Hoy escuché una historia. De esas que nos pueden pasar a todas. Con las que nos podemos sentir identificadas o no. También tuve recuerdos y vivencias. Y, simplemente, decidí contártelas.
sábado, 20 de febrero de 2010
Noches de insomnio
El frío que sintió al abrir la puerta la hizo cambiar de opinión. “Un café me vendría mejor”, pensó. Pero el motor de un auto y el crujir de una reja la habían alejado de la cocina.
En puntas de pie, caminó por toda la casa imaginando que algo estaba por suceder. Intentó espiar por la ventana. Dio un salto hacia atrás cuando sintió las voces borrachas peleando en la calle.
A la falta de sueño se había sumado el miedo. “Algo está pasando allá afuera”, fue la primera frase que retumbó en su mente. Comenzó a apagar las luces. La sensación de hambre parecía haber quedado perdida en el tiempo.
Un golpe seco contra las tejas del techo hizo que se abalanzara sobre la mesa de hierro donde había quedado apoyado el teléfono. Lo tomó y marcó el 911 sin darle ingreso a la llamada. Esperó. Sólo apretaría el botón cuando estuviera segura.
Se acercó a la puerta otra vez y asomó el ojo derecho por la mirilla. Pegó un alarido cuando sintió el estridente sonido del inalámbrico y la luz de alerta entre sus manos, al mismo tiempo que dejaba caer el aparato al piso.
A las cuatro de la mañana un llamado equivocado, de una romántica equivocada, la había dejado ahogada. A esa hora, hasta el canto de los grillos conspiraba contra el peso de sus párpados.
Asustada, agitada, angustiada, volvió a la cama. Miró a su marido dormir plácidamente. Volvió a sentir el golpe sobre las tejas. Aterrada lo despertó sacudiéndolo. “¡Algo pasa, escuchá! ¡Alguien anda por los techos!
Una mano le rozó la cara y abrió los ojos pensando que el aire se acababa. “Tranquila dormilona. Es hora de levantarse”. La voz de su esposo le anunciaba un buen día después de una larga noche, en la que el insomnio de Nancy se había escondido en la página 233, para transformarse en su peor pesadilla.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Después del temblor
Si había algo que Carolina cuidaba con recelo, incluso más que sus mejores estrategias laborales, era su agenda roja. Había elegido ese color para no perderla nunca de vista. Sabía que tenía los mejores contactos de todo el personal de la empresa y eso la enorgullecía. Ni su jefe había logrado obtener datos tan precisos sobre los clientes de la compañía y menos aún de los de la competencia.Por ello, si Carolina se movía -aunque fuera por unos minutos- de su escritorio llevaba la libreta con ella o se aseguraba de dejarla en el segundo cajón de su armario. El único que tenía doble llave.
Si asistía a alguna reunión, la agenda roja siempre permanecía debajo de su bloc de notas. Carolina sentía que allí estaba todo lo que tenía. No sólo su carrera, sino también su vida. No tenía copia y no confiaba en la seguridad informática.
Esa agenda, que todo lo contenía, la había llevado a obtener su último ascenso y su departamento con vista al parque en el 5to piso de las Torres de Cristal.
Cada domingo, antes de irse a dormir, actualizaba sus datos y le agregaba hojas adhesivas al final con las tareas diarias.
Ese lunes, Carolina se levantó más temprano que de costumbre. El señor Santino estaría a las 11 en el salón del directorio para firmar el contrato de compraventa del edificio Emperatriz y quería que todo estuviera en orden. Nunca nadie había logrado hacer negocios con él. Y ella se había transformado en su único contacto.
Alcanzó a poner la clave en su computadora cuando el movimiento llegó sin anunciarse. Vio como el monitor se movía de un lado a otro, como si fuera un péndulo. Se incorporó como pudo de la silla para alcanzar las escaleras que la llevarían hacia la calle. El temblor podía durar apenas segundos, pero lo mejor y lo indicado era salir.
Media hora más tarde, sin réplicas, las noticias anunciaban un epicentro a 40 kilómetros de la ciudad, mientras Carolina se disponía a marcar el número del señor Santino. Miró sobre su escritorio. Luego debajo. Abrió el cajón. No estaba. Sus metas se derrumbaban con la misma velocidad que las gotas de sudor le caían por la frente.
Santino llegó media hora más tarde y estampó la firma en las seis hojas con membrete. Pero Carolina tenía que volver a armarse para una nueva batalla.
Una semana más tarde, mientras se asomaba por la ventana para ver que tan intensa era la lluvia, bajó la vista hacia el fondo del vaso plástico y vio que ya no quedaba café en él. Se acercó hasta el papelero de su colega y lo arrojó al pasar. El sonido seco le llamó la atención. Se inclinó como buscando un eco y su agenda aparecía desde el fondo, tan roja como su furia.
Días después, su colega hablaba en voz baja por teléfono. El susurro le llegaba a Carolina con más nitidez de lo que esperaba. “Con el señor Santino por favor”, de parte de Eduardo Vázquez, de Empresas New Age”.
(los nombres de los personajes y lugares han sido cambiados para no herir susceptibilidades)
sábado, 6 de febrero de 2010
Madres desesperadas
La insistencia de la nena por aferrarse a su mamá era tan potente como el movimiento descoordinado de sus pies por alcanzarla. Quizás hubiera podido tomarle la mano derecha, pero una botella de cerveza había ocupado su espacio.
El cordón de la vereda los recibía tan inerte como la mente de la joven madre. Apenas había pasado el mediodía, cuando se sintió el sonido de la espuma chorreando a través del pico del envase de vidrio oscuro.
Las miradas no tardaron en llegar. Pero se fugaron tan rápido como pudieron. No se escuchó ni un susurro. Todo quedó inmóvil. Hasta que el rostro de la pequeña se cruzó con los pensamientos de las mujeres que recogían a sus hijos del jardín maternal que, a menos de un metro de distancia, la mostraban diferente.
Sin sacar la vista de la brasa y sin hacer caso a las lágrimas del pequeño, la joven arrojó el cigarrillo hacia la calle, al mismo tiempo que el hambre rugía traspasando las pancitas de sus hijos. De a poco, la escena se transformaba en una postal de ciudad que allí quedaría, junto a una acequia sucia y seca.
Y mientras esa imagen desgarradora y cruel se desdibujaba ante la gente, a pocos kilómetros, otra mujer llamaba a su médico anunciando las contracciones, ansiosa, desesperada, sabiendo que en pocas horas estaría acariciando al ser deseado.
viernes, 29 de enero de 2010
Una noche importante
Pálida de personalidad no llamaba la atención. Pero tenía que estar allí. Era una noche importante.
Llegó al final de la escalera y vio a su marido jugueteando con la copa de vino oscuro. Rodeado. Escuchado. Adulado.
Pensó en acercarse y sumarse a la rueda. Pero prefirió zambullirse en el sillón blanco desde el cual podría apreciar toda la ciudad encendida.
Aceptó el trago que le ofreció el mozo sin ni siquiera mirarlo y al tratar de darle el primer sorbo, un movimiento torpe hizo que el vidrio de la copa diera contra sus dientes. El martini se derramó por su escote mezclándose con su perfume caro, ese que Ernesto le había traído de París cuando dio allí una conferencia suprema.
Tomó impulso para pararse cuando sintió que su taco se enganchaba en la madera de la terraza. Perdió el equilibrio. Entonces, ya no sólo su vestido era rojo. También lo eran su cara, su cuello, sus manos, que parecían pedir auxilio desesperadamente.
Intentando agarrarse de una baranda sintió que alguien la tomaba de su brazo. Al ver la cara de su esposo sintió que su respiración había vuelto.
“Ernesto –dijo- te estaba esperando”. Él, sin dejar de mostrar su sonrisa, se le acercó al oído y le dijo: “Querida, has bebido demasiado. El chofer te llevará a casa”.
jueves, 28 de enero de 2010
La mariposa celeste
Temía convertirse en una imagen de la Sara bíblica si miraba hacia atrás en busca de alguna respuesta. Pero, a la vez, quería adquirir una poción mágica que le diera la dureza suficiente para enfrentar un futuro en el que se veía acorralada.No se animaba a dar ni un solo paso. Ni siquiera a mirar hacia un costado. El olor, pesado e indefinido, la perturbaba y llevaba hacia alguna cueva. Extendiendo los brazos trataba de abrirse camino con las manos, ciega, sorda y muda.
El laberinto se desdibujaba en su cabeza, cuando un golpe suave sobre su pecho la sacó del letargo. Sacudió algo con sus manos sin saber qué era. Y miró. Creyó sentir, en el medio del silencio, el esfuerzo de unas alas surcando el calor intenso. Bajó sus párpados para evitar el furioso haz de luz que se colaba entre las hojas del Olmo. Volvió a mirar pensando que alucinaba. Las había visto anaranjadas, amarillas, blancas, pero jamás celestes.
En un simple parpadeo la perdió. Se movió hacia un lado y hacia el otro. Giró 180 grados. Inclinó la cabeza hacia arriba a la izquierda. Luego a la derecha. Ya no estaba. Se había alejado, pero no sin antes haberla sacado del pánico carcelario que la tenía encerrada entre dos baldosas. Sin un movimiento. Sin nada.
Hoy mientras esconde una cana, entre su cabello oscuro, con sus manos manchadas por el paso del tiempo, siente la llegada de un derrumbe. La quietud revuelve en el pasado y con una firmeza insospechada su mente le devuelve la imagen de la mariposa celeste, aquella que con su corta vida le dio a ella una diferente.
domingo, 17 de enero de 2010
Las palabras más usadas por las mujeres
Los diez puntos a tener en cuenta, con las palabras más usadas por las mujeres. No sé quién lo escribió. Pero aquí va. Lo que ellas le "dicen" a ellos.
1. BIEN: Esta es la palabra que usan las mujeres para terminar una discusión cuando creen que tienen razón y tú tienes que quedarte callado.
2. 5 MINUTOS: Si la mujer se está vistiendo, significa entre media y una hora. Si estás leyendo el diario o viendo el partido y tienes que ir con ella o hacer otra cosa que ella quiere, sí son sólo 5 minutos.
3. NADA: La calma antes de la tempestad. Quiere decir algo y deberás estar alerta. Discusiones que empiezan con NADA normalmente terminan con BIEN (mira el punto 1).
4. HAZ LO QUE QUIERAS: Es un desafío, no un permiso. No lo hagas.
5. GRAN SUSPIRO: Es como una palabra pero no verbal. Muy a menudo los hombres no lo saben interpretar. Un GRAN SUSPIRO significa que ella piensa que eres un idiota y se pregunta por qué está perdiendo su tiempo peleando contigo discutiendo sobre NADA (mira el punto 3).
6. O.K.: Es una de las palabras más peligrosas que una mujer puede decir a un hombre. Significa que una mujer necesita pensar muy bien antes de decidir cómo y cuando hacértelas pagar.
7. GRACIAS: Una mujer te agradece; no hagas preguntas o no te desmayes, quiere sólo dar las gracias (pero si dice MUCHAS GRACIAS es puro sarcasmo y no te está dando las gracias de verdad).
8. COMO QUIERAS: Es el modo gentil de la mujer para decir: “¡Andáte a pasear!”
9. NO TE PREOCUPES QUE YO LO HAGO: Otra frase peligrosa. Significa que una mujer pidió a un hombre algo algunas veces pero se tuvo que dar por vencida y hacerlo ella misma. Esto llevará al hombre a preguntarse: “Pero, ¿qué hice de malo?” La respuesta de la mujer es el punto numero 3.
10. ¿QUIÉN ES?: Esta es solo una simple pregunta, pero recuerda que cada vez que una mujer te pregunta “¿Quién es?” en realidad te está preguntando: “¿QUIÉN ES ESA Y QUÉ ES LO QUE QUIERE CONTIGO?” Ojo con lo que contestas.
viernes, 15 de enero de 2010
El reflejo amargo
Patricia L. había decidido sorprender a todos con un cambio de imagen. No se había sentido bien durante los últimos meses. Su marido le había pedido el divorcio, para poder reiniciar su vida con otra mujer, Agustina P., un poco más joven que ella y con otro tipo de aspiraciones.Después de mirarse durante varios minutos en el espejo, pensó que una larga cabellera le daría más vida a aquel reflejo amargo que recibía y para ello debía deshacerse de la melena corta y de la tintura negra que la acompañaba.
Aunque siempre le había causado gracia ver cómo alguna de sus amigas de un día para otro aparecía con treinta centímetros más de pelo, fue en busca de las extensiones.
“Nada de rulos. Bien lacias y largas, y con un tono dorado”, le dijo al estilista sin dudarlo. Al saber que en dos días estarían listas para ella las mechas naturales, salió de la peluquería con otro semblante.
Varias horas de paciencia. Algunas revistas viejas y ajetreadas. Un par de cafés. Chismes. Parloteo y listo. El espejo le daba la bienvenida a la renovación. Y el diálogo de fondo, cual abducción, la transportaba hacia un agujero negro.
“Chicas –decía el peluquero- no olviden pagarle a Agustina P. su cabello. Miren que Patricia ya se lo lleva puesto”.
“Todo me pasa a mí”
Se levanta nerviosa, come nerviosa, le cuesta dormirse y relacionarse.
-¿Qué es lo que te pasa Sonia? (pregunta una amiga)
-Todo. Todo me pasa a mí.
-¿Qué es todo. Puedo ayudarte?
-No, soy yo la única que puede hacerlo. Pero siempre fracaso.
-Tendrías que intentar relajarte.
-Ojalá pudiera.
-¿Pero te das cuenta de que necesitás algún cambio? ¿Qué pasó con la terapia?
-Me cansó. Tanto como me cansa la vida.
-¿Qué puede ser tan grave?
-Sospecho que vivir. Mejor dicho, sospecho que vivir sin disfrutar.
-¿A qué te referís?
-Es complicado…
-¿Qué tanto?
-Tanto como haber construido un mundo ideal. Como un cuento de hadas. Con castillos, príncipes y princesas.
-Entonces, ahí está todo el problema. Estás pensando como una niña dentro de su mundo mágico.
-Así es. Y estoy llena de ilusiones y fantasías.
-Sonia, es hora de crecer. Incluso sin descartar esas ilusiones y fantasías.
-Ese es el problema, me cuesta hacerlo. Soy como una niña en un cuerpo adulto. Y eso duele. Tanto, que siento que todo me pasa a mí.
-¿Y qué harás al respecto?
-No lo sé. Tal vez deba tomar mi varita mágica y transformar mi realidad.
jueves, 7 de enero de 2010
Ella y el hombrecito del saco a cuadros
Más de veinte eran las mujeres que trataban de escapar del hombrecito de saco a cuadros, cada vez que lo veían circular por la oficina. Y lo consideraban pequeño, aunque su estatura mostrara lo contrario. Lo percibían diminuto de mente y hasta un poco enfermo, y no precisamente porque su cuerpo lo indicara, sino más bien porque su mente lo demostraba. A algunas les producía un rechazo inmediato. A otras temor. Ninguna se animaba a enfrentarlo cada vez que alguna de sus frases las ruborizaba. Parecía tener un don especial para paralizarlas. Ellas sólo podían quejarse en voz baja. O simplemente compartir, a escondidas, los bochornos a las que él las sometía.
No importaba la edad ni el aspecto que tuvieran. A veces, el acecho era diario. Otras se tomaba su tiempo y esperaba alguna ocasión especial para salpicarlas con su hablar libidinoso. Hasta que una de ellas decidió enfrentarlo. Juntó pruebas. Fue hasta la oficina del jefe de personal y las dejó caer sobre el escritorio. Sólo recibió como respuesta una sonrisa sarcástica. No había logrado que le prestaran atención y menos aún que el hombrecito del saco a cuadros dejara de devorarla con la mirada.
Y como si alguna fuerza extraña lo envalentonara o lo nutriera de algún poder especial, él se hacía más presente. Ella sentía sus pasos con mayor frecuencia. Si iba por un café a la cocina del edificio, ahí estaba él para acercarle la taza. Si tomaba el ascensor, le abría la puerta. Si buscaba un viejo tomo en la biblioteca, aparecía para sostenerle la escalera. Y ella volvía a quejarse en voz baja. Pero ya era la única que lo hacía. Volvió a juntar coraje y arremetió en la oficina de personal. Pidió ayuda. Sólo recibió a cambio un "no sea perseguida".
Entonces, ella, sentía que su energía se consumía. Su humor ya no era el mismo. Sus sueños tampoco. En pocos meses se vio envuelta en miedo. Le costaba salir de su casa para ir al trabajo. Sus defensas estaban tan bajas que se enfermaba cada diez días. Mientras tanto, el hombrecito del saco a cuadros la seguía de cerca. Ya no soportaba no soportarlo.
Buscó ayuda una vez más, pero esta vez en un edificio cercano. La placa del médico psiquiatra le daba la bienvenida y con ella una licencia por varios meses. Pero el hombrecito seguía apareciendo. Una llamada o un papel con otra frase lujuriosa por debajo de su puerta. Y ella ya ni podía quejarse en voz baja. El pánico la empujaba hacia su cuarto.
Con la licencia psiquiátrica vencida y sin dar aviso a nadie, ella ya no salía. El timbre logró sobresaltarla. Asustada, pensando que el hombrecito había sido capaz de seguirla con su acoso hasta su cueva, se asomó por la mirilla. El alivio llegó al ver la gorra del cartero. El final con el telegrama de despido.
lunes, 4 de enero de 2010
Un recuerdo de infancia en penumbras y un adios a Sandro.
El tocadiscos dejaba salir la voz que invadía la galería de la vieja casa. Recuerdo que me sentaba sobre el piso de baldosas amarillas y negras, mientras mi madre cosía o sacudía los muebles con una bandana cubriéndole el pelo.La voz parecía salir a propósito del long play y sin que me diera cuenta ingresaba a mis oídos sin permiso. Una y otra vez. Tantas como podía.
Años más tarde alguien prendía la tele y sin aviso la voz volvía a sonar en mi cabeza para salir como un soplido por mi boca, sin darme tiempo a pensar. Y ahí estaba yo, cantando, diciendo palabras de memoria. “La noche se perdió en tu pelo, la luna se aferró a tu piel y el mar se sintió celoso y quiso en tus ojos estar él también”.
Con el tiempo, estaba segura de poder repetir la canción completa, ya sin el televisor ni el tocadiscos encendidos. Pero para ese entonces, la voz había vuelto a mi mente y se había alejado de mi boca. El simple hecho de haber tarareado alguna estrofa del Gitano hubiera sido tildado de “grasa”. La adolescencia irrumpía con la moda. Con otros estilos. Con otra vida. Sin embargo, allí estaba, en penumbras.
Cómo podría mi memoria olvidar al morocho que salía en las películas moviéndose de forma extraña, con un cigarrillo en la boca y un vaso siempre medio lleno. ¿Cómo podría, si había crecido con eso?
Y si buscó en mi memoria puedo recordar muchas de sus canciones, aunque tal vez no completas. Pero ahí están Te propongo, Una muchacha y una guitarra, Quiero llenarme de ti, Trigal, Rosa rosa, Tengo, Dame, Como lo hice yo, París ante ti.
No había notado que eran tantas. Cómo pude recordarlas tanto tiempo. Tal vez algún tributo rockero me las refrescó. Como sea. Allí estuvieron y allí estarán. Entre la penumbra de un suave interior.
sábado, 2 de enero de 2010
Año nuevo, vida nueva.
Había controlado a Gómez durante todo el ciclo lectivo. Ya lo había tenido como alumno y consideraba que podía ser tan problemático como el año anterior. El chico era buen estudiante, pero su comportamiento distaba de lo que ella consideraba lo adecuado.“Gómez: cierre la boca”, “Gómez lo voy a amonestar”, “Gómez pase al frente”, “Gómez para mañana traiga...”, “Gómez sáquese el chicle de la boca”, “Gómez se va a pasar el verano estudiando”, Gómez, Gómez, Gómez.
Lo que ella no percibía era que ya con 18 años, el alumno ni siquiera tenía la intención de seguirle la corriente. Menos aún de enfrentarla. Por su cabeza pasaban otras historias. A lo sumo, lo único que quería era terminar los estudios para tomar su mochila e ir en busca de otras voces que le dieran una tonalidad distinta y de otros ojos que lo miraran diferente. Pero ella estaba tan oculta y cerrada, que necesitaba a alguien en quien depositar su ira.
El año había finalizado y Gómez le había cerrado la puerta a una etapa de su vida. Ella buscaba opciones, mientras acariciaba a su gato. La soltería le pesaba a los 45, al igual que su familia. Entonces inició una búsqueda. Un hobby, un viaje, una lavada de cara a su departamento. Hasta que una colega la invitó a pasar la noche de Año Nuevo con un grupo de amigos.
Tal vez ese podía ser el comienzo del cambio. Aceptó. Sin embargo, no demostró demasiado entusiasmo. Ni siquiera reparó en su imagen. Usó una de las tantas blusas que se ponía a diario y la clásica falda negra que ya la identificaba. Tomó el bolso raído. Arrancó la hoja del bloc donde había anotado la dirección y salió.
No le costó mucho encontrar la casa. Conocía la zona. Bajó del auto pensando que tal vez debería volver a su departamento. Por qué había tenido la loca idea de empezar el año con desconocidos. El sonido del hambre en el estómago la devolvió a la tierra cuando su dedo ya estaba apoyado en el timbre.
Segundos más tarde, Gómez le abría la puerta y le daba la bienvenida a su casa.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Extrañas creencias
Consciente de ello, sintió escalosfríos al ver cómo una mujer, sentada en el cordón de la vereda en medio de la noche, acariciaba un gato negro. No podía evitarlo; y creía tener una razón.
Dos días antes, el animal había aparecido en la puerta de su casa. Había saltado la reja e intentado trepar por sus piernas, seguramente en busca de arrumacos. Su resistencia había sido notoria, a tal punto que había generado risa en los transeúntes.
Dando saltos, como si estuviera pisando brasas, había alzado a su hijo, e impedido por todos los medios que el minino los alcanzara. Después de una decena de contorsiones, había logrado entrar a su casa.
Abrió la ventana para curiosear y sintió como las patas delanteras del gato golpeaban contra el vidrio. Entonces, puso a su perro en el lugar como si se tratara de un custodio contra el mal. Al menos así evitaría tener a "ese bicho" cerca o lo que creía peor aún, dentro de su hogar.
Recordó las palabras de su marido y se sintió ridícula, y hasta ignorante e inculta. Sacudió la cabeza como queriendo ahuyentar los pensamientos y se propuso olvidar lo sucedido. Pero, una hora más tarde llegaba una intimación de pago por una boleta olvidada en un cajón. Luego, una botella de agua se desparramaba dentro de la heladera, mojando absolutamente todo. Las lamparitas de la casa se quemaban en un santiamén; su amiga se quedaba sin trabajo; la plancha hacía chispas y tiraba humo, y la línea telefónica quedaba muerta.
No podía creerlo. La mala suerte la acechaba. Entonces volvió a pensar en el gato y una vez más se sintió ridícula, ignorante e inculta.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Decidió dejarlo
Al fin y al cabo no le traía más que desventajas. “No hay vuelta atrás”, dijo.
Pasó varias horas convenciéndose de que lo lograría. Ocupó su mente en otras cosas. También sus manos. Pero al caer la noche, empezó a extrañarlo. Encendió el fósforo, prendió el cigarrillo y sintió la derrota. El humo se llevaba su fuerza de voluntad. Y el paquete vacío le devolvía la esperanza.
Ella, ausente, piensa.
Mientras sus amigas hablan de hombres y de sexo, ella se pierde en pensamientos hogareños. No recuerda si desenchufó la plancha y repasa mentalmente si dio vuelta la llave en cada una de las cerraduras de la casa.Mientras la que se divorció hace unos meses relata su aventura con su compañero de oficina, ella piensa en la pila de ropa que dejó sobre el canasto para lavar.
Mientras la más joven del grupo cuenta cómo logró escapar de las garras de un baboso empedernido, ella nota sus oscuras ojeras en un espejo diminuto que está sobre la ventana.
Mientras la más desinhibida deja a la luz las fantasías que desearía poner en práctica por la noche, ella se siente distante, fría, ausente.
Mientras todas ríen y se liberan, ella piensa en preparar la cena, en estar a horario y en bañar a los niños.
Mientras agarra la cartera para volver a su casa, su marido piensa en dejarla.
La decepción
Cristina había formado un excelente equipo de trabajo. Si bien oficiaba de cabeza de grupo, sentía que había logrado entablar una relación amigable con el resto de los integrantes. Cuando se trataba de trabajar eran invencibles y cuando se necesitaban en lo personal ahí estaban, como los mosqueteros, todos para uno y uno para todos.Tras años de unión y esfuerzo, Cristina tomó una determinación. Decidió cambiar de empleo. Y dejó atrás esa “familia” que sentía había logrado mantener unida en un ambiente laboral. Se fue con los mejores recuerdos de cada una las personas con las que había pasado gran parte de su vida e incluso mantuvo el contacto durante años.
Pero Cristina tenía debilidad por dos de ellas. Eran sin duda especiales. No tenían secretos. Compartían horas de creatividad, almuerzos y, a veces, cenas.
Sentía tanto aprecio por ellas que desde su nuevo lugar siguió sus carreras y sus vidas.
Con el tiempo, una de sus predilectas comenzó a alejarse. Ya no llamaba. Tampoco respondía mails. Y rechazaba invitaciones.
En un principio, Cristina pensó que estaría ocupada. Luego, que quizás se había ofendido por algún motivo o que tendría algún problema. Pero siempre trataba de estar al tanto de cómo le estaría yendo.
Hasta que un día, cuando preguntaba sobre su vida alguien le dijo: “es obvio que no te de la cara, porque desde hace un tiempo es socia de fulana. Es como su perrito faldero y como su receptora de privilegios”.
Cristina no podía creer lo que oía. La vida le daba una cachetada certera. Aquella persona en la que había depositado mucho y de la que había recibido tanto, hoy estaba a la derecha de quien le había aplastado la cabeza cuantas veces pudo.
Cristina revivió como un relámpago las situaciones en las que junto a su predilecta había manifestado su angustia, su tristeza y su dolor frente a los embustes de aquella arpía. Luego, con la decepción a cuestas, entendió que no todo lo que reluce es oro.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
La decisión
Había caminado gran parte de la mañana en busca de una faja para usar después del parto. Le quedaba una hora para almorzar y luego tendría que hacerse una de sus últimas ecografías.El calor se notaba en su rostro y en sus pies hinchados. Sólo quería salir del quiosco con el agua mineral fresca y sentarse en el banco de la peatonal a beberla.
Como estaba cerca de su trabajo, y ya hacía días que se había tomado la licencia por maternidad, tuvo ganas de llamar a una de sus compañeras más queridas. Pensó que sería una buena oportunidad para compartir el almuerzo con alguien.
-Hola amiga. Estoy muerta de calor a un par de cuadras. ¿Te querés venir y almorzamos juntas?
-Dame diez minutos y nos vemos en el barcito de siempre.
Cerró su celular. Estiró sus piernas. Miró hacia arriba tratando de encontrar al pájaro que píaba desde hacía rato. Revisó su billetera casi a escondidas, evitando la mirada de algún bravucón, para asegurarse de tener lo suficiente para pagar la comida.
Cuando terminó de cerrar la cartera, su amiga ya estaba dándole besos y abrazos.
Las mesas ubicadas en la vereda estaban ya ocupadas. Pero en verdad, les apetecía más una interna, cerca del aire acondicionado.
-Al fin un lugar fresco.
-Al fin. ¿Y vos cómo estás?
-¡Harta! ¡Esa es la verdad, estoy harta!
-Y bueno, falta poco. Tené paciencia, en pocos días cuando tengas al bebé en tus brazos, te deshinches y no te pese la panza, ni te vas a dar cuenta del calor.
-No estoy hablando del calor. Estoy hablando de Manuel. ¡Estoy harta de la vida que me da!
-Amiga, lamento decirte que vos aceptaste las reglas...
-Sí, pero ahora es distinto. ¡Estoy cansada de que él tenga su familia feliz. Su mujercita. Sus hijitos. Sus horarios. Sus mentiras y toda su vida de mierda! Pero se acabó. He tomado una decisión. De ahora en más, todo va a cambiar. Este bebé es mío. Mi vida es mía. A partir de ahora estoy sola.
-No lo tomes a mal, pero pensé que ya lo estabas.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Siempre hay una historia
Cuando empecé este blog estaba segura de querer volver a escribir. Había dejado mi trabajo en los medios para dedicarme de lleno a mi rol de madre. Pero no estaba totalmente segura de la temática elegida. Me habían atrapado varias historias. Pero la verdad era que jamás se me había ocurrido relatarlas.Empecé mi carrera haciendo notas de información general. Luego hubo de todo un poco, salud, educación, gastronomía, turismo y finalmente muchos años de espectáculos. Sin embargo, las historias de vida siempre me habían interesado.
Cuando escribí las primeras vivencias y anécdotas de mujeres recibí algunas críticas, la mayoría anónimas y muy duras. Pero también comentarios de personas que se sentían identificadas. En algún momento pensé en abandonar lo que había empezado. Luego, sentí que comenzaba a encontrar otra forma de escribir. Un principio, un reflejo, un desarrollo y un final, en textos cortos, que me permitían un ejercicio constante. Y a través de ellos fui encontrando mujeres y hombres que hicieron sus aportes y los hacen.
Encontré otra forma de expresión. Como también plumas excelentes en otros blogs. Distintas miradas. Variados sentimientos. Todos, positivos o negativos, me hicieron y me hacen crecer.
Siempre digo que no sé cuántas historias más llegarán a esta página. Pero mientras aparezcan, las escuche y las reciba las seguiré compartiendo con ustedes.
Gracias a los que siempre están con sus comentarios y a los que están en forma anónima.
GM
viernes, 11 de diciembre de 2009
Madre hay una sola...
Cerca de cumplir los 30 años, convertida en una buena profesional y sin una pareja estable, Silvia anunciaba la llegada de un bebé. Y mientras su familia y amistades insistían en saber quién era el padre y cómo seguiría la historia, ella se mantenía firme en su postura. “Lo tendré. Pero no lo quiero. Y jamás sabrán de quién es”. Todos pensaban que esas palabras cambiarían. Tenían la ilusión de que así fuera.
Silvia se cuidó. No faltó a los controles médicos. Ni a las clases de pre parto. Compró el ajuar y esperó el momento sin ansiedad.
Cuando la niña nació, Silvia llamó a su madre y con rudeza, mirándola a los ojos, le dijo: "Tomá, tu nieta ahora es tu hija. Ponele un nombre e iniciá los trámites de tenencia".
Macarena hoy tiene diez años. Vive con sus abuelos. Su madre, la que le dio la vida, la visita un domingo por mes. La niña la recibe con un beso obligado y desaparece en silencio cuando cree que nadie lo nota. Pero antes de hacerlo, le ruega a su abuela que averigüe, que pregunte, que la ayude, porque aún no conoce el nombre de su padre.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Silvina tiene un secreto
Silvina tiene un empleo de medio tiempo, que no sólo le proporciona un ingreso económico, sino que también le brinda la posibilidad de mantenerse activa en su profesión. Su marido trabaja de 8 a 16 y sus dos hijos concurren a un colegio de doble escolaridad, lo que le permite dedicarse al hogar y a ella misma entes de que regresen. Tiene una vida más que organizada. Todo cronometrado. Nunca llega tarde a ningún lado. Quienes la conocen aseguran que es una esposa, madre y mujer ejemplar.Algunas de sus amigas han llegado a sentir celos cuando escuchan a sus maridos decirles: “Y mirá Silvina, siempre se las arregla con todo. Está de punta en blanco y jamás se queja”.
Sin embargo, Silvina tiene un secreto. Y alguien lo sabe. Pero la admira tanto que jamás lo dejará salir a la luz. Cada día, encuentra una excusa para desaparecer durante media hora. Si está en el trabajo, inventa algún trámite. Si está en su casa, dice que olvidó comprar un condimento sin el cual no puede terminar la receta. Y si está sola igual busca una coartada, por las dudas.
Cada día Silvina se para en la puerta del edificio de vidrios espejados. Mira hacia ambos lados. Luego hacia atrás. Agacha la cabeza e ingresa.
Cuando nota que sus nervios están destrozándola, que las manos le sudan y que no le queda un centavo en la billetera, golpea la máquina tragamonedas con bronca, se cubre la cara con ambas manos y se jura no volver más.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Señora de Blanco
Varios años después de su boda opulenta, alguien la reconoció en un consultorio médico. Una vieja conocida. Hablaron de sus éxitos en una feroz competencia y criticaron a otras mujeres con énfasis, derrochando gestos que empezaban por sus caras y continuaban por sus manos, casi invisibles detrás del brillo de varios anillos.
Hasta que la voz de la secretaria interrumpió la charla con un: “Señora de Blanco”.
La vieja conocida, que ya había entrado en confianza, le dijo:
-¿Pero cómo, no te separaste de Blanco hace años?
-Sí.
-¿Y seguís usando su apellido?
-Claro. Me costó mucho conseguirlo como para dejar de hacerlo.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Doña Marta, la mirona
La pareja del 5 E se había mudado al edificio unos meses antes de que llegara el verano. Sólo estaban en el departamento algunas horas por la mañana y toda la noche. Por ello, el contacto con los vecinos era mínimo.Sin embargo, Doña Marta, del 4 E, ya los había detectado. Tenía su oído tan atento y pendiente que era capaz de seguir sus pasos sólo con mirar el techo de su casa. Sabía cuándo llegaban; cuándo abrían las puertas del balcón, la heladera y los armarios. O a qué hora tomaban una ducha o encendían el televisor; y si prestaba un poco más de atención, hasta podía saber en qué canal detenían el control remoto.
Pero algo le faltaba para saciar su espíritu curioso: conocerles las caras. O al menos tenerlas frente a la suya, ya que había podido verlos desde lejos asomándose por la escalera cuando salían. Entonces ideó planes. Hablaba con el portero más de la cuenta para verlos entrar o salir. Se ofrecía a dejarles el diario en la entrada y ayudaba a retirar la basura del gabinete destinado para ponerla. Incluso, llegó a ponerse en puntas de pie para espiar por la mirilla de afuera hacia adentro. Pero no tuvo suerte.
Una noche, mientras sentía las risas de la pareja, tuvo un impulso. Subió por la escalera. Puso su oreja contra la puerta del 5 E. Luego, se enderezó y comenzó a golpear. El corazón de Marta se detuvo cuando la mujer abrió. Tenía que poner en marcha un plan B. Tener una excusa. Dijo lo primero que se le ocurrió.
“Disculpe señora, soy la vecina del departamento de abajo y tengo un problema. Algo debe estar mal en su baño, porque el mío se está inundando”. La mujer le pidió que esperara y fue a revisar. Segundos más tarde le explicaba que nada estaba mal. No había ningún tipo de pérdida.
Marta ya estaba entusiasmada, le había visto la cara e incluso había podido ver un poco hacia adentro. Pero le faltaba verlo a él. Entonces insistió. “Mire señora, tengo la casa llena de agua y no me voy hasta que no me deje ver si todo esta bien”.
Ahí entró en escena el personaje que faltaba. Victoriosa, Marta, tenía en frente a la pareja del 5 E, que hartos de su insistencia permitieron que pasara. Obviamente no había nada que le permitiera seguir con su mentira.
Después de unos minutos Doña Marta volvió a su casa más que eufórica y excitada. Derramando adrenalina. Temblorosa. Feliz. Había logrado su objetivo y más. Mucho más. Les había visto las caras, sus cosas, sus muebles, el baño. A partir de ese momento su mente recorrería caminos insospechados. Tenía todo el set para imaginar, crear y distorsionar historias.
lunes, 23 de noviembre de 2009
"Me voy a separar"
Hacía el anuncio en la cola del supermercado, mientras hablaba con una amiga por su teléfono celular: “Me voy a separar”. Quizás todos los que estaban allí recibían la noticia antes que su esposo. Escuchaban los detalles y planes de la rubia bronceada, que se mostraba decidida.“Voy a pensar en mí. No lo he hecho hasta ahora por lo chicos. Porque me parece que todos los hijos de padres separados están descontrolados. Pero ya dije basta. Además, yo seré una madre contenedora. Prefiero eso a que el día de mañana me facturen que fui una infeliz”, decía.
No había forma de que el resto de los clientes del súper no escucharan la conversación. Cual locutora de un programa de radio, verborrágica y entusiasmada continuaba su charla. Y mientras acomodaba sus víveres en la cinta de la caja agregaba: “Ah no te conté, la semana pasada nos fuimos a Centroamérica, me prendí con él en un viaje de laburo. Claro con mi marido. La verdad que el lugar era divino. Paradisíaco”. Ya no parecía la que segundos antes comentaba lo mal que iba su matrimonio. Derecho al derrumbe.
“Ah pero la pasé muy mal –continuó, cambiando su tono de voz de efusivo a acongojado- no pude salir de la habitación del hotel. Me la pasé llorando, porque ahí me di cuenta que tenía que divorciarme”, y aunque sus dichos no coincidían con su bronceado caribeño parecía convencida.
“Mirá, me di cuenta que no puedo seguir con alguien que no me presta atención. No me acompaña. No me escucha. No me invita a ningún lado. Es hora de decir basta”.
Pagó su compra y salió con su carrito lleno, con el recuerdo de un último viaje y el relato de un divorcio anunciado en público, pero no en privado.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
La niña que buscaba
¿Sería igual que su madre a la hora de parlotear? ¿Extrañaba la presencia de su padre? ¿Dónde estaban ellos en ese momento? ¿Por qué nos llamaba tanto la atención? ¿Por qué quería que escucháramos lo que decía? No podía dejar de mirarla. Y, luego, de pensarla.
Hasta que una voz retumbó en mi cabeza: “es sólo una niña entusiasmada”. Ahí pensé que estaba haciendo un mar de una gota de agua, mientras creaba la historia de una niña que algo buscaba. Tal vez, nada. O quizás, todo.
viernes, 13 de noviembre de 2009
La mantenida
Antes de reunirse con su marido para asistir a un mismo consultorio médico, Roxana se encontró por casualidad con una ex compañera de trabajo, a quien no veía desde hacía varios años. Una seguía en el mismo lugar, con los mismos avatares de hace tiempo, y la otra había optado por un cambio de vida, que implicaba cero jefes, cero sueldo y muchas actividades diarias; había decidido dedicarse de lleno a su familia. Se contaron una que otra anécdota y se cruzaron los teléfonos.Al despedirse, tras un afectuoso saludo, quedaron en llamarse y la ahora ama de casa, Roxana, quiso ser amable con su ex colega:
-Te venís a casa un día y te preparo algo rico para comer.
-¿Cocinás?
-Sí.
-No te imaginaba...
-Bueno, es algo normal. La gente suele cocinar...
-Ah, pero para eso tenés que tener tiempo. Bueno, aprovechá vos que sos una mantenida.
Los labios de Roxana liberaron una sonrisa algo tenue, tras el rótulo que estaba recibiendo. Ni siquiera intentó contestar. Se le hacía tarde para la cita con el médico. Pensó en tomar un taxi, pero después de mirar el reloj se dio cuenta que si caminaba rápido llegaría a tiempo. Estaba acostumbrada a "correr" todo el día. Y así fue. Estuvo a la hora señalada.
El especialista, si bien no los conocía, pensó que ya que iban juntos, aunque tuvieran distintos turnos y fueran por diferentes razones, podrían ingresar a la consulta al mismo tiempo y los invitó a hacerlo. Primero la atendió a ella. Y cuando estaba redactando la receta advirtió: “Mire a esta medicación no la cubre la obra social. Le saldrá un poco cara. Bueno a usted no. A él, que va a tener que pagar”. Una vez más alguien confundía su rol como mujer. Y una vez más pensó que no valía la pena contestar. Pero ya había perdido la sonrisa.
jueves, 12 de noviembre de 2009
La pasión prohibida de Andrea
La apariencia de Andrea era muy similar a la de Laura Ingalls, aunque con el tiempo dejara salir de sus entrañas a alguien más parecida a Nelly Olson. Pero eso sucedía a oscuras, en secreto.Se había tomado el trabajo de realizar con puntillosa paciencia sus invitaciones de casamiento. Nada de impresiones y papeles comunes. Todo artesanal. El esmero que había puesto para su boda campestre había sido atesorado por años, para que tuviera más fuerza en el momento indicado.
Ella sabía que estaría preciosa. Que nada fallaría. Que sus pecas resaltarían como estrellas; y su cabellera larga y su figura delicada brillarían esa noche, cuando diera el sí. Se sentía preparada desde hacía tiempo para ello.
Un mes antes el vestido ya estaba terminado; organizada la despedida de soltera y las tarjetas de participación enviadas. Ningún detalle se había escapado al hacer la lista de regalos. Todo a la perfección. Noches enteras de trabajo rendían su fruto. Y generaban cansancio.
Y cada mañana, despertaba soñando su sueño a cumplir. Y cada tarde, se tomaba un respiro. Se levantaba del sillón de su escritorio y decía: "vuelvo en quince. Voy a despejarme". Nadie prestaba más atención que la que merecía tal comentario. Era algo común en la oficina. Ni siquiera era seguida por las miradas. Cada cual tenía su historia, igual que ella.
Un día recibió una llamada urgente. Quien hablaba la requería con insistencia. Entonces, alguien comenzó a buscarla por el edificio. Nadie sabía cuál era su lugar de descanso. Nunca lo había dicho. O no le prestaron atención. Fue entonces que un colega pensó que podía estar dos pisos más abajo, en una especie de jardín interno, con buena luz y buen aroma.
Decidido a encontrarla bajó las escaleras de prisa. Abrió la puerta con ímpetu y se topó con la escena. Andrea estaba aferrada a su prohibición. Besándolo. Roja de pasión. Nunca notó la presencia extraña. Pero todos hablaron del tema.
La noche de su boda resultó como había sido pensada. Lo demás quedó en una anécdota. Hasta que un año más tarde, alguien más abrió la puerta del paraíso dos pisos debajo de la oficina. Ahí estaba Andrea, con su embarazo de 7 meses, nuevamente aferrada a su pasión.