar pensando.
-¡En mí. Podrías estar pensando en mí!
-Voy a estudiar con Ramiro te guste o no.
-Mirá, que te quede claro: es él o yo.
Cecilia se pasó las manos por la cara. Lo miró a los ojos y dijo: esta vez soy yo. Ni él ni vos. Que te quede claro.

miércoles, 14 de octubre de 2009

“Me sacaron la tarjeta”

Entré en un negocio de esos en los que venden desde adornos hasta bijouterie y ropa. Me había tentado una pulsera plateada. No pensaba comprarla. Sólo quería verla y averiguar el precio. El local se veía pequeño por fuera, pero por dentro tenía varias habitaciones repletas de objetos.
Mientras esperaba a que me atendieran una mujer revisaba con notoria desesperación todo lo que se ponía ante sus ojos. Los collares, la habían atrapado. Agarraba uno, lo soltaba e iba por otro. Como demoraba mucho en su elección, me llamó la atención más que las paredes desbordantes de cuadros y percheros.
Estaba prolijamente peinada. Cuidada. Sus zapatos debían costar más que todo lo que yo llevaba puesto. Su traje era, sin duda, de buena calidad. El saco blanco, impecable, tenía terminaciones en un gris perlado tan delicado como sus cuidadas manos.
Eligió finalmente varias cosas. Y luego pidió que le sacaran la cuenta. Metió la mano en su cartera y dijo: “no me alcanza”. “Puede pagar con tarjeta”, le dijo la vendedora.
En ese momento, la mujer miró hacia ambos lados, como tratando de percibir algo. Se corrió el mechón de pelo que le cubría la frente, se inclinó hacia la chica y casi susurrando le dijo “sabés que pasa, mi marido me sacó la tarjeta. Dice que gasto mucho y debe ser cierto porque ya tampoco me queda efectivo”.
Con timidez mostró un billete de veinte pesos. “Es todo lo que tengo. Pero esos collares me han elegido y serán míos. Tomá, te los dejo de seña. Guardame todo, que yo esta noche consigo el resto”.
La vendedora recibió la seña. Y anotó un nombre y un apellido en un cuaderno. La clienta, se puso sus lentes oscuros. Largó un au revoi y salió. Habíamos quedado junto al mostrador la chica y yo. Ambas nos hicimos la misma pregunta: ¿Volverá? Todo dependía de que tan buena fuera su noche.

viernes, 9 de octubre de 2009

El celular, las carteras, el correo y la trampa

Muchos pueden tener la tentación. Pensarlo dos veces y echarse atrás. Rodrigo no pudo. Sospechaba todo el tiempo de Valeria. Especialmente cuando escuchaba las anécdotas de algunas chicas de la oficina. Se sentía perturbado cada vez que alguien decía: “viste, si son todas iguales, la que no corre vuela”.
Comenzó a fijarse en los horarios de su mujer. Trató de estar atento a sus salidas o encuentros con clientas y amigas. Si se arreglaba más de lo normal le hacía cientos de preguntas u ofrecimientos diversos con la intención de que pasara más tiempo en casa.
“Ella puede ser tan o más astuta que mis compañeras”, había pensado en voz alta, mientras tomaba una cerveza con sus colegas después del trabajo, ritual que no dejaría de lado por más preocupado que estuviera. “Tenés que ser más rápido. Busca datos donde podés y donde no; y mirá todo, lo que se puede y lo que no”.
Así empezó a saciar sus tentaciones. Primero fue el celular. Esperó que Valeria se durmiera y revisó mensajes, llamadas (echas y recibidas) y directorio telefónico. Nada. Sólo trabajo y cosas de mujeres. Decidió insistir. Era el turno de los bolsillos. Esperaba que ella hubiera dejado algo olvidado. Nada. Ni en las carteras. Ni en las camperas. Ni en los jeans. Otra vez, nada.
Pasó decenas de veces junto a la computadora. Intentó sentarse para abrir su casilla de correo. Sería fácil –pensó- porque su esposa era muy predecible a la hora de poner claves. Avergonzado de sus tontas ideas decidió darse un descanso.
Pero los amigos insistían: “No seas tonto. Seguí buscando”. Resolvió que lo mejor sería despejarse y sacarse los fantasmas de la cabeza. O que tal vez debería hablar con ella. Si algo le ocultaba quedaría al descubierto. Y si no, lo entendería; simplemente porque lo amaba.
Pero antes de cerrar sesión, hundió sus dedos en el teclado e intentó con varias palabras. Hasta que acertó. “Bandeja de entrada: (Asunto) Rv: MI MARIDO”. Abrió el mail sin dudarlo y leyó: “Sí, soy más astuta que vos y todas tus compañeras. Ojalá estés leyendo con atención. Ya es hora de terminar con esta tontería. Te he dejado ver todo lo que podías y lo que no. Espero que la próxima vez que estés lleno de fantasías, agobiado e inseguro, recuerdes verificar que has cortado bien tu celular mientras me sacás el cuero con tus amigos. Nos vemos. Vale”.
Rodrigo cerró la sesión. Aflojó el nudo de su corbata. Olvidó la cerveza after office. Llegó a su casa temprano. Y cambió de tema.
Valeria, cambió su clave.

Guillermina y un jamás que nunca fue

Guillermina encontró a su padre en la habitación durmiendo con una persona. No era su madre. No podía mencionar con quién, por pudor o por vergüenza. El silencio de la casa la espantaba. El momento inesperado la había devastado.
La irá se apoderó de su madre, hasta arrastrarla hacia la misma habitación donde había comenzado el derrumbe. La rebeldía había derrotado a su pequeña hermana. Y la pasión oculta de aquel hombre silencioso, al que desconocía después de tantos años de adorarlo, había sembrado en ella resistencia.
Se juró jamás formar una familia. Y no volvió a subir la mirada. Encorvó su espalda y optó por no ver los ojos vecinos y no escuchar las voces cercanas ni lejanas. Hasta que decidió su rumbo. El convento la esperaba. Estuvo allí unos años. Sintiéndose segura, Guillermina no buscaba nada.
Dicen que faltaba poco tiempo para que el hábito cubriera su cuerpo, cuando al fin decidió levantar su rostro y mirar hacia adelante. Todo se le hizo confuso. Vio lo que no había esperado, junto a la puerta de la iglesia. La claridad la invitaba.
Dos años después volvió al barrio. Su madre le abría la puerta de casa mientras su esposo la ayudaba a bajar del auto con cuidado. Guillermina lo abrazó en busca de calma, sin poder rodearlo. Su panza ya no la dejaba.

La gerbera invadiendo el gris

Desde lejos podía vérselo. Traje gris. Antejos. Maletín en mano. Caminaba acelerado, arrojando palabras a borbotones al igual que el otro hombre que iba a su lado, al mismo ritmo y con una imagen similar.
Pero, también, desde lejos, podía notare algo que los diferenciaba, él llevaba una flor -envuelta en celofán- en su mano izquierda, casi inmóvil, como si temiera deshojarla.
El rojo fuerte de los pétalos invadía la monotonía de los atuendos. Era como si la gerbera hubiera escapado de una selva tropical, para meterse en el bloque citadino persiguiendo ser cómplice de algún destino.
Ese medio día caluroso la “margarita gigante” se estaba acercando a alguien. ¿Quién sería? ¿Por qué la recibiría? ¿Una ocasión especial? ¿Un detalle? ¿Iría en busca de un te quiero, un simple gracias o un perdón? Sólo ellos lo sabían. Sin embargo, algo quedaba claro: había sido elegida para formar parte de una historia, que quedaba a la vista de todos sin profundidad, sin relatos, sin espías. Sólo permitía imaginar que detrás de la imagen había una mujer.
Ya a solas, él entró a un edificio. Abrió la puerta del departamento y dejó el maletín apoyado en un sillón. Fue a la cocina y puso a la gerbera sobre la mesa. Sacó la comida congelada. Le dio un golpe de microondas y se sentó a almorzar. El, la flor y el Zonda intruso colándose por la juntas de las ventanas. Quién sabe dónde quedó "ella".

martes, 6 de octubre de 2009

El clic, el sabor metálico y la papanatas

Sintió un clic y el sabor metálico le atravesó la garganta. No sabría hasta después de unas horas que el sonido provenía de una 9 milímetros.
Había tenido la suerte de salir del edificio en el momento justo. Pero el destino la hacía volver en el menos indicado. Ingresó por la puerta de doble hoja y notó algo raro. Pero eso no la detuvo. Caminó diez pasos, hasta que alguien la tironeó de su abrigo. “Quedate quieta nenita que esto es un asalto”.
En segundos, pasó a integrarse al grupo de colegas que había quedado de espaldas a los asaltantes, sin poder mirarse. Algunos, casi, sin poder respirar. Recordó que tenía su teléfono celular en el bolsillo de la campera. Metió su mano con la intención de apagarlo. No sabía cómo podría reaccionar si sonaba. Y volvió a sentir la voz: “¡Te dije que te quedaras quieta! ¿No entendés?.
Comenzaron a sudarle las manos y a aflojársele las rodillas. Las imágenes pasadas revoloteaban en su mente. No estaba segura de estar viviendo todo en un segundo o en una eternidad. Y en ese tiempo todo se iba y todo volvía.
Las corridas indicaban que el atraco estaba por terminar. Cuando eso sucedió, simplemente le ordenó a sus pies moverse. Guardó las emociones. Se aseguró de que sus afectos supieran que estaba bien antes de que vieran las noticias y, luego, volvió a trabajar. No vio rostros. No fue una testigo clave. No perdió la cordura cuando alguien la trató públicamente de papanatas por no haberse dado cuenta de lo que pasaba. No lloró. Pero jamás olvidó la escena. Y cada vez que pisaba el lugar en el que había estado pensando en qué terminaría la historia, volvía a sentir el clic metálico que la dejó con vida.

sábado, 3 de octubre de 2009

Ella, la errante

Ella, ante la adversidad sabe que tiene dos opciones. O se hunde y se revuelca con los dementores o brota desde su semilla en una explosión rejuvenecedora. Aún no ha decidido.
Ella conoce los polos. Sabe cuántas veces ha podido llenar el vaso medio vacío. Pero también sabe qué pasa cuando rebosa de lleno.
Ella todavía no sabe si se dejará vencer o si afilará sus uñas y sostendrá la daga entre los dientes para defenderse de los fantasmas inesperados.
Ella sabe que hay opciones. Hacia arriba o hacia abajo, pasando por los grises y mirando a los costados. Pero aún ni su mente ni su cuerpo deciden.
Ella siente los tirones. Se agota antes de vivir los cambios. Proyecta. Se diluye. Se levanta por inercia. Se aturde. Se despeja. Se encierra. Se abre. Se confunde. Se aclara. Se esconde y reaparece. Pero está segura de algo: esa es su vida y tiene que vivirla.

(Dedicado a todas las Ella que necesitan encontrar su lugar)

viernes, 2 de octubre de 2009

La niña madre

La maestra rural esperaba junto a la puerta del aula la llegada de cada uno de sus alumnos. Muchos lo hacían después de haber caminado varias cuadras y hasta kilómetros; y a veces sólo con la energía que les podía brindar un mate cocido. Pero hacía ya cuatro días que debía tomar el picaporte, cerrar y comenzar la clase sin la presencia de Melisa.
Preocupada, envío un mensaje a su casa. Necesitaba saber qué estaba pasando. La mañana siguiente la sorprendió con la llegada de la niña junto a su madre. “¿Por qué has faltado? ¿Has estado enferma?”, le preguntó a su alumna sin obtener respuesta. Sólo la vio bajar su mentón hacia su pecho como si buscara encontrar algo bajo tierra.
“Mire maestra –dijo la madre- Melisa está embarazada. Y yo vengo a pedirle que me mande avisar si no viene a la escuela, porque ahora se fue a vivir con su novio y yo no quiero que deje de estudiar. Quiero que mi hija sea algo en la vida”.
Con tan sólo 13 años, Melisa sabía qué sería. Al menos en un futuro cercano. También lo sabían las dos mujeres que buscaban su mirada. Melisa sería madre. Una niña madre.

La amistad que golpea la puerta

Hacia siete años que no veía a mi amiga del alma. La vida nos llevó por distintos caminos. Algunas veces, cuando miraba el mar, en la ciudad en que viví casi cuatro años, pensaba que esa inmensidad nos alejaba pero también nos acercaba. Un día, ella había decidido cruzar el océano en busca de un mundo mejor.
La extraño siempre, porque tenemos esa amistad que se celebra todo el año. Hoy llegó hasta mi puerta. El abrazo se me subió hasta el pecho. Las lágrimas quedaron guardadas en los cuatro ojos, porque así somos y seremos, mujeres fuertes, de carácter y sentimientos.
Todo tiempo es poco, más aún cuando se sabe que es escaso. Pero la hora y media que estuvo sentada a mi mesa fue un revuelo de emociones. Recuerdos. Vivencias. Proyectos. Fracasos. Aciertos.
Fuimos como niñas cuando deseamos serlo. Nos apañamos cuando quisimos. Nos dijimos verdades. Nos hicimos hermanas. Hoy nos reconocimos, aunque distintas. Nos pareció que nos habíamos visto ayer. Nada ha cambiado. Ni cambiará.
Veo en su novio la felicidad que buscaba, como veo en mi familia la que perseguimos. Siento. Disfruto. Pienso. Un torbellino incomparable. Y vuelvo a contener las lágrimas cuando se va. Me hace feliz, aunque mientras la veo irse sé que tal vez pase mucho tiempo para poder regalarle otro abrazo. Sin embargo, me confieso afortunada.

La última cena

Su ex marido la había llamado varias veces por teléfono. No tuvo la suerte de encontrarla y ella pensó que era desafortunada por no haber estado para contestar. Juntó coraje y lo llamó. Finalmente escuchó lo que había estado esperando por mucho tiempo: “Me gustaría invitarte a cenar”.
Puso peros, excusas, giró entre uno y otro pensamiento, tratando de que él no se diera cuenta de lo desesperada que estaba por concretar el encuentro. Finalmente aceptó.
Llamó a su mejor amiga. Pidió consejos. Se sumergió en la bañera repleta de espuma. Recogió su cabello. Luego lo soltó. Dibujo con maquillaje su rostro como no lo había hecho en mucho tiempo.
Hurgó en su placard una y otra vez. Dudó. El vestido negro. La falda corta con camisa blanca. Un jean y una remera ajustada. Eligió algo elegante. Se montó en sus tacos agujas. Roció unas gotas de perfume sobre su cuello. Sonrió frente al espejo. Y salió en busca de un taxi. Su ansiedad no le permitiría manejar.
Revisó una y otra vez su cartera. Necesitaba estar segura de que todo lo que le haría falta para una noche anhelada estaba en su lugar.
Cuando llegó al restaurante, él la esperaba. Tranquilo. Ni un rastro de tensión en su rostro. Ella sintió que sería la noche perfecta.
La recibió cortésmente. Le ofreció una copa. No esperó a pedir la cena para hablar. “Mirá quise que nos juntáramos para charlar algunas cosas y resolver otras”. La ilusión la inundaba. Empezaba a sentir que él había recapacitado.
Sorbió de la copa de vino con una mezcla de excitación y nerviosismo. Respiró profundo. Lo miró con impaciencia y esperó las próximas palabras. El sin pausa las lanzó. “Necesito que hablemos con los niños. He decidido casarme con Paula y creo que es conveniente que quedemos de acuerdo en cómo explicárselos”.
Con la última palabra, todo había terminado y todo había vuelto a empezar.

jueves, 1 de octubre de 2009

Honestidad brutal

Había osado decirle a su marido que fuera más cuidadoso con sus modales delante de los niños. Nunca imaginó que eso desataría la furia alrededor de la mesa.
-¿Vos me decís algo a mí?. ¿Te has visto? ¡Estás terrible. La mucama se ve mejor que vos cada mañana! Tu pelo parece alfalfa y te has dejado tanto que te veo venir e imagino un flan caminando. ¡Y, encima, esta comida está asquerosa!
-¿Entonces por qué estás conmigo?
-(Silencio)
-¡Por favor, hablá! ¡Contestame!
-Porque te quiero amor. Porque te quiero.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Como una de Almodóvar

La mañana ha sido una de esas a las que yo llamo atravesadas. De las que me hacen sentir dentro de un film de Pedro Almodóvar. Empezamos quedándonos dormidos. La señora que viene a ayudarnos, dejaba un mensaje en el contestador diciendo que no vendría porque le dolían los ovarios. Decidí darme una ducha. Cuando agarré el frasco de champú, noté que estaba vacío. Otra vez volví a juntar presión como la olla de Doña Petrona C. De Gandulfo.
El champú de mi hijo vendría bien. Y así fue. Salvo porque anduve todo el tiempo con olor a caramelo en la cabeza.
Ni siquiera respondí, como podría haberlo hecho, el saludo afectuoso de mi amado. Salimos apurados. Dejé a mi pequeño retoño en su jardín. Fui por los víveres y volví a casa. Puse el lavarropas y decidí sumergirme en la cocina. Me gusta cocinar, así que pensé que eso cambiaría mi mañana y me haría olvidar de mi incipiente dolor de cabeza. Tortilla de papas, pero hervidas, para que sea sana, sólo cocida con un poco de Fritolín. Una vez que tenía la preparación lista, recordé que hace unos días el mango del sartén se había quebrado.
No importa -me dije-, busco el viejo. Ese que había dejado de usar porque todo se pegaba. Y sucedió lo que tenía que suceder. La comida saludable no sólo se pegó sino que se hizo un sancocho.
No voy a perder todo –pensé-. Tomé una fuente para horno y lancé la mezcla adentro. Esto me salva, dije. Pero mientras eso me salvaba, la manguera del lavarropas se corría de lugar, sin que yo me diera cuenta y la lavandería parecía el mar de Puerto Madryn, ese que me había cautivado durante cuatro años. Olas de espuma en mi casa. Jamás lo había imaginado.
Miré la hora. Ya era tiempo de volver a salir. Busqué a la mascota para evitar dejarla encerrada en algún descuido. Y al fin la encontré. Vaya si la encontré. Se le había dado por comer el pasto crecido y como era de esperarse no lo tendría mucho tiempo en su estómago. Ahí estaba tratando de empujarla hacia afuera y de agarrar un trapo, papel o lo que tuviera a mano. Nada. No podía ser de otra manera. Y ya era más tarde. Mi hijo esperaba. Pero primero tenía que fregar.
Cuando el piso brillaba, salí corriendo mirando el reloj. Tropecé con el escalón de la vereda, caí y rompí el tacó de mi bota, mientras los cuidacoches -que habían decidido almorzar junto a mi puerta-, me preguntaban: “¿se cayó”. Mi mente respondía sin que mi boca pudiera emitir palabra, “No, a mí me gusta salir así de casa”.
Al volver, mi pequeño retoño me dijo: “Mamá esta comida no me gusta. Dame pan”. No había hecho ni comprado. Bueno, son pocas las opciones. Es lo que hay. Al menos ya no me dolía la cabeza y la mañana terminaba. No quiero pensar en la tarde, cuando recuerdo porqué no vino la señora que nos ayuda en casa. Y esta vez soy yo la atravesada.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La mamá animal

-¿Mamá vos sos una vaca?
-No hijo, yo soy una persona.
-¡No. Vos tenés que ser una vaca!
-No, mi amor soy una mujer. No puedo ser una vaca.
-Entonces otro animal...
-¿A ver, por qué querés que sea un animal?
-Para que seas como la mamá de Matías.
-Hijo la mamá de Matías es una señora, no es ningún animal.
-¡Sí es un animaaaaaal!
-¿De dónde sacaste eso?
-De Matías. Dice que su mamá tiene cuernos.

La mandona

-¿Por qué no atendías el teléfono?
-Estaba en medio de una conversación.
-Siempre igual. ¿A qué hora venís? Ni se te ocurra comer antes alguna porquería por ahí, mirá que ya está lista la comida. Y no te olvides de pasar por la tintorería a buscar tu traje, porque yo no tengo tiempo.
-Ok.
-Ah y te aviso que llegó la cuenta del teléfono y sabés que de eso te encargás vos.
-Bueno.
-Otra cosa, cuando vengas a casa, vas a tener que hablar con tus hijos, cada vez están más descontrolados, no hay forma de que ordenen algo. Y Camilita no hace otra cosa que andar con las amigas todo el día y no se pone media pila para abrir un libro.
-Bueno, estoy en medio de un laburo, después lo hablamos.
-Siempre estás en medio de algo vos.
-Estoy trabajando.
-Bueno, aguantá un segundo, acordate que mañana es el cumpleaños de la prima Paca y tenemos que estar temprano. No me gusta que nos estén esperando.
-Está bien. Vos acordate que pasado mañana van los Quiroga a comer a casa.
-¡Ay Dios, maldita sea, no me había querido acordar!
-No empieces con tu mal genio.
-Siempre tengo que estar recibiendo gente que no me banco.
-Bueno, ¿qué querés? Que suspenda.
-Ves cómo sos. No te dije que suspendas, te dije que no me los banco. Pero donde manda capitán no manda marinero. Chau, nos vemos luego.
-Chau.

No me busques, porque me vas a encontrar

La mañana se mostraba radiante. Ideal para disfrutar. Nada mejor que un buen paseo. Una caminata al aire libre era la mejor idea para Leonor y Roberto. El parque fue el lugar indicado.
El plan se completó cuando llamaron a un matrimonio amigo para que los acompañara. Después de unas cuantas vueltas al lago, plagado de remeros, podrían ir juntos a almorzar. Eso sí, sin agregar demasiadas calorías. No en vano caminarían un par de horas.
En menos de lo que pensaban, los cuatro, dieron rienda suelta a sus piernas. Ellas unos pasos adelante y ellos de escolta. Mucha caminata y mucha charla.
Mientras las señoras hablaban de nuevas tendencias, los señores escuchaban y murmuraban algo cada vez que alguna joven los pasaba al trote con calzas y musculosa. Los pasos que seguían detrás de sus esposas les servían de cómplices.
Hasta que Roberto decidió meterse en la charla de las mujeres. “Vos dale con el tema de las cremas, que ya no hay lugar en el armario del baño para ponerlas y si seguís así me vas a desintegrar la billetera”. Ella no lo escuchó o hizo como si no lo escuchara.
Unos metros más adelante, él volvió a opinar. “Sí, seguí comprando porquerías. Además nada demuestra que sirvan para algo”.
Leonor no tenía ganas de que llegara el tercer comentario de su marido. Manteniendo el ritmo adquirido, tomó un poco más de aire y sin voltear su cabeza, lanzó su pensamiento en un tono lo suficientemente alto para que se escuchara a varios metros a la redonda:
-¡Querido y esas porquerías de cremas “for men” que están en el toilette, de quién carajo son!
-No tengo idea.
-¿Y el tonificante para cabello “for men”?
-Serán tuyos también, vos con tal de gastar comprás cualquier cosa.
-¿Y la máscara verde para eliminar impurezas, también “for men”?
-Bueno querida son un par de cositas.
-Ay cariño, seguí tu propio consejo, no gastes en porquerías porque en verdad con vos ha quedado demostrado que no sirven para nada. Y no me busques amor, porque te aseguro que me vas a encontrar.

martes, 22 de septiembre de 2009

Día mundial contra la trata de personas

El 23 de septiembre es el "Día mundial contra la trata de personas". Todas podemos ser víctimas. Para informarte, podés visitar la página: http://stophumantrafficking.ning.com/

viernes, 18 de septiembre de 2009

La lectora anónima (entre la felicidad y el temor)

Aquí, no he hecho más que cortar y pegar un escrito que no es mío. Es de alguien que se da a conocer como “una lectora anónima”. Tuvo ganas de relatar su historia y me la envió. La publico y la agradezco.
“Me gustaría que pongas esto en tu blog. Estuve leyendo algunas de tus historias y quise mandarte la mía. He visto que contás cosas sobre madres e hijas o hijos y me siento identificada con algunas.
“Por eso pensé que quizás podrías ser mi canal para hablar de algo que me hace sentir encerrada. Y me decidí a escribirte cuando leía la de la hija traidora, porque así me siento yo. El tema es que hace un tiempo que tengo una relación con alguien. Me siento plena y feliz. Pero no me atrevo a decírselo a mi madre. Y es porque sé que no me va a entender.
“Estoy segura que gran parte de mi familia no aceptará a la persona que amo. Por la sencilla razón de que es una mujer y yo también. Tengo miedo y culpa. Miedo de causarles sufrimiento por sentirme feliz y culpa por no poder ser como esperaban.
“Sé que algún día tendré que enfrentar la situación. Por ahora mi pareja me banca. Pero llegará el momento en que tenga que blanquear cuál fue mi elección.
Mi historia tal vez no tenga nada de humor o ironía. Pero está llena de sentimientos y por eso quise contarla. Sé que muchas personas son más valientes que yo, pero debe haber otras que pueden entenderme”
“Muchas gracias”.
Una lectora anónima.

Mi hija es una traidora

Tere es contadora. Su esposo arquitecto. Su hijo siguió los pasos de su padre y su hija está a punto de recibirse de abogada. La familia perfecta. Al menos ella así la veía.
De lunes a viernes actividades programadas. Horarios establecidos. Todos bajo un mismo techo. Los sábados por la mañana al club. Al medio día un almuerzo familiar; y por la tarde y noche cada cual atiende su juego.
El domingo, a misa. Siempre fue así. Y Tere estaba segura de que lo seguiría siendo. Como lo había sido desde que sus tatarabuelos llegaron de España.
Hasta que un día su nena mimada, quien ya cargaba con veintitantos, le contó que había conocido a alguien. Que estaba fascinada. Y que creía haber encontrado en él a su compañero ideal.
Pues al parecer se sumaría alguien más a la familia. Tenían que verle la cara. La facha como dicen los tanos. Pero la hija demoraba el encuentro. Tere se impacientaba. Llevaban meses saliendo y nada.
Hasta que llegó el día. En forma casual se encontraron. “Mamá, papá, les presento a Fabio”.
Tere no podía salir de su asombro. Su hija había elegido. Claro estaba. Había optado. Y había decidido cambiar las reglas. Soportaron un café juntos. No hubo muchas palabras. Sí algunos anuncios. “Papis, el mes que viene nos vamos a vivir juntos”.
Tere llegó a su casa. Tomó el teléfono y llamó a su terapeuta: “Doctor, mi vida es una porquería. Mi hija es una traidora. Se va a vivir con un artesano. De esos que hacen pulseritas en la plaza”.
Tere no acepta ni aceptará esa relación. Casi no visita a su hija. Ahora está algo ocupada. Dice que su hijo la necesita demasiado, y piensa que ya es tiempo de buscarle una linda chica para que no dependa tanto de ella.

Según dice el refrán...

Según reza el refrán, mal de muchos consuelo de tontos. Y Matilde no sería la excepción a la regla. No se sentía sola en el mundo femenino. Se sumaba a las experiencias que narraban sus amigas y se amparaba en ellas. "Siempre nos pasa lo mismo. Quien mucho abarca poco aprieta", decía y veía que como a las demás no le alcanzaban los brazos para abarcar todo.
Venía juntando presión como lo hacía la olla de Doña Petrona C. de Gandulfo en sus programas de cocina. Y sabía que algún día tenía que largar vapor. Por qué negarlo, si en todos lados se cuecen habas.
Despertar a los niños cada mañana, asearlos, cambiarlos, alimentarlos y perseguirlos por todos lados para prepararlos antes de ir al colegio, la hacía entrar en crisis como en una carrera desenfrenada.
Comenzaba a resoplar por lo bajo y por lo alto, apretando los dientes de vez en cuando. Y en el alboroto matinal, siempre algo le pasaba; una taza de café sobre la ropa, un baño siempre ocupado que la hacía sentir el último orejón del tarro y, como al perro flaco no le faltan pulgas, cada tanto un marido distraído preguntando por sus llaves, agendas, lapiceras, billetera, etc, etc,.
"A su tiempo maduran las brevas", había recordado Matilde esa mañana, mientras trataba de morderse la lengua antes de dar el próximo grito de guerra con algún “¡levantá eso!, ¡Apurate, que llegamos tarde! ¡Vos podrías ayudarme un poco ¿no?!, ¿Buscá la mochila? Pero con genio y figura hasta la sepultura, no lo lograba mantener la boca cerrada. Entonces entraban las moscas y tremendo lío armaba.
Casi lista para salir a la jungla, el cierre del más pequeño se atascaba a la mitad. El niño lloraba. Matilde forcejeaba y pensaba: "más vale maña que fuerza". Y volvía su ansiedad desgarradora y con ella los gritos, "¡Basta ya! ¡Me voy a tomar vacaciones y los voy a dejar solos a ver si se las arreglan!" Para su sorpresa, la respuesta familiar fue un rotundo ¡Sí, dale!.
Estaba todo dicho. A buen entendedor pocas palabras. Tenía que relajarse. Tomarse su tiempo. Al fin y al cabo la caridad bien entendida empieza por casa. Y si no lo hacía terminaría exhausta. “Sólo por hoy -pensó, como si estuviera participando de un grupo de terapia- dejaré todo como está. No por mucho madrugar se amanece más temprano y es casi imposible matar dos pájaros de un tiro a cada rato. A lo hecho pecho. Para algo me ha servido todo este arranque de loca. No hay mal que por bien no venga”.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Policías en acción

A punto de cruzar una calle céntrica y absorta en mis pensamientos, la sirena de una patrulla de policía me sobresaltó. Me quedé quieta cuando vi a dos de uniformados sacar sus cabezas por las ventanillas del auto como para divisar mejor su objetivo. Apreté mi cartera con fuerza esperando la próxima escena. Se bajarían para perseguir algún delincuente a gran velocidad, corriendo entre todo lo que se interpusiera.
Que ingenua fui. Todo el sonido, toda la expresión facial de los uniformados y toda su potencia iban dirigidas a una morocha con minifalda, tacos altos y lentes oscuros que pasó delante de ellos. Eran verdaderos policías en acción.

La mujer del carnicero

Lorena era nueva en el barrio y comenzó a familiarizarse con los negocios cercanos. Logró encontrar los lugares indicados para cada compra, excepto una buena carnicería.
“Por qué no probás con lo que está dos cuadras más allá”, le sugirió una vecina. Y así lo hizo.
Fue una vez y consiguió buenos cortes y precios. Entonces decidió volver. Detrás del mostrador, cuchillo en mano, el carnicero tenía otro humor. Jocoso, entonaba canciones románticas.
-Me da un kilo de carne molida.
-¿De cuál quiere?
-La más magra.
El carnicero cortó la carne en trozos y la arrojó en la moledora.
-¿Vio que linda molida le estoy dando?
-Sí veo.
-Tan linda como mis clientas.
Lorena sintió que el comentario le apuntaba directamente. No había nadie más en el local. Y en vez de sentirse halagada se puso molesta. Más aún cuando el señor seguía cantando canciones románticas, mientras amasaba el bollo de carne.
Recibió su compra. Pagó y salió pensando en la mujer del carnicero. Le diría él las mismas cosas que a sus clientas. Cantaría también frente a ella con tanto énfasis.
Lorena pensó que se estaba acartonando. Que lo que en otra época podría haberle parecido insignificante, ahora le resultaba pesado. Volvió a pensar en la mujer del carnicero. ¿Andaría ella piropeando hombres en su trabajo o al llevar a sus hijos a la escuela, haciendo referencia a lomos y colitas?.
Lorena sabía que lo que estaba pensando era casi improbable. Aunque en fondo deseaba que fuera un poco real. Al fin y al cabo, como suelen decir, la carne es débil y a cada chancho le llega su Navidad.

sábado, 12 de septiembre de 2009

En las mujeres es distinto

Iba por la calle sin pensar en nada, cuando tres niños no mayores de 10 años me sorprendieron con el rebote de una pelota contra la vereda. No sólo lograron sacarme de mi universo, sino que también me llevaron a prestarles atención. Primero en lo externo. Activos y desenvueltos, se movían con agilidad mientras hablaban. “En las mujeres es distinto” decía uno. “No, vas a ver que no”, agregaba otro. El tercero, muy seguro de lo que expresaba, como si predijera un futuro no muy lejano, afirmaba: “Ellas nunca van a pensar cómo nosotros. No van a ir a un partido de fútbol, porque no les interesa y nunca nos van a entender”.

Entre madre e hijo

-Mamá...
-¿Qué?
-Me quiero casar con mi novia.
-Pero vos sos muy chiquito.
-No soy chiquito, tengo tres.
-Bueno, ¿y tu novia quiere?
-Ah, bueno, sí.
-¿Y si te casás a dónde van a vivir?
-En la casita que me regaló la abuela.
-Bueno, pero entonces la mamá ya no te va a cuidar, ni a cambiar, ni a cocinar.
-Nosotros vamos a cocinar. Y yo la voy a cuidar a mi novia.
-Bueno, ya vamos a ver. Después lo seguimos charlando.
-Mamá...
-¿Qué?
-Vos sos un gigante y mi novia es preciosa.
Ese fue el fin de la charla.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Nada ni nadie podrá...

Después de haber tenido que reducir mi dieta diaria, por algo que afectó mi sistema digestivo o mi funcionamiento hepático o vaya a saber qué, no tuve otra opción que irme a la cama comiendo livianito y tratando de convencer a mi hijo de que mi panza no era la piñata del cumpleaños de Bruno ni una pelota gigante de básquetbol sobre la que él había decidido rebotar.
Las ganas de comer algo dulce me quitaban el sueño. Pero nada podría quitarme el placer de descansar. Sin embargo, no pensé en el “nadie”. Ni en las almas jóvenes y espirituosas que hasta la madrugada tenían pensado dejar salir su furia en la puerta de casa.
Tenía que mentalizarme: “nada ni nadie detendrá mi descanso”. Y mientras pensaba en eso, había olvidado controlar el radio reloj descontrolado, quién sabe por qué capricho de la tecnología. Entonces, cuando comenzaba a sentirme adormecida, alguien hablaba sobre no sé qué ayuda a no sé qué cosa en no sé qué emisora.
Me levanté. Caminé por toda la casa. Quise creer que mi sensación de malestar gástrico -o no sé qué- había desaparecido y enfilé hacia la heladera. “No. No. No. Ahí está la molestia. Mejor un tecito”, me dije. Pero me arrepentí.
Controlé que todos estuvieran descansado, aunque la tos de estación me recibiera como un coro de ángeles en cada habitación. Decidí volver a la cama. En el camino tropecé con la mascota, dije unas cuantas palabrotas, pero como susurrándolas, temerosa de que alguno de los hombres de la casa despertara, mientras me apoyaba en la pared para no caer. No caí, pero me llevé por delante un monopatín, que me hizo ir de las palabras soeces a la risa. Ya estaba demasiado despierta.
Agarré un libro y cuando empezaba a ponerse interesante caí rendida. Nada ni nadie impedirían mi descanso. A las pocas horas, sin luz del día aún, mi hijo tironeaba de las sábanas exigiendo un desayuno.
“Ya voy” dije pero antes arrimé mi cara al espejo. “¡Dios mío, no sólo me siento como la piñata del cumple de Bruno, sino que realmente lo parezco! La alergia a unas flores que mi madre me había regalado la mañana anterior se había adherido a mis ojos. Mi nariz estaba tan hinchada que apenas podía reconocerme.
“Podría ser peor”, pensé. Y comenzó la rutina. Aunque no había clases por el Día del Maestro, mi hijo logró recordar que su jardincito estaría abierto. Tenía que apurarme. Decidí prepararme un café. Se había terminado.
Pero ya me había dicho que todo “podría ser peor”. Y lo fue, cuando alguien en la calle, después del buenos días, me hizo notar las ojeras. ¡Las mías obvio! Me repetí una y otra vez: “Podría ser peor”. Y lo fue. Llegué a casa con tres bolsas de verdura que parecían diez, la perra pegó un salto sobre mí a modo de cariño. Me di un golpe con la puerta que aún no acababa de cerrar. Encontré la cocina llena de platos de la noche anterior. Cuando terminé de lavarlos ya era hora de preparar la comida. Y cuando terminé, ya era hora de poner a lavar ropa; y cuando terminé, ya era hora de buscar al niño y cuando llegamos ya era hora de etc, etc, etc,. Bueno acá estoy, en el mismo pensamiento de ayer: nada ni nadie... Podría ser peor ¿no?

sábado, 5 de septiembre de 2009

La crisis de los cuarenta

Cuando pienso en la crisis de los cuarenta, me pregunto si realmente es tal o si se trata de una oportunidad. Sin dudas, todas la vemos de forma diferente. Porque las vidas son y han sido distintas. No es lo mismo para aquella que a esa edad tiene hijos de 20 años, que para la que tiene un bebé o un niño pequeño, por ejemplo.
Tampoco es igual para las que trabajan dentro y fuera de su casa, que para las que decidieron quedarse con la maternidad tiempo completo. Pero la revolución interna suele presentarse parecida. Aunque no todas quieran o puedan percibirla. Buscamos algo; y la que no, seguramente lo hará a los 45 o a los 50.
Mientras algunas piensan en empezar a estudiar, otras lo hacen en tirar la toalla. Mientras algunas se vuelven hipocondríacas y se pasan gran parte de su tiempo en consultas médicas, otras se relajan. Mientras muchas se esfuerzan por alcanzar el último peldaño para sentirse realizadas en su carrera, otras se maravillan con el crecimiento del césped, desde que plantaron la semilla.
Hay mujeres que sienten que es el momento de devorarse la vida, en todo sentido. Otras se sienten feas, viejas, abatidas, volubles, inconformes. Algunas piensan en patear el tablero y recuperar la soledad, creyendo que encontrarán libertad. Y otras, como yo, se retuercen de emoción cuando su hijos, que apenas hace un año empezaron a hablar, tienen la capacidad de demostrarnos cuan equivocadas o acertadas estamos.
Tal vez, si sabemos aprovecharla, esa que llaman crisis sea nada más ni nada menos que el encuentro real con una misma y no lo que amistades, parejas u opinólogos carcanos o lejanos nos hacen creer. Quizás lo mejor sea aprovecharla.

Lobas con piel de cordero

Hablando con un hombre sobre una conocida, éste atinó a decir: "no es tan tonta como parece", y detrás de su comentario yo asentía, porque estaba convencida de que así era. Y pensaba, cuántas veces pasamos por bobas y en verdad es lo que menos nos interesa. E incluso utilizamos el recurso para obtener beneficios. ¡Maravilloso! ¡Lobas con piel de cordero!
Hice un recuento de situaciones vividas, tanto por mí como por mis amigas o conocidas. La satisfacción se me escapaba por la comisura del labio hasta transformarse en sonrisa.
Hoy, esas que parecen o parecían tontas, ocupan puestos importantes, crearon su mini empresa, criaron y crían hijos solas, viajan por el mundo, dominan distintos idiomas, consiguen rebajas, administran la economía del hogar, son el alma de una casa, esperan ver pasar el cadáver del enemigo por su puerta y cuando eso sucede creen en la justicia divina, más que en la liberación femenina.
Y si hurgo aún más en experiencias pasadas, las veo histéricas, embrocadas, llorando, siendo señaladas, apartadas, juzgadas, tratadas de brutas, recibiendo la cachetada virtual de un jefe diciéndoles: "no sabés, no pensés, no hablés, hacé esto o aquello".
Mujeres, algunas, de aspecto superfluo. Otras de apariencia aniñada. Incluso de andar torpe o con movimientos de gacela. Decenas que fueron tildadas de bobas y hoy andan por la vida demostrando que hay personajes que sientan bien. A veces logran ser descubiertas, entonces surge la frase "no es tan tonta como parece". Otras saborean sus conquistas, logros o ascensos como presas. Si piensan, seguro se cruzaron con alguna. Yo conozco a varias.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Blanca y radiante

Hace unos días, la mamá de dos niñas pequeñas me sorprendió con su pregunta: ¿Cómo hacés para tener la camisa impecable? Bajé la vista hacia mi ropa y era cierto, estaba blanca y radiante. Pero no tuve respuesta.
Su curiosidad era lógica, ya que sabe soy madre de un niño pequeño; y era una tarde de calor, con párvulos jugando a nuestro alrededor, al aire libre, mientras comían sandwiches, piononos con dulce de leche y chocolate, y todo lo que les gusta a los niños. Sin embargo, seguí sin tener una explicación para darle.
Horas más tarde, estaba fregando la camisa de mi hijo, manchada con pinturas de colores y restos de comida; la que le había quitado puntillosamente, luego de haberlo traído a casa como quién anda evitando encuentros cercanos de todo tipo. La incógnita estaba develada.

La competencia

Julia compró un perfume que hacía tiempo no tenía. Cuando su secretaria lo percibió recordó el nombre. Una semana después ella también lo estaba usando. Su jefa no lo notó. Pero sí se dio cuenta de que María Laura llevaba el mismo tono de rojo que ella en sus uñas.
Se conocían desde que Julia era una aspirante al puesto mayor. Pero llevaban trabajando juntas sólo unos meses. María conocía todos los horarios de su superiora, sus gustos y preferencias. Y si se le escapaba algún detalle se encargaba de solucionarlo. Y si de algo no estaba al tanto procuraba averiguarlo.
María Laura estaba tan pendiente, que hasta le sugería a Julia renovar su tintura, cuando las canas comenzaban a verse. Incluso se atrevía a mencionarle cambios de vestuario o a marcarle defectos.
Pasaban los días y Julia empezaba a cerrar la puerta de su oficina. Había comenzado a sentirse observada. Y hasta imitada, cuando vio en el dedo de su asistente el mismo anillo de bijou verde que había comprado hace una semana y el mismo jean que había adquirido en un negocio cercano a la oficina.
Un día Julia recibió un desayuno, en una bandeja delicadamente adornada. Se lo había enviado su marido. Nada de lo que contenía le gustó tanto como la taza. Por esas manías femeninas, sentía que era ideal para ella. Y lo había mencionado en varias oportunidades, en público y en privado.
María Laura le ofrecía un café cada mañana. Y Julia lo aceptaba sin peros. Siempre estaba como le gustaba. Hasta que empezó a notar que ya no llegaba en su taza preferida. Asomaba su cabeza por la ventana de su oficina y comprobaba que era su empleada quien sorbía un té humeante en ella.
Con el paso de los días, Julia ya sólo se limitaba a pedirle a María Laura lo que necesitaba. Esquivaba las charlas o los encuentros. Lo que en un principio le parecía algo inocente, ya la ponía molesta.
Luego de una jornada agotadora, ambas se despidieron, sabiendo que el día siguiente las reuniría. Julia llegó a su casa. Se quitó las botas. Abrió la heladera para ver qué cocinaría. Revisó el correo y decidió recostarse un minuto en el sillón del living.
Fue ahí cuando la vio a María Laura con su ropa puesta. Usando su maquillaje. Jugando con sus hijos y riendo con su marido. Cuando despertó tomó una decisión.
A la mañana siguiente Julia entró llena de furia a su trabajo, se dirigió a la cocina y le quitó su taza a María Laura. “Es mía”, le dijo. “Espero que no la vuelvas a usar".