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viernes, 11 de diciembre de 2009

Madre hay una sola...

Cuando Silvia quedó embarazada provocó un gran revuelo familiar. Siempre había dicho que no tendría hijos y el porqué de esa decisión era algo que planteaba muy claramente: “No me gustan los niños. Te quitan la vida”.
Cerca de cumplir los 30 años, convertida en una buena profesional y sin una pareja estable, Silvia anunciaba la llegada de un bebé. Y mientras su familia y amistades insistían en saber quién era el padre y cómo seguiría la historia, ella se mantenía firme en su postura. “Lo tendré. Pero no lo quiero. Y jamás sabrán de quién es”. Todos pensaban que esas palabras cambiarían. Tenían la ilusión de que así fuera.
Silvia se cuidó. No faltó a los controles médicos. Ni a las clases de pre parto. Compró el ajuar y esperó el momento sin ansiedad.
Cuando la niña nació, Silvia llamó a su madre y con rudeza, mirándola a los ojos, le dijo: "Tomá, tu nieta ahora es tu hija. Ponele un nombre e iniciá los trámites de tenencia".
Macarena hoy tiene diez años. Vive con sus abuelos. Su madre, la que le dio la vida, la visita un domingo por mes. La niña la recibe con un beso obligado y desaparece en silencio cuando cree que nadie lo nota. Pero antes de hacerlo, le ruega a su abuela que averigüe, que pregunte, que la ayude, porque aún no conoce el nombre de su padre.

viernes, 16 de octubre de 2009

Algunas frases que me han dicho desde que soy madre

Una pequeña lista de las que recuerdo. Dejé de lado las que a veces te gritan en la calle aunque vayas con tu hijo en brazos. Seguramente ustedes tienen muchas más.
-Los niños vienen con un pan debajo del brazo. Aún no he visto el pan. Pero sí muchos pañales, mamaderas, manchas en la pared y mucho desorden.
-Los niños no vienen con un manual. Totalmente cierta.
-Estás igual. Falsa, nunca estás igual después de ser madre.
-Ya recuperaste tu peso. Verdadera. Pero que fea suena.
-Esto recién empieza. Verdadera. Así es la vida.
-Sacalo rápido de tu habitación. Esa fue buena. Pero nunca pude dejar de levantarme varias veces a verlo.
-No hay nada más lindo que dormir con tu hijo. Pero no mencionaron las patadas, las babas y los tirones de pelo.
-No vas a poder dejar de mirarlo. Verdadera. Una nunca se cansa.
-Dejalo que llore. No lo alces. No he hecho caso a esta frase.
-Tenés que curarle el empacho. Y... a veces terminamos buscando a la señora que lo hace.
-No lo peles. Por algo nacen con pelo. Y terminamos pelándolo.
-Si ves a una madre enojada tironeando de un niño en la calle, seguro tiene entre dos o tres años. Verdadera, eso es porque no traen un manual cuando nacen.
-Tenés que volver a trabajar rápido o te consumen. Prefiero que me consuma mi hijo antes que un jefe malhumorado.
-Ah pero mi hijo esto o lo otro. Y sí, así somos las madres.
-No puedo creer que seas madre. A veces yo tampoco.
-Haceme caso, yo sé por qué te lo digo. A veces es verdadera y otras falsa. Las mamás tampoco venimos con manual.
-Preparate para volver a hacer la escuela primaria. Veremos cuando llegue el momento.
-Disfrutalo ahora porque en unos años más ni le ves la cara. Parece tan verdadera como la vida misma.
-Hijos chicos probremas chicos. Hijos grandes problemas grandes. ¿Será así?
-¿Y para cuando el hermanito? Es la frase más trillada de todas. Esa que te da ganas de contestar y a vos qué te importa.
Y la última: Feliz día mamá.

La mujer de los ojos claros.

Veo a la mujer de los ojos claros casi a diario. Siempre cruzamos algunas palabras. Y no faltan las anécdotas. En muchas oportunidades terminamos hablando de los hijos. Cómo son. Cuánto nos preocupan. Cuánto nos alegran. Cosas de madres. Cosas de mujeres. A veces profundas. A veces superfluas.
En algunos puntos nos reflejamos. En otros nos reímos de nosotras mismas. Sabe entender cuando algo me cuesta o cuando no sé qué o cómo hacer. Y, con el tiempo, le fui encontrando la explicación a ello. Tiene tres hijos. Por eso conoce pasos y senderos que aún no descubro o transito en el rol de madre.
Un día no pude esconder el cansancio durante la conversación. Mi pequeño me había dado una buena batalla para empezar la mañana. Ella lo había notado y con mínimos gestos me alimentaba el ánimo. Una vez más, me entendía.
Un día le pregunté qué edad tenían sus hijos. Me sorprendió cuando dijo que los tres tenían la misma. Trillizos. Desde ese momento la vi de otra manera. No hacía falta explicarle de berrinches, agotamiento, emociones, felicidad, deseos, sueños, ternura, enojos o decisiones. Ni sobre el tiempo que no alcanza o el dinero que no sobra. Obviamente, nada le era ajeno.
Ese día, ella se dejó ver mujer, madre y esposa. Trabajando. Viviendo. Buscando. Ese día dejé de ser el centro de la escena y comencé a entenderla a ella.

jueves, 15 de octubre de 2009

La fuerza de una madre

Ale estuvo a punto de morir en su último parto. Y cuando digo morir no es una metáfora. Todo se complicó. La conocí en la Patagonia, lugar que como ya he dicho fue mi hogar por varios años.
Una madrugada, cerca de las cuatro, sonó el teléfono. Sabía que esa llamada no anunciaría nada bueno.
“La flaca está mal. Se complicó todo”. En ese momento, mi corazón empezó a latir más rápido que de costumbre. Salté de la cama. No sabía hacia dónde caminar. Fui a la habitación de mi hijo y simplemente lo miré.
Me senté junto a él un instante y recordé a "la flaca" tan activa como un volcán guiando a sus tres criaturas; sonriente a pesar de los avatares, luchadora, emprendedora. Y pedí a la vida que la cuidara y a la muerte que la dejara en paz.
Creo que fuimos muchos los que deseamos el milagro. Muchos los que estuvimos presentes aunque estuviéramos ausentes.
Después de varios días de incertidumbre y desesperación, despertó. Miró a su marido y preguntó por su beba y sus otros tres chicos. Hubo lágrimas. Esfuerzo. Solidaridad. Y mucho más que eso. Ale volvió a demostrar que la fuerza de una madre no puede compararse con nada.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Mi hija es una traidora

Tere es contadora. Su esposo arquitecto. Su hijo siguió los pasos de su padre y su hija está a punto de recibirse de abogada. La familia perfecta. Al menos ella así la veía.
De lunes a viernes actividades programadas. Horarios establecidos. Todos bajo un mismo techo. Los sábados por la mañana al club. Al medio día un almuerzo familiar; y por la tarde y noche cada cual atiende su juego.
El domingo, a misa. Siempre fue así. Y Tere estaba segura de que lo seguiría siendo. Como lo había sido desde que sus tatarabuelos llegaron de España.
Hasta que un día su nena mimada, quien ya cargaba con veintitantos, le contó que había conocido a alguien. Que estaba fascinada. Y que creía haber encontrado en él a su compañero ideal.
Pues al parecer se sumaría alguien más a la familia. Tenían que verle la cara. La facha como dicen los tanos. Pero la hija demoraba el encuentro. Tere se impacientaba. Llevaban meses saliendo y nada.
Hasta que llegó el día. En forma casual se encontraron. “Mamá, papá, les presento a Fabio”.
Tere no podía salir de su asombro. Su hija había elegido. Claro estaba. Había optado. Y había decidido cambiar las reglas. Soportaron un café juntos. No hubo muchas palabras. Sí algunos anuncios. “Papis, el mes que viene nos vamos a vivir juntos”.
Tere llegó a su casa. Tomó el teléfono y llamó a su terapeuta: “Doctor, mi vida es una porquería. Mi hija es una traidora. Se va a vivir con un artesano. De esos que hacen pulseritas en la plaza”.
Tere no acepta ni aceptará esa relación. Casi no visita a su hija. Ahora está algo ocupada. Dice que su hijo la necesita demasiado, y piensa que ya es tiempo de buscarle una linda chica para que no dependa tanto de ella.

Según dice el refrán...

Según reza el refrán, mal de muchos consuelo de tontos. Y Matilde no sería la excepción a la regla. No se sentía sola en el mundo femenino. Se sumaba a las experiencias que narraban sus amigas y se amparaba en ellas. "Siempre nos pasa lo mismo. Quien mucho abarca poco aprieta", decía y veía que como a las demás no le alcanzaban los brazos para abarcar todo.
Venía juntando presión como lo hacía la olla de Doña Petrona C. de Gandulfo en sus programas de cocina. Y sabía que algún día tenía que largar vapor. Por qué negarlo, si en todos lados se cuecen habas.
Despertar a los niños cada mañana, asearlos, cambiarlos, alimentarlos y perseguirlos por todos lados para prepararlos antes de ir al colegio, la hacía entrar en crisis como en una carrera desenfrenada.
Comenzaba a resoplar por lo bajo y por lo alto, apretando los dientes de vez en cuando. Y en el alboroto matinal, siempre algo le pasaba; una taza de café sobre la ropa, un baño siempre ocupado que la hacía sentir el último orejón del tarro y, como al perro flaco no le faltan pulgas, cada tanto un marido distraído preguntando por sus llaves, agendas, lapiceras, billetera, etc, etc,.
"A su tiempo maduran las brevas", había recordado Matilde esa mañana, mientras trataba de morderse la lengua antes de dar el próximo grito de guerra con algún “¡levantá eso!, ¡Apurate, que llegamos tarde! ¡Vos podrías ayudarme un poco ¿no?!, ¿Buscá la mochila? Pero con genio y figura hasta la sepultura, no lo lograba mantener la boca cerrada. Entonces entraban las moscas y tremendo lío armaba.
Casi lista para salir a la jungla, el cierre del más pequeño se atascaba a la mitad. El niño lloraba. Matilde forcejeaba y pensaba: "más vale maña que fuerza". Y volvía su ansiedad desgarradora y con ella los gritos, "¡Basta ya! ¡Me voy a tomar vacaciones y los voy a dejar solos a ver si se las arreglan!" Para su sorpresa, la respuesta familiar fue un rotundo ¡Sí, dale!.
Estaba todo dicho. A buen entendedor pocas palabras. Tenía que relajarse. Tomarse su tiempo. Al fin y al cabo la caridad bien entendida empieza por casa. Y si no lo hacía terminaría exhausta. “Sólo por hoy -pensó, como si estuviera participando de un grupo de terapia- dejaré todo como está. No por mucho madrugar se amanece más temprano y es casi imposible matar dos pájaros de un tiro a cada rato. A lo hecho pecho. Para algo me ha servido todo este arranque de loca. No hay mal que por bien no venga”.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Entre madre e hijo

-Mamá...
-¿Qué?
-Me quiero casar con mi novia.
-Pero vos sos muy chiquito.
-No soy chiquito, tengo tres.
-Bueno, ¿y tu novia quiere?
-Ah, bueno, sí.
-¿Y si te casás a dónde van a vivir?
-En la casita que me regaló la abuela.
-Bueno, pero entonces la mamá ya no te va a cuidar, ni a cambiar, ni a cocinar.
-Nosotros vamos a cocinar. Y yo la voy a cuidar a mi novia.
-Bueno, ya vamos a ver. Después lo seguimos charlando.
-Mamá...
-¿Qué?
-Vos sos un gigante y mi novia es preciosa.
Ese fue el fin de la charla.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Blanca y radiante

Hace unos días, la mamá de dos niñas pequeñas me sorprendió con su pregunta: ¿Cómo hacés para tener la camisa impecable? Bajé la vista hacia mi ropa y era cierto, estaba blanca y radiante. Pero no tuve respuesta.
Su curiosidad era lógica, ya que sabe soy madre de un niño pequeño; y era una tarde de calor, con párvulos jugando a nuestro alrededor, al aire libre, mientras comían sandwiches, piononos con dulce de leche y chocolate, y todo lo que les gusta a los niños. Sin embargo, seguí sin tener una explicación para darle.
Horas más tarde, estaba fregando la camisa de mi hijo, manchada con pinturas de colores y restos de comida; la que le había quitado puntillosamente, luego de haberlo traído a casa como quién anda evitando encuentros cercanos de todo tipo. La incógnita estaba develada.

viernes, 28 de agosto de 2009

La mala educación

-¡Victoria podés venir!
-Ahora no, estoy viendo un video con Dany.
-Pero, por favor, te necesito.
-¡Esperá!
-No me trates así, sólo quiero hacerte una pregunta.
-Te he dicho que cuando estoy con mi novio no me gusta que estés en el medio.
-Pero no estoy en el medio, no encuentro la camisa blanca...
-Y yo qué sé dónde está.
-Pero mamá, tengo que usarla para...
-¡Te he dicho mil veces que me digas Victoria!
-Perdón mamá.
-Grrr, ¡Victoria, nena, Victoria!

jueves, 9 de julio de 2009

Con el niño en casa II

Una profesional de la salud, relacionada a la niñez y adolescencia, me comentaba que últimamente todo el mundo pregunta que hacer con los niños en vacaciones. Más aún cuando son un poco forzadas y cuando la recomendación es quedarse en casa para hacerle frente a una pandemia.
En verdad, la mayoría de las mamás debemos haber pensado en ello. Entonces, cuando llegué a casa y me reencontré con la montaña de masa con la que habíamos estado jugando con mi hijo sobre la mesa, tomé conciencia de que no me había sumado a la pregunta de qué puedo hacer con mi hijo ahora. Más bien había actuado. Ni siquiera me había propuesto buscar un consejo. Simplemente fuimos a la acción.
Y si bien algunas cosas no resultan, otras han sido maravillosas. Con los juguetes desparramados por toda la casa, la ropa por tender y los platos por lavar, el niño me perseguía con un "mami quieres jugar conmigo". En lugar de decir que no, como tantas veces en las que estoy ocupada, se me ocurrió un mejor plan. Jugar a la misión especial.
Seguramente podrían tildarme de aprovechadora, pero que bien que me vino. Entonces el agente especial hijo y la agente especial mamá y la agente especial mascota tendrían misiones que cumplir. No es muy difícil de adivinar cuáles serían éstas.
Entonces hablando como dobles de televisión en menos de media hora todo estaba organizado y listo. Mujeres, es increíble. Casa ordenada. Niño limpio y alimentado. Mascota cansada. Misión cumplida. Inténtenlo. Si se animan y sale bien es un juego maravilloso (aunque engañoso obviamente) digno de repetir. Un camino hacia la infancia y la tranquilidad.

miércoles, 8 de julio de 2009

¿Las madres añosas somos más miedosas?

Es la pregunta que nos hemos hecho varias cuarentonas con niños pequeños. Somos las que pensamos cada vez más como nuestras madres y utilizamos, casi sin pensarlo, los refranes que hemos escuchado cientos o miles de veces. Más vale prevenir que curar. Para muestra sobra un botón. No hay mal que por bien no venga. Más vale pájaro en mano que cien volando. Y con ellos vamos enfrentando las distintas situaciones que la vida nos propone.
Alguien me decía que vivir con miedo es como estar muerto. Pero, a veces creo, que el miedo en una medida justa nos puede llevar a ser precavidas. Sin embargo, cuánto de razón tendremos y cuánto de ella nos llevará a sentirnos raras.
Mientras decidimos no enviar a la guardería a nuestros hijos por prevención, para evitar convertirnos en víctimas de la gripe A, dueña de la mayoría de los programas de televisión, medios gráficos y radiales, a la vez, sentimos culpa de ser tan protectoras.
Y mientras otras mujeres van con sus hijos al súper, a las plazas y al parque, nosotras nos ponemos más inquietas que los chicos para mantenerlos entretenidos. Y mientras los perseguimos con el jabón para lavarles las manos, otras nos compadecen tratándonos de paranoicas. Y cuando así nos sentimos, tratamos de bajar un cambio, porque nos damos cuenta de que si la gripe no nos mata lo hará la taquicardia. Esa que nos produce el pensar que no podemos con todo, pero lo intentamos. Esa que nos genera cada comentario negativo.
Y buscamos salidas. Buscamos escaparnos un rato de la perfección. Y es ahí cuando aparece lo que te sube las defensas. La risa. El juego. La esperanza; esa que nos quitaron los que nos tienen que cuidar.

viernes, 3 de julio de 2009

Con el niño en casa

Había decidido pasar el día de la mejor manera posible con mi hijo, que es muy pequeño para entender porqué sus padres volvían a modificar sus hábitos. Y más aún para comprender que lo hacían porque un virus se propaga.
Pensando que la estadía en casa recién comienza, dejé que él manifestara sus deseos. Cerca del mediodía, tenía colchones, colchonetas y mantas oficiando de fuerte de indios en el living. Una hora más tarde, una pista de autos imaginaria controlaba mi cocina. La perra pisaba una camionetita y robaba la moto con sidecar. El niño gritaba y la correteaba alrededor de la mesa. El control se descontrolaba.
El cable canal no funcionaba. Alguien apretó el botón que no debía y yo, enemiga de la tecnología, tardé más de cuarenta minutos en recobrar la imagen. Pero, como dije, me había propuesto pasar el día de la mejor manera posible.
De pronto, la alergia que el jabón espadol provocó en mi mano derecha comenzó a notarse. Ardor. Molestia. Cambio de ánimo. El niño volvía a llorar, pero esta vez porque en vez de croquetas de acelga quería milanesas. Y ahí me convertí en la típica madre: “¡Comés lo que hay o no comés nada!”. Parecía que mi objetivo se frustraría.
Decidí refugiarme en otra habitación. En algún momento dejaría de gritar. Y así fue. Como si el niño sospechara que algo cambiaría, fue a buscarme con el plato vacío y un “mami me lo comí todo”. Entonces era hora de seguir adelante.
El día soleado me ayudaba a no tener que pensar mucho en entretenimiento. Pues nos vamos al patio dije. Opté por relajarme mientras veía como la pelota caía sobre mis plantas de pensamientos recién puestas en la maceta alargada. Cómo los pozos en la tierra sin pasto comenzaba a llenarse de agua. Y cómo la perra se sumaba con sus patas a hacerlos aún más profundos. Pero no desistiría.
En ese momento, sonó el portero. Corrí a atender pensando que algún tío me ayudaría con los juegos. Sin embargo, dos tipos me insultaban por placer desde la entrada. Y la mano me picaba.
Mientras el niño rompía un adorno sin querer queriendo, la mascota embarrada hasta los dientes saltaba contra la pared tratando de agarrar quien sabe qué. Basta. Baño para el hijo y una siesta tardía. Y cuando tenía un rato para ver algo de tele o hacer nada, cambié de idea. Tenía que aprovechar para ducharme. Justo cuando cierro la canilla el portero vuelve a sonar con insistencia. Salgo con la toalla en la cabeza y ya no hay nadie. Meto ropa al lavarropas y lo enciendo. El niño se despierta. Se enoja porque su papá tiene que demorarse un rato más. Entonces, grita “mami encontré la pelota, hay que jugar. Atrápala”. Y la alergia se suma a los ojos. Y aún falta la cena.
Me siento cansada. Sentada en una silla junto a la mesa, apoyo la cabeza entre mis brazos. Mi hijo me hace una caricia en el pelo y me dice “no te preocupes mami, yo te ayudaré. Tranquila”. Nada fue más satisfactorio. Superamos el primer día.

martes, 30 de junio de 2009

Cómo nos cambia la vida

En medio de una conversación entre mujeres:
-¿Che, cuál fue el último CD que te compraste?
-No me acuerdo. Creo que fue algo para el nene. Me parece que uno de la Walsh
-Bueno, al menos conocemos las canciones. Te acordás cuando andaban todo el día con los “5 Sentidos” de Hi 5
-Sí, sentidos tengo los oídos con el “tengo un robot, yo lo hago funcionar.....”
-Bueno, al menos a la noche le apagás todo y te ves una peli.
-Sí, cuando me pide maaaaaaaaaaa el Rey León o mamá Madagascar, Madagascar!
-Ah, no, yo le doy la cena y lo mando a dormir.
-Sí, yo también, pero primero me aguanto “quiero mover el bote, quiero mover el bote, me gusta, mueve...”. Bueno, nena, al menos tenemos bien guardados nuestros tesoros de los Red Hot o Nirvana.
-Guardados sí, pero sin cajitas, esas se rompieron, viste, sin querer, cuando les llega la curiosidad.
-Pero bueno, che, parecemos amargadas recordando viejos tiempos, el finde nos vamos al cine y nos vemos lo que se nos antoje.
-¿Y con lo chicos que hacemos?
-Que se queden con los padres.
-Dale, ¿los barbijos los compras vos o los llevo yo?
-Tenés razón, diez días de aislamiento por gripe A no me parece divertido.
-¿Qué haríamos con los nenes?
-Tranquila, los compró yo, seguro los consigo en la farmacia de la esquina.

martes, 26 de mayo de 2009

Madres añosas

Cuando iba a la escuela secundaria, a una de mis profesoras, a la que llamábamos la vieja de Ciencias, porqué así la veíamos, vieja, se le empezó a notar su embarazo. Y cual arpías quinceañeras organizadas nos mostrábamos horrorizadas ante la que creíamos madre abuela. A los veinti tantos, otra profesora cuarentona sería madre y la sensación se repetía.
Cuando cumplí 37, era yo la que estaba sentada en el consultorio del obstetra viendo como rotulaba mi historia clínica con un "madre añosa". En ese momento, sentí que la birome azul que el médico dejaba deslizar por el papel me estaba devolviendo la cachetada.
Y es verdad, no es lo mismo ser madre a los 20 que a los 40. La energía es otra. La experiencia es otra. La forma de pensar es otra. Ahora estoy segura que de haber sido mamá a los 20 hubiera sido una inmadura. En mi caso, como en el de esas mujeres a las que no entendí en su momento, es mejor eso de "añosa".

lunes, 18 de mayo de 2009

¡Te dije que un piercing no!

La madre perdía el sueño y el control ante la petición de su hija:
-Ma, quiero hacerme un piercing
-No
-¿Por qué no?
-Porque lo digo yo. Y es mi última palabra.
Obviamente no fue la última palabra. Hubo horas enteras de palabras. Discusiones. Berrinches.
-Papá dice que sí
-Pero yo soy tu madre y digo que no. Y no se habla más del tema.
Obviamente se habló mucho más del tema. Hubo días y noches de peleas. Hubo llanto. Hubo golpes de puertas. Y más berrinches, por parte de ambas. Y el padre seguía diciendo que sí.
La madre explicaba que no soportaba la idea de ver a su hija llena de aros por todo el cuerpo. Primero sería la nariz, después las cejas, después el ombligo, etc, etc, etc.
Finalmente la nena ganó la batalla y se hizo el ansiado piercing. La madre sigue estando en desacuerdo, aunque la autorizó porque le ganó por cansancio.
Lo que la progenitora nunca tuvo en cuenta fue que había sido ella misma la que introdujo a su hija en el mundo de las perforaciones. Fue el mismo día que la parió. “Es nena, hay que ponerle los aritos”.

viernes, 8 de mayo de 2009

Eso no se mira, eso no se hace, eso no se toca...

Las que tengan niños pequeños, en esa edad en que todo lo quieren y lo que predomina es la frase “es mío, es mío” me van a entender. Tuve la brillante idea de salir de compras con mi nene. Y notarán que la palabra brillante es una ironía. Mientras trataba de elegir un regalo para una amiga, el crío se retorcía en mis brazos para que lo bajara. Obvio, estaba en el palacio del “quiero eso”. Pero yo, dispuesta a superar la barrera del nada es imposible, estaba convencida de que podría elegir algo, pagarlo y salir sin problemas del negocio.
Sabía que me estaba mintiendo en el fondo de un divague con poca profundidad. En menos de quince minutos, mi hijo toqueteo todo lo que pudo, corrió, gritó, saltó, etc, etc, etc. Había decidido que mientras no rompiera nada, no iban a afectarme las miradas de las vendedoras. Al fin y al cabo sólo se estaba comportando como un niño.
Pero el golpe en la nuca lo sentí segundos después. Otra mamá, con una nena cuya edad rondaría la del mío, dijo en voz alta cuando la gordita amagaba a tomar un juguete: “no, sabés que a mí no me gustan los niñitos mal educados. Vos me hacés caso y listo. Vos no sos como ese nene”. Con firmeza y dominio de la situación había ganado su batalla. La niñita le dio la manito y siguió caminando a su lado.
Ya no tan en el fondo, sino en mi mayor superficie, empecé a embroncarme conmigo misma, por haberme creído la superada. Entonces, deposité mi rabia con una mirada desbordada sobre “esa”, que podía arreglar todo con un simple chasquido de dedos.
Llegué hasta la cajera con el regalo, tironeando al indio salvaje que interpretaba mi hijo. Pagué y salí furiosa. Había logrado la compra, pero me sentía fracasada.
Dos cuadras más tarde, pasamos por al lado de la mamá y su nena. La chiquita lloraba a gritos. La madre gritaba desenfocada, anunciando “seguí así y te voy a pegar”.
Y pensé: a veces fallo. A veces soy tan niña como un niño. Pero estábamos volviendo a casa cantando la canción del Jacarandá de María Elena Walsh. Mi hijo siendo un niño y yo intentando que lo sea.