Mostrando entradas con la etiqueta Cosas de mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cosas de mujeres. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de octubre de 2011

Tras las nubes

De nada servía preguntarse qué hubiera pasado si 25 años atrás hubiera abandonado el barco. Tomó una decisión y se echó a andar. Y anduvo tras largos faldones de seda, en cuanto baile de familia bien se presentara. Cargó la escopeta y apuntó a la nada. Sólo descubrió nubes. Una de ellas era tan esponjosa como el cabello de Elina y tan blanca como su piel. Furioso decidió dispararle. Pero tratar de deshacerla era tan inútil como preguntarse qué hubiera pasado si no abordaba el navío.

Elina ya no tiene el cabello esponjoso. Tampoco la piel suave. Sólo se mece mirando el cielo, imaginando que las nubes son las velas de la embarcación que lo trae de vuelta.

jueves, 23 de junio de 2011

La escondida

Dónde podría haberse ocultado durante una noche tan fría. El departamento de su hermana podría haber sido perfecto. Estaba de viaje y sabía que nadie notaría la ausencia de la copia de llaves que guardaba su madre. Adriana no era capaz de encender un electrodoméstico que tuviera más de una luz indicadora, por lo tanto nunca hubiera tenido una computadora. Sí, el departamento de Adriana era el lugar perfecto para que la mente infantil y el cuerpo adulto de Morena se escondieran.

Ni un sólo mensaje. Ni una sola ironía. Ni un indicio de abulia cibernética. Ni una señal para sus amigos. Menos para sus seguidores. Quizás se escabulló entre las sábanas y se cubrió tanto, harta ya de teclear, que nadie pudo notarla en su propia habitación. Porque no estaba en la sala de ensayos. Ni en el bar. Ni el local de comida chatarra.

Nadie la vio durante esa noche tan fría. ¿Dónde podría haberse ocultado? Detrás de un seudónimo.

domingo, 10 de octubre de 2010

En confluencia

Cada una de aquellas noches, en las que sumaban minutos eternos tratando de encontrarse a sí mismas, o al menos percibir una señal que les indicase cómo liberarse de tantas ataduras y pensamientos innecesarios, ninguna de ellas sabía que confluirían en una misma historia.
Amanda solía pasar horas frente al televisor encendido sin mirarlo, recibiendo uno que otro destello sobre su rostro agotado. Elena acostumbraba recostarse en un sofá y notar una difusa imagen del techo, que parecía estar cubierto por una nube de pensamientos. Y Clara pensaba, a oscuras, sola, en medio del silencio.
Si bien vivían en el mismo edificio nunca se habían cruzado. Los once pisos, dos escaleras y cuatro ascensores no habían provocado el encuentro. Aunque, siempre, las tres llegaban casi a la misma hora. Y cuando la noche comenzaba a asomarse, Amanda sabía que de un momento a otro su marido haría girar la llave de la cochera. Elena no esperaba a nadie y Clara pensaba en cómo sostener a su pequeña hija tras la partida de su padre.
Tres mujeres solas, por momentos. Lejanas, aunque cercanas, no sabían que formarían parte de una misma historia, cuando el sonido ensordecedor las sacaba del letargo interior que las invadía hacia el final del día.
No sabían que tras el estruendo llegarían las sirenas. No sabían que las grietas en zigzag se devorarían la energía. Ni que serían parte de un mar de escombros tras la implosión.
No sabían que sus pensamientos serían arrebatados por la furia de la tierra. Ya no habría ni pisos, ni escaleras, ni ascensores que impidieran el encuentro.
Amanda abría los ojos recordando el rostro ensangrentado de Elena sacándola a la superficie, mientras Clara aterrada apretaba a su niña envuelta con las mantas de la Cruz Roja. La intemperie las reunía y unía sus pensamientos en un solo rezo por la vida.

(Imagen David Piugalli)

viernes, 21 de mayo de 2010

Siete días cada tres meses

La escalera mecánica llevaba a Lourdes siempre al mismo lugar, la puerta de embarque hacia el próximo vuelo con destino a Francia. Al pie quedaba Ernesto, algo acostumbrado a pasar una semana sacando comida del freezer y esperando que alguno de sus hijos tuviera algunas horas libres para regalarle. Le habían advertido que no lo visitarían mientras ella estuviera en la casa.
Si bien él sentía que había quedado opacado tras su escritorio en el Banco de la ciudad, estaba orgulloso de su puesto jerárquico y de que su actual y joven mujer hubiera logrado construir de la nada la empresa que le daba forma a su creatividad. La imaginaba mezclando colores y texturas, que luego vestirían los cuerpos esculpidos de aquellas afroditas conquistadoras de pasarelas y gigantografías publicitarias, y olvidaba por completo cuántas veces había pensado que ella se cansaría de sus gustos y costumbres. De sus sesenta y pico de años y de sus rebeldes canas.
Y cada noche de ausencia se planteaba qué eran siete días en su vida, cada tres meses, si Lourdes le había devuelto la sensación de estar flotando entre nubes. La extrañaba, claro, pero eso la hacía amarla más.
La sexta mañana sin su joven y actual mujer que había logrado construir de la nada un imperio, lo despertaba de un salto tras los golpes en la puerta de entrada. Pensó que Lourdes había planeado sorprenderlo y sabiendo que nunca se llevaba las llaves corrió a su encuentro.
El paquete con medias lunas calientes apareció antes que la silueta de su hija mayor sin darle tiempo a entender la escena.
-¿Qué sucede? Es demasiado temprano. ¿Ha pasado algo?
-Nada. Sólo quería verte. Y aprovecho que no hay Moros en la costa.
-¿A esta hora?
-¿Qué hay de malo? Llego justo para desayunar.
Mientras el aroma del café molido inundaba la cocina la hija dejaba escapar frases a borbotones.
- ¿Papá te dije que empecé a tomar clases de tango?
-No y no te imaginaba haciéndolo.
-Yo tampoco. Pero es como una terapia. Me distraigo. Conozco gente y escucho historias.
-Que seguramente vienen de unos cuantos viejitos aburridos…
-Pará ¡No seas prejuicioso! El tango no es sólo para viejitos.
-Entonces serán historias de jóvenes presumidos intentando perfeccionarse.
-Algunas sí. Otras no tanto. Hoy, por ejemplo, he escuchado a dos mujeres alborotadas por la actitud de una amiga, que habiéndose tomado un vuelo a Méjico ha engañado a su marido diciéndole que iba a Francia, a comprar materiales para su empresa. E incluso se había dado el gusto de enviarles por mail una foto que se tomó en la playa con su amante.
La mañana número siete lo sorprendió a Ernesto algo ensombrecido. Lourdes abrió la puerta y entró revoleando sus zapatos y quejándose del cansancio. Fue hasta la habitación y se lanzó sobre la cama con una bolsa llena de regalos. Él miró a su mujer actual y joven y volvió a pensar en todo lo que había logrado de la nada.

domingo, 28 de marzo de 2010

La cosecha

Le hubiera resultado más sencillo sentir temor a perderlo todo, como en otro tiempo. Pero el despertar había sido distinto. La humedad se filtraba por la vieja ventana de madera, junto con su olor, anunciando el aguacero.
Habría sido más fácil declararse cansada y no mover ni un solo músculo dolorido. Sin embargo, saltó de la cama cuando la primera piedra dio de lleno contra el vidrio.
Descalza tomó una frazada y se envolvió. Estaba dispuesta esta vez a dar batalla. La tormenta no mataría su esfuerzo.
Llegó hasta las hileras, embolsó en una arpillera los frutos más rojos, sin sentir el dolor que el granizo se había propuesto lanzarle sobre su espalda.
Hundió sus pies en el barro. Abrió sus dedos entumecidos para espantar las hojas que entorpecían el paso por los surcos y arrastró la bolsa hacia el galpón que oficiaba de cocina; al mirar hacia atrás vio como el trabajo realizado por manos curtidas se perdía.
Sin derramar lo obtenido y menos aún una lágrima encendió el fuego, mientras el hilo de agua que brotaba de la canilla se llevaba la tierra, dejando fluir el rojo furioso de los frutos. Los tomó. Los partió. Quitó las semillas y comenzó la alquimia.
El aroma que empezó a soltar el dulce le devolvió la calma. Sólo llenó seis frascos. No serían en absoluto suficientes para pasar el invierno. Pero serían, sin duda, los mejores de la peor de las cosechas.

domingo, 17 de enero de 2010

Las palabras más usadas por las mujeres

Comparto con ustedes un mail que me mandó una amiga.
Los diez puntos a tener en cuenta, con las palabras más usadas por las mujeres. No sé quién lo escribió. Pero aquí va. Lo que ellas le "dicen" a ellos.
1. BIEN: Esta es la palabra que usan las mujeres para terminar una discusión cuando creen que tienen razón y tú tienes que quedarte callado.
2. 5 MINUTOS: Si la mujer se está vistiendo, significa entre media y una hora. Si estás leyendo el diario o viendo el partido y tienes que ir con ella o hacer otra cosa que ella quiere, sí son sólo 5 minutos.
3. NADA: La calma antes de la tempestad. Quiere decir algo y deberás estar alerta. Discusiones que empiezan con NADA normalmente terminan con BIEN (mira el punto 1).
4. HAZ LO QUE QUIERAS: Es un desafío, no un permiso. No lo hagas.
5. GRAN SUSPIRO: Es como una palabra pero no verbal. Muy a menudo los hombres no lo saben interpretar. Un GRAN SUSPIRO significa que ella piensa que eres un idiota y se pregunta por qué está perdiendo su tiempo peleando contigo discutiendo sobre NADA (mira el punto 3).
6. O.K.: Es una de las palabras más peligrosas que una mujer puede decir a un hombre. Significa que una mujer necesita pensar muy bien antes de decidir cómo y cuando hacértelas pagar.
7. GRACIAS: Una mujer te agradece; no hagas preguntas o no te desmayes, quiere sólo dar las gracias (pero si dice MUCHAS GRACIAS es puro sarcasmo y no te está dando las gracias de verdad).
8. COMO QUIERAS: Es el modo gentil de la mujer para decir: “¡Andáte a pasear!”
9. NO TE PREOCUPES QUE YO LO HAGO: Otra frase peligrosa. Significa que una mujer pidió a un hombre algo algunas veces pero se tuvo que dar por vencida y hacerlo ella misma. Esto llevará al hombre a preguntarse: “Pero, ¿qué hice de malo?” La respuesta de la mujer es el punto numero 3.
10. ¿QUIÉN ES?: Esta es solo una simple pregunta, pero recuerda que cada vez que una mujer te pregunta “¿Quién es?” en realidad te está preguntando: “¿QUIÉN ES ESA Y QUÉ ES LO QUE QUIERE CONTIGO?” Ojo con lo que contestas.

viernes, 15 de enero de 2010

“Todo me pasa a mí”

Si por algo se caracteriza Sonia es por su nerviosismo. Ella afirma que nació nerviosa y seguirá así por el resto de su vida. Sin embargo, eso es algo que la atormenta. Convive con un malestar constante. Es tan consciente de ello que ha probado varias terapias, con distintos terapeutas. Ha pasado por el diván un par de veces, pero no consigue el alivio. Ha usado té de tilo, ansiolíticos y antidepresivos. Ha probado con yoga, pilates, relajación, respiración y natación. Las endorfinas se mueven, pero Sonia adolece, aunque ya ha superado los cuarenta años.
Se levanta nerviosa, come nerviosa, le cuesta dormirse y relacionarse.
-¿Qué es lo que te pasa Sonia? (pregunta una amiga)
-Todo. Todo me pasa a mí.
-¿Qué es todo. Puedo ayudarte?
-No, soy yo la única que puede hacerlo. Pero siempre fracaso.
-Tendrías que intentar relajarte.
-Ojalá pudiera.
-¿Pero te das cuenta de que necesitás algún cambio? ¿Qué pasó con la terapia?
-Me cansó. Tanto como me cansa la vida.
-¿Qué puede ser tan grave?
-Sospecho que vivir. Mejor dicho, sospecho que vivir sin disfrutar.
-¿A qué te referís?
-Es complicado…
-¿Qué tanto?
-Tanto como haber construido un mundo ideal. Como un cuento de hadas. Con castillos, príncipes y princesas.
-Entonces, ahí está todo el problema. Estás pensando como una niña dentro de su mundo mágico.
-Así es. Y estoy llena de ilusiones y fantasías.
-Sonia, es hora de crecer. Incluso sin descartar esas ilusiones y fantasías.
-Ese es el problema, me cuesta hacerlo. Soy como una niña en un cuerpo adulto. Y eso duele. Tanto, que siento que todo me pasa a mí.
-¿Y qué harás al respecto?
-No lo sé. Tal vez deba tomar mi varita mágica y transformar mi realidad.

sábado, 2 de enero de 2010

Año nuevo, vida nueva.

Había controlado a Gómez durante todo el ciclo lectivo. Ya lo había tenido como alumno y consideraba que podía ser tan problemático como el año anterior. El chico era buen estudiante, pero su comportamiento distaba de lo que ella consideraba lo adecuado.
“Gómez: cierre la boca”, “Gómez lo voy a amonestar”, “Gómez pase al frente”, “Gómez para mañana traiga...”, “Gómez sáquese el chicle de la boca”, “Gómez se va a pasar el verano estudiando”, Gómez, Gómez, Gómez.
Lo que ella no percibía era que ya con 18 años, el alumno ni siquiera tenía la intención de seguirle la corriente. Menos aún de enfrentarla. Por su cabeza pasaban otras historias. A lo sumo, lo único que quería era terminar los estudios para tomar su mochila e ir en busca de otras voces que le dieran una tonalidad distinta y de otros ojos que lo miraran diferente. Pero ella estaba tan oculta y cerrada, que necesitaba a alguien en quien depositar su ira.
El año había finalizado y Gómez le había cerrado la puerta a una etapa de su vida. Ella buscaba opciones, mientras acariciaba a su gato. La soltería le pesaba a los 45, al igual que su familia. Entonces inició una búsqueda. Un hobby, un viaje, una lavada de cara a su departamento. Hasta que una colega la invitó a pasar la noche de Año Nuevo con un grupo de amigos.
Tal vez ese podía ser el comienzo del cambio. Aceptó. Sin embargo, no demostró demasiado entusiasmo. Ni siquiera reparó en su imagen. Usó una de las tantas blusas que se ponía a diario y la clásica falda negra que ya la identificaba. Tomó el bolso raído. Arrancó la hoja del bloc donde había anotado la dirección y salió.
No le costó mucho encontrar la casa. Conocía la zona. Bajó del auto pensando que tal vez debería volver a su departamento. Por qué había tenido la loca idea de empezar el año con desconocidos. El sonido del hambre en el estómago la devolvió a la tierra cuando su dedo ya estaba apoyado en el timbre.
Segundos más tarde, Gómez le abría la puerta y le daba la bienvenida a su casa.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Ella, ausente, piensa.

Mientras sus amigas hablan de hombres y de sexo, ella se pierde en pensamientos hogareños. No recuerda si desenchufó la plancha y repasa mentalmente si dio vuelta la llave en cada una de las cerraduras de la casa.
Mientras la que se divorció hace unos meses relata su aventura con su compañero de oficina, ella piensa en la pila de ropa que dejó sobre el canasto para lavar.
Mientras la más joven del grupo cuenta cómo logró escapar de las garras de un baboso empedernido, ella nota sus oscuras ojeras en un espejo diminuto que está sobre la ventana.
Mientras la más desinhibida deja a la luz las fantasías que desearía poner en práctica por la noche, ella se siente distante, fría, ausente.
Mientras todas ríen y se liberan, ella piensa en preparar la cena, en estar a horario y en bañar a los niños.
Mientras agarra la cartera para volver a su casa, su marido piensa en dejarla.

La decepción

Cristina había formado un excelente equipo de trabajo. Si bien oficiaba de cabeza de grupo, sentía que había logrado entablar una relación amigable con el resto de los integrantes. Cuando se trataba de trabajar eran invencibles y cuando se necesitaban en lo personal ahí estaban, como los mosqueteros, todos para uno y uno para todos.
Tras años de unión y esfuerzo, Cristina tomó una determinación. Decidió cambiar de empleo. Y dejó atrás esa “familia” que sentía había logrado mantener unida en un ambiente laboral. Se fue con los mejores recuerdos de cada una las personas con las que había pasado gran parte de su vida e incluso mantuvo el contacto durante años.
Pero Cristina tenía debilidad por dos de ellas. Eran sin duda especiales. No tenían secretos. Compartían horas de creatividad, almuerzos y, a veces, cenas.
Sentía tanto aprecio por ellas que desde su nuevo lugar siguió sus carreras y sus vidas.
Con el tiempo, una de sus predilectas comenzó a alejarse. Ya no llamaba. Tampoco respondía mails. Y rechazaba invitaciones.
En un principio, Cristina pensó que estaría ocupada. Luego, que quizás se había ofendido por algún motivo o que tendría algún problema. Pero siempre trataba de estar al tanto de cómo le estaría yendo.
Hasta que un día, cuando preguntaba sobre su vida alguien le dijo: “es obvio que no te de la cara, porque desde hace un tiempo es socia de fulana. Es como su perrito faldero y como su receptora de privilegios”.
Cristina no podía creer lo que oía. La vida le daba una cachetada certera. Aquella persona en la que había depositado mucho y de la que había recibido tanto, hoy estaba a la derecha de quien le había aplastado la cabeza cuantas veces pudo.
Cristina revivió como un relámpago las situaciones en las que junto a su predilecta había manifestado su angustia, su tristeza y su dolor frente a los embustes de aquella arpía. Luego, con la decepción a cuestas, entendió que no todo lo que reluce es oro.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Silvina tiene un secreto

Silvina tiene un empleo de medio tiempo, que no sólo le proporciona un ingreso económico, sino que también le brinda la posibilidad de mantenerse activa en su profesión. Su marido trabaja de 8 a 16 y sus dos hijos concurren a un colegio de doble escolaridad, lo que le permite dedicarse al hogar y a ella misma entes de que regresen. Tiene una vida más que organizada. Todo cronometrado. Nunca llega tarde a ningún lado. Quienes la conocen aseguran que es una esposa, madre y mujer ejemplar.
Algunas de sus amigas han llegado a sentir celos cuando escuchan a sus maridos decirles: “Y mirá Silvina, siempre se las arregla con todo. Está de punta en blanco y jamás se queja”.
Sin embargo, Silvina tiene un secreto. Y alguien lo sabe. Pero la admira tanto que jamás lo dejará salir a la luz. Cada día, encuentra una excusa para desaparecer durante media hora. Si está en el trabajo, inventa algún trámite. Si está en su casa, dice que olvidó comprar un condimento sin el cual no puede terminar la receta. Y si está sola igual busca una coartada, por las dudas.
Cada día Silvina se para en la puerta del edificio de vidrios espejados. Mira hacia ambos lados. Luego hacia atrás. Agacha la cabeza e ingresa.
Cuando nota que sus nervios están destrozándola, que las manos le sudan y que no le queda un centavo en la billetera, golpea la máquina tragamonedas con bronca, se cubre la cara con ambas manos y se jura no volver más.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Señora de Blanco

El apellido que portaba parecía conjugarse con el color del vestido que eligió para su casamiento. No había llegado al altar joven y tampoco con su primera pareja. Pero sí como quería. Cumpliendo su sueño de niña, había entrado a la Iglesia radiante.
Varios años después de su boda opulenta, alguien la reconoció en un consultorio médico. Una vieja conocida. Hablaron de sus éxitos en una feroz competencia y criticaron a otras mujeres con énfasis, derrochando gestos que empezaban por sus caras y continuaban por sus manos, casi invisibles detrás del brillo de varios anillos.
Hasta que la voz de la secretaria interrumpió la charla con un: “Señora de Blanco”.
La vieja conocida, que ya había entrado en confianza, le dijo:
-¿Pero cómo, no te separaste de Blanco hace años?
-Sí.
-¿Y seguís usando su apellido?
-Claro. Me costó mucho conseguirlo como para dejar de hacerlo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Doña Marta, la mirona

La pareja del 5 E se había mudado al edificio unos meses antes de que llegara el verano. Sólo estaban en el departamento algunas horas por la mañana y toda la noche. Por ello, el contacto con los vecinos era mínimo.
Sin embargo, Doña Marta, del 4 E, ya los había detectado. Tenía su oído tan atento y pendiente que era capaz de seguir sus pasos sólo con mirar el techo de su casa. Sabía cuándo llegaban; cuándo abrían las puertas del balcón, la heladera y los armarios. O a qué hora tomaban una ducha o encendían el televisor; y si prestaba un poco más de atención, hasta podía saber en qué canal detenían el control remoto.
Pero algo le faltaba para saciar su espíritu curioso: conocerles las caras. O al menos tenerlas frente a la suya, ya que había podido verlos desde lejos asomándose por la escalera cuando salían. Entonces ideó planes. Hablaba con el portero más de la cuenta para verlos entrar o salir. Se ofrecía a dejarles el diario en la entrada y ayudaba a retirar la basura del gabinete destinado para ponerla. Incluso, llegó a ponerse en puntas de pie para espiar por la mirilla de afuera hacia adentro. Pero no tuvo suerte.
Una noche, mientras sentía las risas de la pareja, tuvo un impulso. Subió por la escalera. Puso su oreja contra la puerta del 5 E. Luego, se enderezó y comenzó a golpear. El corazón de Marta se detuvo cuando la mujer abrió. Tenía que poner en marcha un plan B. Tener una excusa. Dijo lo primero que se le ocurrió.
“Disculpe señora, soy la vecina del departamento de abajo y tengo un problema. Algo debe estar mal en su baño, porque el mío se está inundando”. La mujer le pidió que esperara y fue a revisar. Segundos más tarde le explicaba que nada estaba mal. No había ningún tipo de pérdida.
Marta ya estaba entusiasmada, le había visto la cara e incluso había podido ver un poco hacia adentro. Pero le faltaba verlo a él. Entonces insistió. “Mire señora, tengo la casa llena de agua y no me voy hasta que no me deje ver si todo esta bien”.
Ahí entró en escena el personaje que faltaba. Victoriosa, Marta, tenía en frente a la pareja del 5 E, que hartos de su insistencia permitieron que pasara. Obviamente no había nada que le permitiera seguir con su mentira.
Después de unos minutos Doña Marta volvió a su casa más que eufórica y excitada. Derramando adrenalina. Temblorosa. Feliz. Había logrado su objetivo y más. Mucho más. Les había visto las caras, sus cosas, sus muebles, el baño. A partir de ese momento su mente recorrería caminos insospechados. Tenía todo el set para imaginar, crear y distorsionar historias.

jueves, 12 de noviembre de 2009

La pasión prohibida de Andrea

La apariencia de Andrea era muy similar a la de Laura Ingalls, aunque con el tiempo dejara salir de sus entrañas a alguien más parecida a Nelly Olson. Pero eso sucedía a oscuras, en secreto.
Se había tomado el trabajo de realizar con puntillosa paciencia sus invitaciones de casamiento. Nada de impresiones y papeles comunes. Todo artesanal. El esmero que había puesto para su boda campestre había sido atesorado por años, para que tuviera más fuerza en el momento indicado.
Ella sabía que estaría preciosa. Que nada fallaría. Que sus pecas resaltarían como estrellas; y su cabellera larga y su figura delicada brillarían esa noche, cuando diera el sí. Se sentía preparada desde hacía tiempo para ello.
Un mes antes el vestido ya estaba terminado; organizada la despedida de soltera y las tarjetas de participación enviadas. Ningún detalle se había escapado al hacer la lista de regalos. Todo a la perfección. Noches enteras de trabajo rendían su fruto. Y generaban cansancio.
Y cada mañana, despertaba soñando su sueño a cumplir. Y cada tarde, se tomaba un respiro. Se levantaba del sillón de su escritorio y decía: "vuelvo en quince. Voy a despejarme". Nadie prestaba más atención que la que merecía tal comentario. Era algo común en la oficina. Ni siquiera era seguida por las miradas. Cada cual tenía su historia, igual que ella.
Un día recibió una llamada urgente. Quien hablaba la requería con insistencia. Entonces, alguien comenzó a buscarla por el edificio. Nadie sabía cuál era su lugar de descanso. Nunca lo había dicho. O no le prestaron atención. Fue entonces que un colega pensó que podía estar dos pisos más abajo, en una especie de jardín interno, con buena luz y buen aroma.
Decidido a encontrarla bajó las escaleras de prisa. Abrió la puerta con ímpetu y se topó con la escena. Andrea estaba aferrada a su prohibición. Besándolo. Roja de pasión. Nunca notó la presencia extraña. Pero todos hablaron del tema.
La noche de su boda resultó como había sido pensada. Lo demás quedó en una anécdota. Hasta que un año más tarde, alguien más abrió la puerta del paraíso dos pisos debajo de la oficina. Ahí estaba Andrea, con su embarazo de 7 meses, nuevamente aferrada a su pasión.

sábado, 7 de noviembre de 2009

La mujer de los lazos amargos

Isabel tiene seis hijos, dos trabajos y un marido ausente, que viaja mucho en busca de oportunidades para una vida mejor. Mientras, ella se ocupa y se preocupa por salir adelante.
Cada vez que él regresa defraudado, la tensión se hace insoportable. Ella trata de mantenerse callada. De que sus hijos vivan tranquilos. Pero todo se derrumba ante el primer vaso de cerveza que él ingiere.
Isabel no soporta los gritos. Menos aún el maltrato. Lo echa. Siente estar segura de querer la paz que busca hace tantos años. Pero él vuelve. Y ella confía. Le abre la puerta. Sin embargo, la historia se repite.
Isabel ha jurado cortar lazos. Pero no puede. Cada vez que intenta hacerlo los ata con más fuerza. Llora. Sufre. Teme. Y ahí está, otra vez, durmiendo a su lado.

Dejá para mañana

Desperté con una caja de cereales de chocolate sobre mi cara. Detrás de ella, un beso ruidoso, perfecto, como ensayado, que me invitaba a levantarme. ¡No, por qué! ¡Hoy no tengo ganas de levantarme! Es sábado, quiero quedarme en la cama hasta las 10, al menos. Pero sólo lo pienso. No me atrevo a decirlo. ¿Cómo podría hacer algo así frente a alguien tan tierno y pequeñito, que está moldeando su carácter? ¿Y por qué no?, pienso un segundo después. Tendría que decirle cómo me siento.
Arranco como puedo y voy viendo los restos del día anterior. Espero que un hada madrina me devuelva a mi sueño entre sábanas y se encargue de todo. Pero no sucederá, como no sucedía hace 30 años, cuando me pedían que ordenara mis cosas.
Entonces me acelera un grito: “¡Dale quiero la leche! En ese momento temo que el teléfono suene. Siempre suena cuando más aturdida estoy, y es cuando peor me pongo. No sé por dónde empezar. Me siento un instante. Encuentro sobre la mesa los colores que usé la noche anterior, al hacer una tarea para el jardín que venía dejando pasar y recuerdo: “Amor, dejá todo para mañana”.
Comienzo a dibujar mi propia sonrisa. Es distinta. Es rara. Es que ya “es mañana”, aunque parece ayer.

viernes, 30 de octubre de 2009

Víctima en el andén

Lety elige una fecha para visitar a su madre en la Capital. Pide una licencia laboral. Sabe que será difícil que Augusto, su esposo, la acompañe. Sin embargo, le consulta. Segura de que él no podrá, saca un pasaje para un lunes a primera hora, así alcanza a despedirla en la terminal de ómnibus antes de ir al trabajo.
Así sucede. Lety apoya la mano en el vidrio del colectivo y espera que su marido haga los mismo del otro lado. Le arroja un beso y parte.
Una hora más tarde, llega la primera parada. Lety baja con su pequeño bolso de mano y una mochila. Enciende un cigarrillo. Lee los titulares de los diarios en el quiosco de revistas. Mira el reloj. Le quedan unos minutos para ir al baño.
De regreso al andén, el coche ya esta en marcha. Los pasajeros suben. Y ella llega justo para encontrarse con Esteban, que ansioso la busca entre la gente. “Se hace tarde -dice mientras se pone en puntas de pie para besarlo-. El viaje es largo y el tiempo es poco. Mi madre me espera al atardecer”.

martes, 27 de octubre de 2009

Madres cómplices vs. amigas cómplices

Hace ya muchos años, nos hablaron de una médica dedicada a la estética femenina. Mi amiga quería perder unos kilos que tenía de más y yo recuperar unos que había perdido entre el trajín del trabajo y el descuido. Confiadas de que obtendríamos resultados, como si alguna transfusión mágica le sacara a una un poco y se lo diera a la otra, fuimos.
No nos sorprendimos al encontrarnos con hermosísimas señoras en la sala de espera. Muchas no tenían motivos para estar allí. Quizás nosotras tampoco. Pero así somos las mujeres.
Sí nos llamó la atención lo que la secretaria decía a cada una cuando se retiraba: “Tiene que ir a esta dirección, dentro de quince días, a retirar las pastillas, y tomarlas como le indicó la doctora”. ¡Anfetaminas!, pensé. “¡Milagro!, pensó mi amiga.
Nos sentamos en la atestada sala de espera. Y como suele suceder, alguien empezó una charla. “Yo las conozco a ustedes”. Un “¡Sonamos!” retumbó en mi cabeza, como si nos hubieran descubierto en la peor fechoría. Ya en ese momento quise huir. Pero mi amiga seguía pensando en “su milagro”.
Con algo de ansiedad, la intriga nos hizo permanecer sentadas en las incómodas sillas negras. “Sí –agregó la señora- ustedes son amigas de fulana”. Había acertado. ¿Pero cómo sabía? Pueblo chico infierno grande, pudo haber sido la mejor respuesta. “Porque fulana también es amiga de mi hijo y ustedes estuvieron en su cumpleaños”, dijo. Entonces, quedaba develada la incógnita.
Pero como la espera se hacía larga, la señora siguió hablando de su hijo, que ya por ese entonces se perfilaba como el conocido carilindo de la movida nocturna, con ansias de crecer y ocupar el trono de la notoriedad.
La dejamos que hablara. No íbamos a perdernos los chismes. Obvio. Y el mejor llegó como media hora después de haber escuchado las más increíbles maravillas sobre ese hombre. “¿Saben qué?, no vengo acá por mí. Vengo por mi hijo. Él siempre fue gordito. Entonces me manda a mí a buscar las pastillas. Se muere si alguien lo ve”.
Cuando la mamá cómplice se perdió tras la puerta del consultorio, agarré a mi amiga del antebrazo y le dije salgamos de acá antes de que sea tarde. Habían varios motivos para hacerlo. La reputación de la médica ya resultaba dudosa. Cualquiera que entrara a la consulta podría terminar histérica y con las manos temblorosas. Y lo peor, media ciudad se enteraría que habíamos estado allí.
Me costó el enojo y la bronca de mi amiga al sentirse manejada por mí. Creía hacerle un favor y, admito, me comporté como una madre furiosa sacándola a los tirones. Nunca supe si alguna vez entendió el por qué. Y con el tiempo no la vi más. Pero les puedo asegurar algo, al hijo de la señora lo he visto varias veces y sigue igual. Definitivamente, el tratamiento no era efectivo.

viernes, 23 de octubre de 2009

La novia de mi marido

De nada había servido que todas trataran de alertarla. Hacía oídos sordos a las insinuaciones. Hasta que un día, muy suelta de cuerpo y de palabras Bibiana afirmó frente a todas sus amigas: “¡Pero claro que lo sé! No soy ingenua. Sólo trato de parecerlo. Sé su nombre. Donde vive. Y cuánto gasta mi marido en ella.
“También sé que el celular apagado por reuniones importantes es la excusa. Y que los viajes repentinos para participar de congresos no son otra cosa que pequeñas lunas de miel. Pero saben una cosa, yo tengo su apellido, su tarjeta de crédito, un auto nuevo cada año, un viaje a cualquier destino cuando quiero y tiempo suficiente para buscar amigos.
“Chicas es sencillo –les dijo-, ella maneja sus horarios, su mente, su vida y, sin saberlo, libera la mía”.
Bibiana había dejado atónitas a la mitad de las mujeres que la escuchaban y desatado la envidia del resto.

Mi novio... Mi novio... Mi novio...

No se le escuchaba decir nada sin que agregara “mi novio”. En cada frase. A cada instante. En cada sitio. Hasta el hartazgo. Algunas decían que las mariposas que anuncian la llegada del amor, revoloteando en el estómago, se le habían subido a la cabeza. Otras, que estaba cada vez más sometida.
La realidad era muy profunda. Necesitaba, sí, que todo el mundo lo supiera. Estaba de novia. Quería demostrar que su imagen desgreñada y criticada por sus esculturales amigas, no había sido impedimento para conseguirlo. Tampoco sus kilos de más, esos que tantas veces le marcaron todas. Quería demostrar con sus "mi", que estaba saliendo de la soltería sin poner en práctica todas las argucias recomendadas.
Y quien fuera capaz de leer en su mirada, a simple vista notaría que en verdad había encontrado lo que siempre había querido. Lo tenía. Estaba con él sí. Sin cambios, sin dietas, sin maquillaje, tenía su propio yo adherido a un "mi".