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viernes, 15 de enero de 2010

El reflejo amargo

Patricia L. había decidido sorprender a todos con un cambio de imagen. No se había sentido bien durante los últimos meses. Su marido le había pedido el divorcio, para poder reiniciar su vida con otra mujer, Agustina P., un poco más joven que ella y con otro tipo de aspiraciones.
Después de mirarse durante varios minutos en el espejo, pensó que una larga cabellera le daría más vida a aquel reflejo amargo que recibía y para ello debía deshacerse de la melena corta y de la tintura negra que la acompañaba.
Aunque siempre le había causado gracia ver cómo alguna de sus amigas de un día para otro aparecía con treinta centímetros más de pelo, fue en busca de las extensiones.
“Nada de rulos. Bien lacias y largas, y con un tono dorado”, le dijo al estilista sin dudarlo. Al saber que en dos días estarían listas para ella las mechas naturales, salió de la peluquería con otro semblante.
Varias horas de paciencia. Algunas revistas viejas y ajetreadas. Un par de cafés. Chismes. Parloteo y listo. El espejo le daba la bienvenida a la renovación. Y el diálogo de fondo, cual abducción, la transportaba hacia un agujero negro.
“Chicas –decía el peluquero- no olviden pagarle a Agustina P. su cabello. Miren que Patricia ya se lo lleva puesto”.

viernes, 23 de octubre de 2009

¿Y dónde está la novia?

El calor podía humedecer las manos de cualquiera esa mañana. Y el encierro del despacho de la jueza ayudaba. La ropa para la ocasión y la espera también.
Y mientras una novia daba el sí en la sala del Registro Civil, vitoreada por sus amigas como si hubiera ganado la partida más difícil de su vida, en el pasillo, atravesando la puerta, un grupo esperaba la celebración del próximo casamiento.
Ahí estaban el novio, los testigos, los padres, el resto de los parientes, los amigos. Pero, no estaba la novia.
Sin dudas, en algún instante habrán notado su ausencia y se habrán preguntado: ¿Dónde está? Cuántas respuestas se habrán imaginado. En el baño. Acomodándose el peinado. Retocando el maquillaje. O teniendo una última charla con alguien. Quién podría saberlo. Quizás una o dos personas en ese lugar.
Pero afuera, en los jardines, más precisamente entre los arbustos, todo aquel que atravesaba la vereda o subía la escalera principal, se hacía otra pregunta. ¿Qué le pasa?
Ahí estaba, la novia, devorándose el último cigarrillo de soltera. Encorvada. Enfundada en un vestido blanco lleno de tules -que seguramente la llevaría ese mediodía después del Civil a una ceremonia religiosa- pitando, desesperada.
Los que la vieron pensaron: “Sí que la puso nerviosa el casamiento”. “Cuánta ansiedad”. “Que angustia”.
Sin dudas, ella había creado una postal diferente. Y el cigarrillo ardiendo dejaba abierta la puerta a la imaginación. ¿Sería el último?, ¿Por qué se había escondido?, ¿Algo prohibido?, ¿Estaba mal? ¿Estaría quemando lo que dejaría atrás? ¿O estaba penando de ante mano lo que vendría? Sólo ella y las cenizas que cayeron en el césped lo saben. Esa es parte de su historia.

viernes, 9 de octubre de 2009

El celular, las carteras, el correo y la trampa

Muchos pueden tener la tentación. Pensarlo dos veces y echarse atrás. Rodrigo no pudo. Sospechaba todo el tiempo de Valeria. Especialmente cuando escuchaba las anécdotas de algunas chicas de la oficina. Se sentía perturbado cada vez que alguien decía: “viste, si son todas iguales, la que no corre vuela”.
Comenzó a fijarse en los horarios de su mujer. Trató de estar atento a sus salidas o encuentros con clientas y amigas. Si se arreglaba más de lo normal le hacía cientos de preguntas u ofrecimientos diversos con la intención de que pasara más tiempo en casa.
“Ella puede ser tan o más astuta que mis compañeras”, había pensado en voz alta, mientras tomaba una cerveza con sus colegas después del trabajo, ritual que no dejaría de lado por más preocupado que estuviera. “Tenés que ser más rápido. Busca datos donde podés y donde no; y mirá todo, lo que se puede y lo que no”.
Así empezó a saciar sus tentaciones. Primero fue el celular. Esperó que Valeria se durmiera y revisó mensajes, llamadas (echas y recibidas) y directorio telefónico. Nada. Sólo trabajo y cosas de mujeres. Decidió insistir. Era el turno de los bolsillos. Esperaba que ella hubiera dejado algo olvidado. Nada. Ni en las carteras. Ni en las camperas. Ni en los jeans. Otra vez, nada.
Pasó decenas de veces junto a la computadora. Intentó sentarse para abrir su casilla de correo. Sería fácil –pensó- porque su esposa era muy predecible a la hora de poner claves. Avergonzado de sus tontas ideas decidió darse un descanso.
Pero los amigos insistían: “No seas tonto. Seguí buscando”. Resolvió que lo mejor sería despejarse y sacarse los fantasmas de la cabeza. O que tal vez debería hablar con ella. Si algo le ocultaba quedaría al descubierto. Y si no, lo entendería; simplemente porque lo amaba.
Pero antes de cerrar sesión, hundió sus dedos en el teclado e intentó con varias palabras. Hasta que acertó. “Bandeja de entrada: (Asunto) Rv: MI MARIDO”. Abrió el mail sin dudarlo y leyó: “Sí, soy más astuta que vos y todas tus compañeras. Ojalá estés leyendo con atención. Ya es hora de terminar con esta tontería. Te he dejado ver todo lo que podías y lo que no. Espero que la próxima vez que estés lleno de fantasías, agobiado e inseguro, recuerdes verificar que has cortado bien tu celular mientras me sacás el cuero con tus amigos. Nos vemos. Vale”.
Rodrigo cerró la sesión. Aflojó el nudo de su corbata. Olvidó la cerveza after office. Llegó a su casa temprano. Y cambió de tema.
Valeria, cambió su clave.

viernes, 2 de octubre de 2009

La niña madre

La maestra rural esperaba junto a la puerta del aula la llegada de cada uno de sus alumnos. Muchos lo hacían después de haber caminado varias cuadras y hasta kilómetros; y a veces sólo con la energía que les podía brindar un mate cocido. Pero hacía ya cuatro días que debía tomar el picaporte, cerrar y comenzar la clase sin la presencia de Melisa.
Preocupada, envío un mensaje a su casa. Necesitaba saber qué estaba pasando. La mañana siguiente la sorprendió con la llegada de la niña junto a su madre. “¿Por qué has faltado? ¿Has estado enferma?”, le preguntó a su alumna sin obtener respuesta. Sólo la vio bajar su mentón hacia su pecho como si buscara encontrar algo bajo tierra.
“Mire maestra –dijo la madre- Melisa está embarazada. Y yo vengo a pedirle que me mande avisar si no viene a la escuela, porque ahora se fue a vivir con su novio y yo no quiero que deje de estudiar. Quiero que mi hija sea algo en la vida”.
Con tan sólo 13 años, Melisa sabía qué sería. Al menos en un futuro cercano. También lo sabían las dos mujeres que buscaban su mirada. Melisa sería madre. Una niña madre.

jueves, 24 de septiembre de 2009

No me busques, porque me vas a encontrar

La mañana se mostraba radiante. Ideal para disfrutar. Nada mejor que un buen paseo. Una caminata al aire libre era la mejor idea para Leonor y Roberto. El parque fue el lugar indicado.
El plan se completó cuando llamaron a un matrimonio amigo para que los acompañara. Después de unas cuantas vueltas al lago, plagado de remeros, podrían ir juntos a almorzar. Eso sí, sin agregar demasiadas calorías. No en vano caminarían un par de horas.
En menos de lo que pensaban, los cuatro, dieron rienda suelta a sus piernas. Ellas unos pasos adelante y ellos de escolta. Mucha caminata y mucha charla.
Mientras las señoras hablaban de nuevas tendencias, los señores escuchaban y murmuraban algo cada vez que alguna joven los pasaba al trote con calzas y musculosa. Los pasos que seguían detrás de sus esposas les servían de cómplices.
Hasta que Roberto decidió meterse en la charla de las mujeres. “Vos dale con el tema de las cremas, que ya no hay lugar en el armario del baño para ponerlas y si seguís así me vas a desintegrar la billetera”. Ella no lo escuchó o hizo como si no lo escuchara.
Unos metros más adelante, él volvió a opinar. “Sí, seguí comprando porquerías. Además nada demuestra que sirvan para algo”.
Leonor no tenía ganas de que llegara el tercer comentario de su marido. Manteniendo el ritmo adquirido, tomó un poco más de aire y sin voltear su cabeza, lanzó su pensamiento en un tono lo suficientemente alto para que se escuchara a varios metros a la redonda:
-¡Querido y esas porquerías de cremas “for men” que están en el toilette, de quién carajo son!
-No tengo idea.
-¿Y el tonificante para cabello “for men”?
-Serán tuyos también, vos con tal de gastar comprás cualquier cosa.
-¿Y la máscara verde para eliminar impurezas, también “for men”?
-Bueno querida son un par de cositas.
-Ay cariño, seguí tu propio consejo, no gastes en porquerías porque en verdad con vos ha quedado demostrado que no sirven para nada. Y no me busques amor, porque te aseguro que me vas a encontrar.

jueves, 17 de septiembre de 2009

La mujer del carnicero

Lorena era nueva en el barrio y comenzó a familiarizarse con los negocios cercanos. Logró encontrar los lugares indicados para cada compra, excepto una buena carnicería.
“Por qué no probás con lo que está dos cuadras más allá”, le sugirió una vecina. Y así lo hizo.
Fue una vez y consiguió buenos cortes y precios. Entonces decidió volver. Detrás del mostrador, cuchillo en mano, el carnicero tenía otro humor. Jocoso, entonaba canciones románticas.
-Me da un kilo de carne molida.
-¿De cuál quiere?
-La más magra.
El carnicero cortó la carne en trozos y la arrojó en la moledora.
-¿Vio que linda molida le estoy dando?
-Sí veo.
-Tan linda como mis clientas.
Lorena sintió que el comentario le apuntaba directamente. No había nadie más en el local. Y en vez de sentirse halagada se puso molesta. Más aún cuando el señor seguía cantando canciones románticas, mientras amasaba el bollo de carne.
Recibió su compra. Pagó y salió pensando en la mujer del carnicero. Le diría él las mismas cosas que a sus clientas. Cantaría también frente a ella con tanto énfasis.
Lorena pensó que se estaba acartonando. Que lo que en otra época podría haberle parecido insignificante, ahora le resultaba pesado. Volvió a pensar en la mujer del carnicero. ¿Andaría ella piropeando hombres en su trabajo o al llevar a sus hijos a la escuela, haciendo referencia a lomos y colitas?.
Lorena sabía que lo que estaba pensando era casi improbable. Aunque en fondo deseaba que fuera un poco real. Al fin y al cabo, como suelen decir, la carne es débil y a cada chancho le llega su Navidad.

sábado, 12 de septiembre de 2009

En las mujeres es distinto

Iba por la calle sin pensar en nada, cuando tres niños no mayores de 10 años me sorprendieron con el rebote de una pelota contra la vereda. No sólo lograron sacarme de mi universo, sino que también me llevaron a prestarles atención. Primero en lo externo. Activos y desenvueltos, se movían con agilidad mientras hablaban. “En las mujeres es distinto” decía uno. “No, vas a ver que no”, agregaba otro. El tercero, muy seguro de lo que expresaba, como si predijera un futuro no muy lejano, afirmaba: “Ellas nunca van a pensar cómo nosotros. No van a ir a un partido de fútbol, porque no les interesa y nunca nos van a entender”.

lunes, 22 de junio de 2009

Cuando se pierde la solidaridad...

Estoy convencida de que cuando un pueblo olvida la solidaridad está perdido. Hoy, salía de ver a mi padre en el hospital y me topé con una historia de una mujer desesperada. No sólo porque su marido está internado con una aneurisma, sino porque no entiende cómo puede haber gente tan poco razonable.
No hablé con ella. Pero escuché que necesitaba ir a su casa a buscar algunas cosas. Cansada, decidió tomarse un taxi. Pero tuvo que esperar un rato. No porque no hubieran, sino porque cuando les decía que tenía que recorrer sólo seis cuadras, le contestaban que no la llevarían. Simplemente, porque el costo del traslado sería menor de 5 pesos.
Comentó que no es la primera vez que le pasa. Incluso, algunos choferes le sugieren que camine. "Si, al fin y al cabo, el trayecto es corto".
Supe después que encontró un taxista que aceptó llevarla. Al menos de cinco, uno fue solidario. ¡No, que estoy diciendo! Están para eso, les pagamos por su servicio. Pero, en fin, mientras uno haga las cosas como debe, queda algo de esperanza.

lunes, 27 de abril de 2009

Mujeres al volante

Muy bien para la conductora del trolebus! No es la primera vez que me cuentan que una de las choferes de la línea de troles de nuestra ciudad hace respetar los derechos de los pasajeros. Hoy, en la línea Godoy Cruz-Las Heras, la mujer se impuso: "Señores y señoras, si no le dan el asiento a la mamá con su bebé no sigo el viaje". Como nadie se paró rápidamente, detuvo la marcha.
Y como en estos tiempos, nadie quiere esperar ni por un vuelto, un joven soñoliento tomó impulso y asunto arreglado. No sabemos cómo se llama la mujer detrás del volante. Pero desde aquí le damos la aplaudimos y le damos las gracias.

- ¡Muy mal para la señora de la Eco Sport roja! Roja debería haberle quedado la cara si hubiera escuchado la cantidad de insultos de los peatones. Dicen que la muy fresca, dobló desde San Martín hacia Brasil, con la música al máximo, con la mano izquierda en el volante, el celular entre la oreja y el hombro y con un alfajor en la mano derecha! ¡Por favor! Chicas la próxima vez tomen el número de la patente!

viernes, 24 de abril de 2009

Vos te hacés la cabeza

Camino al colegio, dos amigas adolescentes mantenían una charla agitada. No por el tenor de la misma, sino por el paso acelerado.
- ¡Me miente. Me miente. No me deja de mentir!
--Pero vos tenés que hablar eso con él.
- Pero si ya lo hablé un montón de veces y siempre me dice lo mismo. Y yo sé que me miente.
--No, a mi me parece que vos te hacés la cabeza.
Iban tan rápido que sus palabras pasaron a mi lado como un soplo. Pero algunas de ellas se instalaron en mi inconsciente. Varias horas después pensé en una de las frases: "vos te hacés la cabeza". Comencé a preguntarme cuántas veces por día podía pasarnos lo mismo. Si sumáramos cuántas horas por semana y cuántas por mes, me agotaría en pensar cuántas al año.
En este caso decidí que es más sencillo decir que "hacerse la cabeza" es cosa de mujeres, antes de tomarme tanto trabajo.