Mientras la niña trataba de colgarse de su falda, ella -con sus ojos opacos detrás de las ojeras- sostenía al bebé con su brazo izquierdo, haciendo malabares para llevarse el cigarrillo a la boca, entre el llanto, el pataleo y la angustia del pequeño, que parecían ir y venir al compás del humo que le rodeaba la cara.
La insistencia de la nena por aferrarse a su mamá era tan potente como el movimiento descoordinado de sus pies por alcanzarla. Quizás hubiera podido tomarle la mano derecha, pero una botella de cerveza había ocupado su espacio.
El cordón de la vereda los recibía tan inerte como la mente de la joven madre. Apenas había pasado el mediodía, cuando se sintió el sonido de la espuma chorreando a través del pico del envase de vidrio oscuro.
Las miradas no tardaron en llegar. Pero se fugaron tan rápido como pudieron. No se escuchó ni un susurro. Todo quedó inmóvil. Hasta que el rostro de la pequeña se cruzó con los pensamientos de las mujeres que recogían a sus hijos del jardín maternal que, a menos de un metro de distancia, la mostraban diferente.
Sin sacar la vista de la brasa y sin hacer caso a las lágrimas del pequeño, la joven arrojó el cigarrillo hacia la calle, al mismo tiempo que el hambre rugía traspasando las pancitas de sus hijos. De a poco, la escena se transformaba en una postal de ciudad que allí quedaría, junto a una acequia sucia y seca.
Y mientras esa imagen desgarradora y cruel se desdibujaba ante la gente, a pocos kilómetros, otra mujer llamaba a su médico anunciando las contracciones, ansiosa, desesperada, sabiendo que en pocas horas estaría acariciando al ser deseado.
Hoy escuché una historia. De esas que nos pueden pasar a todas. Con las que nos podemos sentir identificadas o no. También tuve recuerdos y vivencias. Y, simplemente, decidí contártelas.
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sábado, 6 de febrero de 2010
jueves, 17 de septiembre de 2009
Policías en acción
A punto de cruzar una calle céntrica y absorta en mis pensamientos, la sirena de una patrulla de policía me sobresaltó. Me quedé quieta cuando vi a dos de uniformados sacar sus cabezas por las ventanillas del auto como para divisar mejor su objetivo. Apreté mi cartera con fuerza esperando la próxima escena. Se bajarían para perseguir algún delincuente a gran velocidad, corriendo entre todo lo que se interpusiera.
Que ingenua fui. Todo el sonido, toda la expresión facial de los uniformados y toda su potencia iban dirigidas a una morocha con minifalda, tacos altos y lentes oscuros que pasó delante de ellos. Eran verdaderos policías en acción.
Que ingenua fui. Todo el sonido, toda la expresión facial de los uniformados y toda su potencia iban dirigidas a una morocha con minifalda, tacos altos y lentes oscuros que pasó delante de ellos. Eran verdaderos policías en acción.
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