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viernes, 29 de octubre de 2010

Un recuerdo dormido

El simple hecho de respirar aire fresco le hacía pensar que la mañana sería diferente. La noche la había llevado de sobresalto en sobresalto tras sueños inesperados.
Por años había tratado de espantar el fantasma que de vez en cuando volvía a irrumpir en sus pensamientos. A veces llegaba solo. Sin aviso. Otras era arrastrado por quienes intentaban mantenerlo cerca.
Y si bien había aprendido a convivir con él, la noche había querido envolverla en un recuerdo dormido, simplemente con la intención de molestarla. Y aunque ella sabía que no podía borrarlo y menos aún negarlo, sí se sabía capaz de aquietarlo.
Esa mañana estaba dispuesta a sacar de su mente la imagen de aquella mujer luminosa que la envolvía en elogios para luego arrancarle, sin tapujos, en menos de un suspiro, parte de sus ilusiones. No la quería en sus sueños. Menos aún durante el día. No la quería.
De nada le importaba que la hubiera tratado como a una hija o como a una madre o como a una hermana. Estaba dispuesta a negarle la entrada a su mente.
Lo más sencillo hubiera sido cerrar los ojos y dejarse llevar por los aromas húmedos que el jardín le arrojaba. O lanzarse sobre la computadora en busca de alguna tarea mecánica. Pero su mente no quería apartarse del fantasma que durante la noche la había visitado en sueños.
Arrebatada tomó el teléfono y marcó sin pensarlo. Escuchó la voz -que no parecía para nada provenir del más allá- decirle hola. Pensó en colgar pero ya no tuvo tiempo. Sólo tenía que decir lo que había tenido en su cabeza todo el tiempo. “No te quiero en mis sueños y menos aún en mis mañanas. No te quiero”.
Sin embargo sintió que sus labios la traicionaron con un “te quiero”. Los hombros se le aflojaron y el sollozo la tomó por sorpresa. El fantasma tomaba forma y hablaba: “Tranquila hermana. Llorá tranquila. Ya tendremos tiempo para hablar”.

domingo, 10 de octubre de 2010

Sólo un pensamiento

Me sorprende notar cuántas mujeres que conozco se ven iguales con el paso de los años. Pero no hablo del aspecto físico, ya que eso, hoy en día, es bastante fácil de mantener si se cuenta con algún dinerillo y tiempo. Lo que noto es que piensan igual, hablan igual y actúan igual que hace décadas. Y comienzo a preguntarme por qué le presto atención a eso. Entonces, encuentro el punto. Ellas están iguales, sólo que yo he cambiado.

jueves, 19 de agosto de 2010

Sumergida

Despertó con la sensación de haber estado sumergida en agua tibia. Cómoda. Sin notar el paso del tiempo. Pero un impulso la obligó a incorporarse y a ponerse en movimiento.

Habían pasado diez horas desde que se recostó sólo pensando en descansar las piernas. La noche la tomó por sorpresa y sus invitados no tardarían más de dos horas en tocar a su puerta.

No iba a ponerse a pensar por qué había dormido tanto. Cuando eso le pasaba recordaba lo que le había dicho su psiquiatra (al que luego apreció como a un amigo, de esos a los que se ven poco pero se atesoran mucho), "cuando el cuerpo habla hay que hacerle caso".

Pensó en llamar a los cinco futuros comensales y suspender la cena. Empezó a recorrer la casa sin rumbo, sin saber qué decisión tomar o por dónde empezar. Hacía tiempo que no veía a sus amigos y sintió que estaba a punto de echar a perder lo que planeaban que fuera una excelente velada. Sintió un ardor casi agrio que la recorría desde la nuca hasta la cintura.

No podía llamarlos. No quería quedar mal. Jamás les había fallado y sentía que si lo hacía se ganaría la incomprensión de cada integrante de ese grupo al que había logrado pertenecer, a duras penas, desde hacía cinco años.

Sentía que sería juzgada, criticada y hasta abandonada. La desesperación comenzaba a atraparla. Tal como lo hacía cada vez que sus temores ocultos se asomaban. Tomó el teléfono para hablar con su terapeuta antes de entrar en crisis. El contestador automático respondía con la siguiente frase: “Cuando el cuerpo habla hay que hacerle caso. Por eso hoy, espero me disculpen, no atenderé durante unas horas”.

Entonces decidió sumergirse en agua tibia. Cómoda. Sin pensar en el paso del tiempo. Tal vez eso la relajaría. Pero algo la obligó a incorporarse y a ponerse en movimiento. Los golpes en la puerta de entrada eran tan fuertes que podrían haberla derribado. Envolviéndose en la bata de baño trató de llegar lo más rápido posible. Se asomó por la mirilla y vio lo inevitable: habían llegado, con sonrisas rebosantes y demasiada algarabía. Mientras tomaba las llaves pensó en acurrucarse detrás de la puerta, sin respirar, hasta que se fueran. Pero pensó que seguro insistirán. Llamarían a algún vecino. Harían sonar el teléfono.

Giró la llave dentro de la cerradura. Dos veces. Con decisión. Los miró sin verlos y soltó ya sin temores: “Me he quedado sumergida en el agua tibia, sin notar el paso del tiempo. Tenemos dos opciones: delivery o el bar de la esquina”. Casi al unísono, soltaron “delivery” como respuesta.

Dejó a sus amigos a cargo del pedido. Entró a su habitación arrojando la bata en un rincón, de la misma forma en que había arrojado minutos antes el traje de todopoderosa. Nunca se había sentido tan relajada. Ni siquiera cuando estuvo sumergida en agua tibia.

sábado, 5 de junio de 2010

La niña de las sandalias rojas

Rita cerró los ojos tratando de concentrarse. Sólo necesitaba un segundo para acomodar sus pensamientos. Ya le había sucedido antes. La mente quedaba en blanco y no recordaba hacía dónde se dirigía.
Tenía una técnica que la ayudaba a salir del nubarrón. El primer paso era volver al punto de partida. Recorrer nuevamente el camino. El segundo, que usaba sólo si fallaba el previo, era bajar sus párpados y respirar profundo. Dejarse llevar.
Esa mañana, sin resultados inmediatos, pasó a la fase dos. En medio de la silenciosa oscuridad ocular, apareció la imagen de una niñita atractiva, llamativa. Enfocó mejor y percibió los colores. El verde manzana predominaba en la falda larga y acampanada, atravesada por tres franjas negras horizontales, adornadas con rombos bordados en terracota.
El blanco de la blusa contrastaba con los tostados hombros descubiertos, sobre los que descansaban -como resortes a punto de saltar- los prolijos bucles negros. Rita posó un instante su mente en los ojos marrones de la niña, sabiendo que una tropical y anaranjada flor la atraparía.
La imagen estaba tan clara en su mente, que Rita no necesitó volver a recorrerla para asegurarse de que la pequeña estaba usando sandalias rojas. Supo a quién estaba viendo y hacia dónde apuntaba ese recuerdo.
Inspiró y exhaló con fuerza antes de abrir los ojos. Cuando lo hizo estuvo segura de que en su diminuto viaje hacia la calma, el pasado le recordó lo que buscaba. Un poco de libertad infantil atesorada, antes de salir a la jungla urbana que la teñía de gris.

sábado, 15 de mayo de 2010

La oscuridad de Clara

“Todo lo que no me mata me hace más fuerte” era la frase que solía repetir Clara cada vez que repasaba su rutinaria lista de lamentos. Y hasta le sonaba creíble cuando podía sentir cómo sus labios dibujaban la sonrisa tras la que ocultaba sus quejas, a veces pequeñas, otras inmensas.
Nadie podría haber pensado, jamás, lo aturdida que estaba. Lo cansada que se sentía y lo lejos que se encontraba de apoderarse de la fortaleza soñada. Nadie hubiera sospechado que detrás de su agilidad la taquicardia la roía. Menos aun, que el insomnio le arrebataba sus sueños.
Hasta que sus uñas comenzaron a quebrarse. Su pelo a debilitarse. Sus ojeras a marcarse. Sus piernas a aflojarse y su cabeza a afiebrarse. Entonces las quejas fueron ajenas. Clara ya no respondía como antes. Ya no rendía. Ya no reía. Su personaje de heroína perdía poderes y la dejaba al descubierto.
La frase que tantas veces había dicho ya no le servía. Había perdido la confianza en sí misma y estaba a punto de declararse vencida, incomprendida, insana. El plato de lo malo superaba el peso de lo bueno en la balanza. Sintió que era el momento de buscar atajos, salidas, opciones o, simplemente, el de sentir el peso de la guillotina sobre su espíritu aguerrido.
Tomó una decisión. Recostándose en el sillón del médico psiquiatra dijo: “he venido para recuperar mi frase de cabecera”.

sábado, 10 de abril de 2010

El manzano desde la ventana

María Inés miraba por la ventana el árbol fuerte de tronco grisáceo y ramas retorcidas. Se preguntaba qué tan grandes serían sus raíces; cuántos frutos se habrían alimentado gracias a ellas; o quiénes podrían haber saboreado sus verdes manzanas.
Nada le atraía más que asomarse a contemplarlo por las mañanas. No podía ver otra cosa. Su mirada se fijaba sólo en el añoso manzano, como si alguna fuerza extraña la obligara a observarlo.
Trataba de adivinar cuántos niños habrían jugado bajo su sombra. Cuántas historias de amor habría cobijado. Y cuántas tormentas soportado.
El color de sus hojas en otoño le recordaba aquel que alguna vez había tenido su cabello. Y cuando la primavera volvía a vestirlo con flores era capaz de percibir la savia recorriendo cada uno de sus brazos, como alguna vez ella había sentido correr, alborotada, la sangre por sus venas. María Inés admiraba la vida a través de ese árbol. Creaba historias. Hasta había sido capaz de dibujar en su mente al hombre que cavó la tierra para plantarlo. Le otorgaba la imagen de aquel novio al que dejó por pensar que no le daría una buena vida. Podía inventar, las veces que quisiera, grandiosas reuniones familiares con los hijos que nunca quiso tener. Todos gritando y saltando, tratando de alcanzar la gruesa soga que, anudada en la rama más recta, rodeaba la tabla de madera convertida en hamaca.
Y María Inés sabía que ya no tendría tiempo de ver el bosque. Sólo el manzano, desde la ventana del geriátrico, le daba la vida que nunca había querido tener.

sábado, 20 de febrero de 2010

Noches de insomnio

El insomnio de Nancy se estaba transformando en el peor de sus hábitos. Y lo notó la noche que había dejado el libro sobre la cama, tras hacer un doblez en la página 233, para ir, descalza, directo hacia la heladera, en busca de lo que fuera.
El frío que sintió al abrir la puerta la hizo cambiar de opinión. “Un café me vendría mejor”, pensó. Pero el motor de un auto y el crujir de una reja la habían alejado de la cocina.
En puntas de pie, caminó por toda la casa imaginando que algo estaba por suceder. Intentó espiar por la ventana. Dio un salto hacia atrás cuando sintió las voces borrachas peleando en la calle.
A la falta de sueño se había sumado el miedo. “Algo está pasando allá afuera”, fue la primera frase que retumbó en su mente. Comenzó a apagar las luces. La sensación de hambre parecía haber quedado perdida en el tiempo.
Un golpe seco contra las tejas del techo hizo que se abalanzara sobre la mesa de hierro donde había quedado apoyado el teléfono. Lo tomó y marcó el 911 sin darle ingreso a la llamada. Esperó. Sólo apretaría el botón cuando estuviera segura.
Se acercó a la puerta otra vez y asomó el ojo derecho por la mirilla. Pegó un alarido cuando sintió el estridente sonido del inalámbrico y la luz de alerta entre sus manos, al mismo tiempo que dejaba caer el aparato al piso.
A las cuatro de la mañana un llamado equivocado, de una romántica equivocada, la había dejado ahogada. A esa hora, hasta el canto de los grillos conspiraba contra el peso de sus párpados.
Asustada, agitada, angustiada, volvió a la cama. Miró a su marido dormir plácidamente. Volvió a sentir el golpe sobre las tejas. Aterrada lo despertó sacudiéndolo. “¡Algo pasa, escuchá! ¡Alguien anda por los techos!
Una mano le rozó la cara y abrió los ojos pensando que el aire se acababa. “Tranquila dormilona. Es hora de levantarse”. La voz de su esposo le anunciaba un buen día después de una larga noche, en la que el insomnio de Nancy se había escondido en la página 233, para transformarse en su peor pesadilla.

jueves, 28 de enero de 2010

La mariposa celeste

Temía convertirse en una imagen de la Sara bíblica si miraba hacia atrás en busca de alguna respuesta. Pero, a la vez, quería adquirir una poción mágica que le diera la dureza suficiente para enfrentar un futuro en el que se veía acorralada.
No se animaba a dar ni un solo paso. Ni siquiera a mirar hacia un costado. El olor, pesado e indefinido, la perturbaba y llevaba hacia alguna cueva. Extendiendo los brazos trataba de abrirse camino con las manos, ciega, sorda y muda.
El laberinto se desdibujaba en su cabeza, cuando un golpe suave sobre su pecho la sacó del letargo. Sacudió algo con sus manos sin saber qué era. Y miró. Creyó sentir, en el medio del silencio, el esfuerzo de unas alas surcando el calor intenso. Bajó sus párpados para evitar el furioso haz de luz que se colaba entre las hojas del Olmo. Volvió a mirar pensando que alucinaba. Las había visto anaranjadas, amarillas, blancas, pero jamás celestes.
En un simple parpadeo la perdió. Se movió hacia un lado y hacia el otro. Giró 180 grados. Inclinó la cabeza hacia arriba a la izquierda. Luego a la derecha. Ya no estaba. Se había alejado, pero no sin antes haberla sacado del pánico carcelario que la tenía encerrada entre dos baldosas. Sin un movimiento. Sin nada.
Hoy mientras esconde una cana, entre su cabello oscuro, con sus manos manchadas por el paso del tiempo, siente la llegada de un derrumbe. La quietud revuelve en el pasado y con una firmeza insospechada su mente le devuelve la imagen de la mariposa celeste, aquella que con su corta vida le dio a ella una diferente.

jueves, 7 de enero de 2010

Ella y el hombrecito del saco a cuadros

Más de veinte eran las mujeres que trataban de escapar del hombrecito de saco a cuadros, cada vez que lo veían circular por la oficina. Y lo consideraban pequeño, aunque su estatura mostrara lo contrario. Lo percibían diminuto de mente y hasta un poco enfermo, y no precisamente porque su cuerpo lo indicara, sino más bien porque su mente lo demostraba.

A algunas les producía un rechazo inmediato. A otras temor. Ninguna se animaba a enfrentarlo cada vez que alguna de sus frases las ruborizaba. Parecía tener un don especial para paralizarlas. Ellas sólo podían quejarse en voz baja. O simplemente compartir, a escondidas, los bochornos a las que él las sometía.

No importaba la edad ni el aspecto que tuvieran. A veces, el acecho era diario. Otras se tomaba su tiempo y esperaba alguna ocasión especial para salpicarlas con su hablar libidinoso. Hasta que una de ellas decidió enfrentarlo. Juntó pruebas. Fue hasta la oficina del jefe de personal y las dejó caer sobre el escritorio. Sólo recibió como respuesta una sonrisa sarcástica. No había logrado que le prestaran atención y menos aún que el hombrecito del saco a cuadros dejara de devorarla con la mirada.

Y como si alguna fuerza extraña lo envalentonara o lo nutriera de algún poder especial, él se hacía más presente. Ella sentía sus pasos con mayor frecuencia. Si iba por un café a la cocina del edificio, ahí estaba él para acercarle la taza. Si tomaba el ascensor, le abría la puerta. Si buscaba un viejo tomo en la biblioteca, aparecía para sostenerle la escalera. Y ella volvía a quejarse en voz baja. Pero ya era la única que lo hacía. Volvió a juntar coraje y arremetió en la oficina de personal. Pidió ayuda. Sólo recibió a cambio un "no sea perseguida".

Entonces, ella, sentía que su energía se consumía. Su humor ya no era el mismo. Sus sueños tampoco. En pocos meses se vio envuelta en miedo. Le costaba salir de su casa para ir al trabajo. Sus defensas estaban tan bajas que se enfermaba cada diez días. Mientras tanto, el hombrecito del saco a cuadros la seguía de cerca. Ya no soportaba no soportarlo.

Buscó ayuda una vez más, pero esta vez en un edificio cercano. La placa del médico psiquiatra le daba la bienvenida y con ella una licencia por varios meses. Pero el hombrecito seguía apareciendo. Una llamada o un papel con otra frase lujuriosa por debajo de su puerta. Y ella ya ni podía quejarse en voz baja. El pánico la empujaba hacia su cuarto.

Con la licencia psiquiátrica vencida y sin dar aviso a nadie, ella ya no salía. El timbre logró sobresaltarla. Asustada, pensando que el hombrecito había sido capaz de seguirla con su acoso hasta su cueva, se asomó por la mirilla. El alivio llegó al ver la gorra del cartero. El final con el telegrama de despido.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Extrañas creencias

Su marido siempre le dijo que las personas supersticiosas son ignorantes e incultas. Por eso, le daba un poco de pudor admitir cierto temor ante determinados hechos.
Consciente de ello, sintió escalosfríos al ver cómo una mujer, sentada en el cordón de la vereda en medio de la noche, acariciaba un gato negro. No podía evitarlo; y creía tener una razón.
Dos días antes, el animal había aparecido en la puerta de su casa. Había saltado la reja e intentado trepar por sus piernas, seguramente en busca de arrumacos. Su resistencia había sido notoria, a tal punto que había generado risa en los transeúntes.
Dando saltos, como si estuviera pisando brasas, había alzado a su hijo, e impedido por todos los medios que el minino los alcanzara. Después de una decena de contorsiones, había logrado entrar a su casa.
Abrió la ventana para curiosear y sintió como las patas delanteras del gato golpeaban contra el vidrio. Entonces, puso a su perro en el lugar como si se tratara de un custodio contra el mal. Al menos así evitaría tener a "ese bicho" cerca o lo que creía peor aún, dentro de su hogar.
Recordó las palabras de su marido y se sintió ridícula, y hasta ignorante e inculta. Sacudió la cabeza como queriendo ahuyentar los pensamientos y se propuso olvidar lo sucedido. Pero, una hora más tarde llegaba una intimación de pago por una boleta olvidada en un cajón. Luego, una botella de agua se desparramaba dentro de la heladera, mojando absolutamente todo. Las lamparitas de la casa se quemaban en un santiamén; su amiga se quedaba sin trabajo; la plancha hacía chispas y tiraba humo, y la línea telefónica quedaba muerta.
No podía creerlo. La mala suerte la acechaba. Entonces volvió a pensar en el gato y una vez más se sintió ridícula, ignorante e inculta.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Decidió dejarlo

Lo meditó concienzudamente. Tomó la decisión. Ya no quería depender de él. No quería sentirse sometida. Estaba convencida de que era lo mejor. Se miró al espejo y sintió estar segura de que ya no lo necesitaba.
Al fin y al cabo no le traía más que desventajas. “No hay vuelta atrás”, dijo.
Pasó varias horas convenciéndose de que lo lograría. Ocupó su mente en otras cosas. También sus manos. Pero al caer la noche, empezó a extrañarlo. Encendió el fósforo, prendió el cigarrillo y sintió la derrota. El humo se llevaba su fuerza de voluntad. Y el paquete vacío le devolvía la esperanza.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La niña que buscaba

Desconocida. Nos seguía los pasos. Verborrágica agitaba sus brazos, sus manos, su cabeza. Sin parar, exclamaba. Se hacía notar frente a nosotros; un niño, una mujer y un hombre extraños. La veía, tan pequeña, desesperada, y me preguntaba qué le faltaba. De qué estaba necesitada.
¿Sería igual que su madre a la hora de parlotear? ¿Extrañaba la presencia de su padre? ¿Dónde estaban ellos en ese momento? ¿Por qué nos llamaba tanto la atención? ¿Por qué quería que escucháramos lo que decía? No podía dejar de mirarla. Y, luego, de pensarla.
Hasta que una voz retumbó en mi cabeza: “es sólo una niña entusiasmada”. Ahí pensé que estaba haciendo un mar de una gota de agua, mientras creaba la historia de una niña que algo buscaba. Tal vez, nada. O quizás, todo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Todo tiene un final. Todo termina.

Esa tarde, nada estaba saliendo como ella lo había pensado. Y la furia comenzaba un largo, pero definido camino por sus venas. Estaba dispuesta a llegar a la meta. Ella, convencida de que se lo impediría, buscaba alternativas.
Pero el trabajo se le hacía pesado. Error tras error, trató de calmarse. Decidió escuchar un poco de música en la radio. Las malas noticias voltearon su idea y comenzó a mover el dial como si no hubiera más tiempo. El fin de su mundo perfecto se avecinaba. Estaba a punto de estallar.
No pudo decidirse por ninguno de los discos que tenía a mano. Entonces, como si la salvación en carne viva la guiara, volteó hacia la biblioteca. Todo o casi ya le resultaba conocido. Pero estaba dispuesta a vencer. La ira no podría devorársela.
Comenzó a sentirse mejor cuando las solapas de los libros la llevaban a lugares lejanos, algunos claros, otros oscuros. Recordó lo placentero que le había resultado seguir los pasos de Raskolnikof y pensó volver a hacerlo. Pero tenía la historia tan fresca, que se arrepintió y prefirió tomar el ejemplar que estaba al lado.
Así, volvió a sentarse con Kundera. Ya sus palpitaciones desaparecían. Y quizás comenzaba a sentir la levedad, a tal punto que fue por sus anteojos. Estaba decidida a releer. Y mientras lo hacía pensaba que ya era hora de visitar alguna librería. Hacía tiempo que no compraba nada. Y tenía lecturas pendientes.
Con la sensación de un tiempo detenido, había olvidado la ira por completo y se había hundido en el sillón. Ya casi no sentía su respiración. Hasta que llegó a la página 55. Ahí estaba Kundera derrumbando su necesidad de asombro y logrando que la ira retomara la partida. Le estaba poniendo ante sus ojos el final de Ana Karenina. Había roto su deseo de algún día descubrir una a una las palabras unidas por Tolstoi.
Arrojó el libro sobre la mesa. Se descubrió con bronca. ¿Por qué le estaba pasando esto a ella?
A punto de comenzar a sentirse víctima, se dio cuenta de que estaba releyendo un libro. Había vuelto a empezar. Entonces, olvidó la ira, las carreras, los avatares y siguió hasta la página 92, como si nada hubiera sucedido.

lunes, 19 de octubre de 2009

Nacimientos

Hubo un tiempo en el que había perdido el sentido del humor. Lo encontró en un caja en el desván. Contenía fotos que la mostraban desde bebé hasta la adolescencia. El primer recuerdo la abordó como un soplido del subconsciente. Ahí comenzaba la historia.
Forrada en papel rosa con muñequitas de frondosos vestidos y mejillas ruborizadas, esa caja no había sido pensada para ella. Como tampoco la ropa que prolijamente acomodada había llevado dentro.
Antes de nacer ya tenía nombre y era de varón. La batita que le pondrían cuando saliera del vientre de su madre era celeste. Entonces, cuando la luz roja indicó el nacimiento, nadie corrió hacia la puerta de la sala de parto.
Mientras el médico sostenía a una niña que había forcejeado contra un cordón umbilical que la apresaba tan fuerte como podía, en la habitación contigua un grito desgarrador le daba la bienvenida al pequeño dueño de la caja rosada, con batas bordadas en carmín y escarpines rosas. Lo llamaron Adrián.
La decisión más rápida fue intercambiar las cajas. Y por eso ella tenía la de las muñecas rozagantes. Para todos, no fue más que una anécdota. Para ella fue una marca.
Le dieron el nombre que le hubiese gustado tener. Le dieron todo. Pero algo le faltaba. Y buscando el humor que había perdido, entendió que había dejado atrás a la mujer que no esperaban.
Había pasado gran parte de su vida tratando de ser lo que no fue. Se esforzó con rudeza por obtener los puestos más altos. Se arremangó camisas como cualquiera de sus colegas varones. Trabajó hasta altas horas de la noche sin más objetivos. La competencia hombre a hombre la desgastaba, pues ella era una mujer. Cuando tuvo la caja en sus manos lo recordó. Rió a carcajadas. Se sacudió el polvo guardado durante años. Se pintó los labios de rubí. Alisó su pelo. Y volvió a reír.

viernes, 9 de octubre de 2009

La gerbera invadiendo el gris

Desde lejos podía vérselo. Traje gris. Antejos. Maletín en mano. Caminaba acelerado, arrojando palabras a borbotones al igual que el otro hombre que iba a su lado, al mismo ritmo y con una imagen similar.
Pero, también, desde lejos, podía notare algo que los diferenciaba, él llevaba una flor -envuelta en celofán- en su mano izquierda, casi inmóvil, como si temiera deshojarla.
El rojo fuerte de los pétalos invadía la monotonía de los atuendos. Era como si la gerbera hubiera escapado de una selva tropical, para meterse en el bloque citadino persiguiendo ser cómplice de algún destino.
Ese medio día caluroso la “margarita gigante” se estaba acercando a alguien. ¿Quién sería? ¿Por qué la recibiría? ¿Una ocasión especial? ¿Un detalle? ¿Iría en busca de un te quiero, un simple gracias o un perdón? Sólo ellos lo sabían. Sin embargo, algo quedaba claro: había sido elegida para formar parte de una historia, que quedaba a la vista de todos sin profundidad, sin relatos, sin espías. Sólo permitía imaginar que detrás de la imagen había una mujer.
Ya a solas, él entró a un edificio. Abrió la puerta del departamento y dejó el maletín apoyado en un sillón. Fue a la cocina y puso a la gerbera sobre la mesa. Sacó la comida congelada. Le dio un golpe de microondas y se sentó a almorzar. El, la flor y el Zonda intruso colándose por la juntas de las ventanas. Quién sabe dónde quedó "ella".

sábado, 3 de octubre de 2009

Ella, la errante

Ella, ante la adversidad sabe que tiene dos opciones. O se hunde y se revuelca con los dementores o brota desde su semilla en una explosión rejuvenecedora. Aún no ha decidido.
Ella conoce los polos. Sabe cuántas veces ha podido llenar el vaso medio vacío. Pero también sabe qué pasa cuando rebosa de lleno.
Ella todavía no sabe si se dejará vencer o si afilará sus uñas y sostendrá la daga entre los dientes para defenderse de los fantasmas inesperados.
Ella sabe que hay opciones. Hacia arriba o hacia abajo, pasando por los grises y mirando a los costados. Pero aún ni su mente ni su cuerpo deciden.
Ella siente los tirones. Se agota antes de vivir los cambios. Proyecta. Se diluye. Se levanta por inercia. Se aturde. Se despeja. Se encierra. Se abre. Se confunde. Se aclara. Se esconde y reaparece. Pero está segura de algo: esa es su vida y tiene que vivirla.

(Dedicado a todas las Ella que necesitan encontrar su lugar)

viernes, 2 de octubre de 2009

La última cena

Su ex marido la había llamado varias veces por teléfono. No tuvo la suerte de encontrarla y ella pensó que era desafortunada por no haber estado para contestar. Juntó coraje y lo llamó. Finalmente escuchó lo que había estado esperando por mucho tiempo: “Me gustaría invitarte a cenar”.
Puso peros, excusas, giró entre uno y otro pensamiento, tratando de que él no se diera cuenta de lo desesperada que estaba por concretar el encuentro. Finalmente aceptó.
Llamó a su mejor amiga. Pidió consejos. Se sumergió en la bañera repleta de espuma. Recogió su cabello. Luego lo soltó. Dibujo con maquillaje su rostro como no lo había hecho en mucho tiempo.
Hurgó en su placard una y otra vez. Dudó. El vestido negro. La falda corta con camisa blanca. Un jean y una remera ajustada. Eligió algo elegante. Se montó en sus tacos agujas. Roció unas gotas de perfume sobre su cuello. Sonrió frente al espejo. Y salió en busca de un taxi. Su ansiedad no le permitiría manejar.
Revisó una y otra vez su cartera. Necesitaba estar segura de que todo lo que le haría falta para una noche anhelada estaba en su lugar.
Cuando llegó al restaurante, él la esperaba. Tranquilo. Ni un rastro de tensión en su rostro. Ella sintió que sería la noche perfecta.
La recibió cortésmente. Le ofreció una copa. No esperó a pedir la cena para hablar. “Mirá quise que nos juntáramos para charlar algunas cosas y resolver otras”. La ilusión la inundaba. Empezaba a sentir que él había recapacitado.
Sorbió de la copa de vino con una mezcla de excitación y nerviosismo. Respiró profundo. Lo miró con impaciencia y esperó las próximas palabras. El sin pausa las lanzó. “Necesito que hablemos con los niños. He decidido casarme con Paula y creo que es conveniente que quedemos de acuerdo en cómo explicárselos”.
Con la última palabra, todo había terminado y todo había vuelto a empezar.

viernes, 28 de agosto de 2009

Me estoy convirtiendo en...

Me sorprendo a mi misma diciéndole a una amiga: nada es porque sí, y toda experiencia suma, nunca resta. Entonces mi mente hace clic y comienza el autoanálisis. ¿Si no resta, por qué a veces tardo tanto en digerir ciertas cosas? Tal vez para llegar a la frase dicha. ¡Por Dios –pensé-, (aunque lo tenga presente sólo en situaciones desesperantes, en las que ruego que exista), me estoy convirtiendo en... en... Y no encontré la palabra. Entonces, pensé si alguien podría ayudarme a hacerlo.
La primera intención fue agarrar el teléfono y llamar al hombre con quien comparto mi vida hace casi siete años. Con unos cuantos de convivencia, seguro me ayudaría a descifrar en qué me estoy convirtiendo. En todo este tiempo ha notado, aceptado, rechazado, celebrado, disfrutado o registrado los cambios.
Estiré la mano y me detuve. Y si lo llamo y no me gusta la respuesta. Y si me lleva a lo que estoy pensando de mí misma en este preciso instante. Si apunta a: en una mujer madura que está en edad de sentir que puede dar consejos porque todo un... bla, bla, bla, bla. O lo que es peor, en una sabionda criticona que necesita dar consejos para no escuchar los que ella misma precisa. O en el mejor de los casos: en un ser filantrópico.
¡Oh my God, necesito un analista! Me levanté atropellándome la vida y pasado el mediodía, después de un mensaje cálido a una amiga, soy una mezcla de Osho practicando yoga con Nacha Guevara leyendo a Cohelo.
Tomé coraje y marqué. Que afortunada fui. Nadie respondió. Entonces volví a tener la certeza de que sólo dije la frase porque para mí es real. Nada más relajante que relajarse.

martes, 25 de agosto de 2009

¿Quién es esa chica?

Era el último mes de cursado del último año en la Universidad, que por cierto nunca terminé. Bajaba las escaleras pensando en que no llegaría a buscar unos apuntes a la fotocopiadora, cuando un amigo de la adolescencia tropezó conmigo. No le pegunté qué hacía allí. No era su lugar habitual. Tampoco me dio tiempo. A segundos del saludo lanzó la pregunta: ¿Quién es esa chica? Recuerdo que me reí, por dos motivos. Uno: estaba lleno de chicas. Y dos: el flaco estaba a punto de casarse con una mujer más que linda e interesante.
Cuando me la señaló, descubrí que había puesto sus ojos en alguien a quien efectivamente yo conocía. Entonces develé su incógnita. "Dale, dale, presentámela". En lugar de hacerlo, me transformé en la jueza del caso. Cómo iba a hacer algo así, si él estaba a punto de pisar el altar. Si la mujer a la que miraba estaba casada. Si conocía a sus respetivas parejas.
Busqué diez mil formas de negarme. Y lo hice. Pero quién era yo para impedir la concreción de un deseo.
De no verlo en años, pasé a cruzármelo a diario y siempre con el "dale, dale...". Después de varias cansadoras jornadas, con aquel amigo torturándome el oído, opté por dejar de ser la idiota que pensaba en consecuencias y verdades. Simplemente, sin emitir sentimientos ni pensamientos, decidí dar mi sentencia: "Arreglátelas vos". Estaba más que claro, ¿quién era yo para impedir o cumplir un deseo?

viernes, 17 de julio de 2009

La soledad abandonada

“No tengo suerte. Siempre me pasa lo mismo. Estoy cansada de que desaparezcan”. Soledad repetía estas frases cada vez que decía la habían abandonado. Hasta pensaba que su nombre tenía algo que ver con su destino.
Así cada vez que rompía una relación tenía dos formas de reaccionar. Una de ellas era transformarse en la víctima indiscutida de la situación. Y otra, salir en busca de aires nuevos.
Pero en ambas, volvía a enroscarse en el significado de su nombre. Y nuevamente se encontraba abandonada.
Ella no podía entender porqué la dejaban. Todo marchaba bien, hasta que los llamados se cortaban. Los encuentros se alejaban. Y las palabras no llegaban. Soledad se sentía tan sola que desesperaba. Y junto con esa sensación asfixiaba, acorralaba y disgustaba.
El día que decidió darse por vencida, cambió de idea. Hurgó en sus recuerdos, en sus sueños, en sus miedos. Y, justo allí, encontró la respuesta a su pregunta. Quería estar sola y a veces acompañada.