sábado, 10 de abril de 2010

El manzano desde la ventana

María Inés miraba por la ventana el árbol fuerte de tronco grisáceo y ramas retorcidas. Se preguntaba qué tan grandes serían sus raíces; cuántos frutos se habrían alimentado gracias a ellas; o quiénes podrían haber saboreado sus verdes manzanas.
Nada le atraía más que asomarse a contemplarlo por las mañanas. No podía ver otra cosa. Su mirada se fijaba sólo en el añoso manzano, como si alguna fuerza extraña la obligara a observarlo.
Trataba de adivinar cuántos niños habrían jugado bajo su sombra. Cuántas historias de amor habría cobijado. Y cuántas tormentas soportado.
El color de sus hojas en otoño le recordaba aquel que alguna vez había tenido su cabello. Y cuando la primavera volvía a vestirlo con flores era capaz de percibir la savia recorriendo cada uno de sus brazos, como alguna vez ella había sentido correr, alborotada, la sangre por sus venas. María Inés admiraba la vida a través de ese árbol. Creaba historias. Hasta había sido capaz de dibujar en su mente al hombre que cavó la tierra para plantarlo. Le otorgaba la imagen de aquel novio al que dejó por pensar que no le daría una buena vida. Podía inventar, las veces que quisiera, grandiosas reuniones familiares con los hijos que nunca quiso tener. Todos gritando y saltando, tratando de alcanzar la gruesa soga que, anudada en la rama más recta, rodeaba la tabla de madera convertida en hamaca.
Y María Inés sabía que ya no tendría tiempo de ver el bosque. Sólo el manzano, desde la ventana del geriátrico, le daba la vida que nunca había querido tener.

domingo, 4 de abril de 2010

Historias de Mujeres cumple un año

Como ya lo he dicho en varias ocasiones, cuando comencé este blog lo hice porque sentí la necesidad de volver a escribir. Había dejado mi profesión de lado por dedicarme a ser madre full time.
Historias... empezó de una forma y fue mutando. Sin duda, como todo en la vida lo va haciendo.
Recibí críticas. De las buenas y de las malas. A veces pensé en dejarlo. Otras hice un esfuerzo por mantenerlo.
En muchas oportunidades me ha dado "cachetadas". Pero en la mayoría satisfacciones. Cuando las historias no llegaban o simplemente mi mente no creaba, pensaba en que si al menos estaba compartiendo mis letras con una persona, le gustara o no lo que escribiera, ellas estaban generando algo.
Hoy, a un año de haber tomado esta iniciativa, agradezco a todos los que hicieron un clic para leer Historias. A los que dejaron y dejan sus comentarios. A los que decidieron seguirme. A los que me aconsejaron. A las mujeres que me contaron sus vivencias. Y, principalmente, a mis amores por estar siempre; y a Mdz por permitirme estar en su portada.
Gracias a todos de corazón.
Gabriela Moreno

domingo, 28 de marzo de 2010

La cosecha

Le hubiera resultado más sencillo sentir temor a perderlo todo, como en otro tiempo. Pero el despertar había sido distinto. La humedad se filtraba por la vieja ventana de madera, junto con su olor, anunciando el aguacero.
Habría sido más fácil declararse cansada y no mover ni un solo músculo dolorido. Sin embargo, saltó de la cama cuando la primera piedra dio de lleno contra el vidrio.
Descalza tomó una frazada y se envolvió. Estaba dispuesta esta vez a dar batalla. La tormenta no mataría su esfuerzo.
Llegó hasta las hileras, embolsó en una arpillera los frutos más rojos, sin sentir el dolor que el granizo se había propuesto lanzarle sobre su espalda.
Hundió sus pies en el barro. Abrió sus dedos entumecidos para espantar las hojas que entorpecían el paso por los surcos y arrastró la bolsa hacia el galpón que oficiaba de cocina; al mirar hacia atrás vio como el trabajo realizado por manos curtidas se perdía.
Sin derramar lo obtenido y menos aún una lágrima encendió el fuego, mientras el hilo de agua que brotaba de la canilla se llevaba la tierra, dejando fluir el rojo furioso de los frutos. Los tomó. Los partió. Quitó las semillas y comenzó la alquimia.
El aroma que empezó a soltar el dulce le devolvió la calma. Sólo llenó seis frascos. No serían en absoluto suficientes para pasar el invierno. Pero serían, sin duda, los mejores de la peor de las cosechas.

jueves, 18 de marzo de 2010

La caja de la abuela

Tomó entre sus manos la vieja lata de galletas. No pudo imaginar cuántos años tendría. Menos aún cómo había llegado a su casa. Sí sabía que muchas veces la había visto a su abuela sostenerla. Llevarla de un lugar a otro. Abrirla. Cerrarla y luego esconderla.
La sacó del armario con desesperación, como esperando encontrar algún tesoro. Algún indicio. Alguna respuesta a quien sabe qué incógnita.
Sólo encontró, detrás del herrumbre, unos cuantos botones, hilos, tizas. Nada que la llevara a algún secreto o gran revelación. Durante años se había imaginado levantando la tapa y descubriendo cartas o fotos. Muchas. Llenas de palabras atestadas de sentimientos. Pero nada de lo que había tramado su mente aparecía. Sólo carreteles y agujas.
Sin sacar los ojos de la caja, espantó el polvo. Eligió las cosas que aún servían, tocando cada uno de los objetos olvidados durante décadas, como si aún buscara en ellos algo especial. Los observó detalladamente para luego traspasarlos a su moderno costurero de madera. Se tomó su tiempo para hacerlo, sin dejar de pensar en la larga falda de la canosa anciana meciéndose, mientras llevaba la lata de un lado a otro.
Cuando estaba a punto de guardar lo rescatado en su armario, sintió que sí había encontrado algo. Olores. Colores. Recuerdos. Y con ello, la imagen de su abuela en el pasado, mirándola por encima de los lentes; sonriéndole, cada vez que daba una puntada.

sábado, 6 de marzo de 2010

Secretos recuerdos de mujer

A primera hora de la mañana, Doña Raquel daba dos golpecitos suaves sobre la puerta de la última habitación del pasillo, ubicada en la planta alta de la vieja casona. “Niña, despiértese y apúrese que tengo una sorpresa para usted. Baje arregladita”.
La chica se restregó los ojos y sintió la suavidad de las sábanas perfumadas por la brisa marina. Pensó en quedarse un rato más en la cama. Pero si Doña Raquel hablaba de sorpresas era mejor darle el gusto rápidamente. De lo contrario no dejaría de llamarla hasta lograr su cometido.
La joven bajó y encontró a la mujer ansiosa esperándola en el hall. “Vamos, vamos, que alguien nos ha invitado a desayunar. Le aseguro niña que jamás olvidará el momento que va a vivir”.
Ambas salieron a paso acelerado. Caminaron unas cuadras y llegaron a un edificio bajo, con pocos departamentos. Algunos con vista a la playa y balcones de película.
Doña Raquel tenía llave. Abrió y le preguntó a la mucama dónde estaba la señora. Obtuvo la seña y dio unos pasos hacia el ventanal que daba a la terraza.
Desde allí, la chica pudo ver una mesa redonda, cubierta con un impecable mantel blanco, adornada con flores, y con las tazas a la espera de un humeante café. Junto a ella, la señora de cabello corto y ordenado.
“Ella es mi amiga y cuando le he contado sobre usted –le dijo Raquel a la muchacha- me ha dicho que la invite a su casa. No la invada a preguntas. Sólo disfrútela”. Y la joven así lo hizo.
Las esperaba leyendo el diario. Vestía una túnica de seda verde tornasolada. A la chica le resultó familiar. Pero no terminó de reconocerla. Tampoco escuchó su nombre en ningún momento. Supuso que debía ser una muy buena amiga de Doña Raquel, porque si algo predominaba en ese lugar era el cariño y, por sobre todo, la tranquilidad y complicidad entre ambas.
Hablaron de la madre tierra, los legados, las mujeres fuertes y las débiles. El poder de la palabra y las historias que hacían historia. En verdad, para la “niña” como la llamaba Doña Raquel, aquel prometía ser un momento inolvidable.
Con un último sorbo de café, la mujer estiró su brazo hacia la mucama y le pidió retirar las cosas. Se incorporó y respiró profundo dejando que el viento fresco ondulara su túnica. Miró a Doña Raquel, luego a la niña y disculpándose por su repentina partida dijo: “Ha sido un desayuno maravilloso. Pero ahora tengo muchas letras que ordenar”. Se escabulló entre los muebles y cerrando la puerta de vidrio se sentó frente a una máquina de escribir.
“Doña Raquel –dijo la chica- su amiga no me ha dicho su nombre”. “No es necesario –le respondió- le ha dicho más de lo que a muchos. Y ya con el tiempo usted misma lo descubrirá”.
Hace unos días aquella joven, ya convertida en mujer, mientras miraba las tristes imágenes del terremoto ocurrido en Chile, recordaba a Doña Raquel rogando que estuviera bien. “Espero que así sea, porque aún deseo que salga de sus propios labios el nombre de aquella señora”, susurró tomando el libro cuya portada mostraba la imagen de una mujer en sepia.


Dicen que esta escena transcurrió en Viña del Mar, Chile. Y que Doña Raquel es tan real como la niña. También dicen que el portero del edificio tenía la orden de que nadie molestara a la señora Isabel.
Con este relato quiero mandar mi abrazo a las mujeres chilenas y el deseo de que la fortaleza no se apague. El coraje y el amor las ayudará a levantarse.

sábado, 20 de febrero de 2010

Noches de insomnio

El insomnio de Nancy se estaba transformando en el peor de sus hábitos. Y lo notó la noche que había dejado el libro sobre la cama, tras hacer un doblez en la página 233, para ir, descalza, directo hacia la heladera, en busca de lo que fuera.
El frío que sintió al abrir la puerta la hizo cambiar de opinión. “Un café me vendría mejor”, pensó. Pero el motor de un auto y el crujir de una reja la habían alejado de la cocina.
En puntas de pie, caminó por toda la casa imaginando que algo estaba por suceder. Intentó espiar por la ventana. Dio un salto hacia atrás cuando sintió las voces borrachas peleando en la calle.
A la falta de sueño se había sumado el miedo. “Algo está pasando allá afuera”, fue la primera frase que retumbó en su mente. Comenzó a apagar las luces. La sensación de hambre parecía haber quedado perdida en el tiempo.
Un golpe seco contra las tejas del techo hizo que se abalanzara sobre la mesa de hierro donde había quedado apoyado el teléfono. Lo tomó y marcó el 911 sin darle ingreso a la llamada. Esperó. Sólo apretaría el botón cuando estuviera segura.
Se acercó a la puerta otra vez y asomó el ojo derecho por la mirilla. Pegó un alarido cuando sintió el estridente sonido del inalámbrico y la luz de alerta entre sus manos, al mismo tiempo que dejaba caer el aparato al piso.
A las cuatro de la mañana un llamado equivocado, de una romántica equivocada, la había dejado ahogada. A esa hora, hasta el canto de los grillos conspiraba contra el peso de sus párpados.
Asustada, agitada, angustiada, volvió a la cama. Miró a su marido dormir plácidamente. Volvió a sentir el golpe sobre las tejas. Aterrada lo despertó sacudiéndolo. “¡Algo pasa, escuchá! ¡Alguien anda por los techos!
Una mano le rozó la cara y abrió los ojos pensando que el aire se acababa. “Tranquila dormilona. Es hora de levantarse”. La voz de su esposo le anunciaba un buen día después de una larga noche, en la que el insomnio de Nancy se había escondido en la página 233, para transformarse en su peor pesadilla.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Después del temblor

Si había algo que Carolina cuidaba con recelo, incluso más que sus mejores estrategias laborales, era su agenda roja. Había elegido ese color para no perderla nunca de vista. Sabía que tenía los mejores contactos de todo el personal de la empresa y eso la enorgullecía. Ni su jefe había logrado obtener datos tan precisos sobre los clientes de la compañía y menos aún de los de la competencia.
Por ello, si Carolina se movía -aunque fuera por unos minutos- de su escritorio llevaba la libreta con ella o se aseguraba de dejarla en el segundo cajón de su armario. El único que tenía doble llave.
Si asistía a alguna reunión, la agenda roja siempre permanecía debajo de su bloc de notas. Carolina sentía que allí estaba todo lo que tenía. No sólo su carrera, sino también su vida. No tenía copia y no confiaba en la seguridad informática.
Esa agenda, que todo lo contenía, la había llevado a obtener su último ascenso y su departamento con vista al parque en el 5to piso de las Torres de Cristal.
Cada domingo, antes de irse a dormir, actualizaba sus datos y le agregaba hojas adhesivas al final con las tareas diarias.
Ese lunes, Carolina se levantó más temprano que de costumbre. El señor Santino estaría a las 11 en el salón del directorio para firmar el contrato de compraventa del edificio Emperatriz y quería que todo estuviera en orden. Nunca nadie había logrado hacer negocios con él. Y ella se había transformado en su único contacto.
Alcanzó a poner la clave en su computadora cuando el movimiento llegó sin anunciarse. Vio como el monitor se movía de un lado a otro, como si fuera un péndulo. Se incorporó como pudo de la silla para alcanzar las escaleras que la llevarían hacia la calle. El temblor podía durar apenas segundos, pero lo mejor y lo indicado era salir.
Media hora más tarde, sin réplicas, las noticias anunciaban un epicentro a 40 kilómetros de la ciudad, mientras Carolina se disponía a marcar el número del señor Santino. Miró sobre su escritorio. Luego debajo. Abrió el cajón. No estaba. Sus metas se derrumbaban con la misma velocidad que las gotas de sudor le caían por la frente.
Santino llegó media hora más tarde y estampó la firma en las seis hojas con membrete. Pero Carolina tenía que volver a armarse para una nueva batalla.
Una semana más tarde, mientras se asomaba por la ventana para ver que tan intensa era la lluvia, bajó la vista hacia el fondo del vaso plástico y vio que ya no quedaba café en él. Se acercó hasta el papelero de su colega y lo arrojó al pasar. El sonido seco le llamó la atención. Se inclinó como buscando un eco y su agenda aparecía desde el fondo, tan roja como su furia.
Días después, su colega hablaba en voz baja por teléfono. El susurro le llegaba a Carolina con más nitidez de lo que esperaba. “Con el señor Santino por favor”, de parte de Eduardo Vázquez, de Empresas New Age”.

(los nombres de los personajes y lugares han sido cambiados para no herir susceptibilidades)

sábado, 6 de febrero de 2010

Madres desesperadas

Mientras la niña trataba de colgarse de su falda, ella -con sus ojos opacos detrás de las ojeras- sostenía al bebé con su brazo izquierdo, haciendo malabares para llevarse el cigarrillo a la boca, entre el llanto, el pataleo y la angustia del pequeño, que parecían ir y venir al compás del humo que le rodeaba la cara.
La insistencia de la nena por aferrarse a su mamá era tan potente como el movimiento descoordinado de sus pies por alcanzarla. Quizás hubiera podido tomarle la mano derecha, pero una botella de cerveza había ocupado su espacio.
El cordón de la vereda los recibía tan inerte como la mente de la joven madre. Apenas había pasado el mediodía, cuando se sintió el sonido de la espuma chorreando a través del pico del envase de vidrio oscuro.
Las miradas no tardaron en llegar. Pero se fugaron tan rápido como pudieron. No se escuchó ni un susurro. Todo quedó inmóvil. Hasta que el rostro de la pequeña se cruzó con los pensamientos de las mujeres que recogían a sus hijos del jardín maternal que, a menos de un metro de distancia, la mostraban diferente.
Sin sacar la vista de la brasa y sin hacer caso a las lágrimas del pequeño, la joven arrojó el cigarrillo hacia la calle, al mismo tiempo que el hambre rugía traspasando las pancitas de sus hijos. De a poco, la escena se transformaba en una postal de ciudad que allí quedaría, junto a una acequia sucia y seca.
Y mientras esa imagen desgarradora y cruel se desdibujaba ante la gente, a pocos kilómetros, otra mujer llamaba a su médico anunciando las contracciones, ansiosa, desesperada, sabiendo que en pocas horas estaría acariciando al ser deseado.

viernes, 29 de enero de 2010

Una noche importante

Cuando sintió que la migraña la atacaba, había subido sólo 7 escalones, con su vestido largo de seda natural estampada. Aunque el rojo era tan fuerte como su sangre, nadie notó su presencia, menos aún la rosa negra que sujetaba su cabellera rubia.
Pálida de personalidad no llamaba la atención. Pero tenía que estar allí. Era una noche importante.
Llegó al final de la escalera y vio a su marido jugueteando con la copa de vino oscuro. Rodeado. Escuchado. Adulado.
Pensó en acercarse y sumarse a la rueda. Pero prefirió zambullirse en el sillón blanco desde el cual podría apreciar toda la ciudad encendida.
Aceptó el trago que le ofreció el mozo sin ni siquiera mirarlo y al tratar de darle el primer sorbo, un movimiento torpe hizo que el vidrio de la copa diera contra sus dientes. El martini se derramó por su escote mezclándose con su perfume caro, ese que Ernesto le había traído de París cuando dio allí una conferencia suprema.
Tomó impulso para pararse cuando sintió que su taco se enganchaba en la madera de la terraza. Perdió el equilibrio. Entonces, ya no sólo su vestido era rojo. También lo eran su cara, su cuello, sus manos, que parecían pedir auxilio desesperadamente.
Intentando agarrarse de una baranda sintió que alguien la tomaba de su brazo. Al ver la cara de su esposo sintió que su respiración había vuelto.
“Ernesto –dijo- te estaba esperando”. Él, sin dejar de mostrar su sonrisa, se le acercó al oído y le dijo: “Querida, has bebido demasiado. El chofer te llevará a casa”.

jueves, 28 de enero de 2010

La mariposa celeste

Temía convertirse en una imagen de la Sara bíblica si miraba hacia atrás en busca de alguna respuesta. Pero, a la vez, quería adquirir una poción mágica que le diera la dureza suficiente para enfrentar un futuro en el que se veía acorralada.
No se animaba a dar ni un solo paso. Ni siquiera a mirar hacia un costado. El olor, pesado e indefinido, la perturbaba y llevaba hacia alguna cueva. Extendiendo los brazos trataba de abrirse camino con las manos, ciega, sorda y muda.
El laberinto se desdibujaba en su cabeza, cuando un golpe suave sobre su pecho la sacó del letargo. Sacudió algo con sus manos sin saber qué era. Y miró. Creyó sentir, en el medio del silencio, el esfuerzo de unas alas surcando el calor intenso. Bajó sus párpados para evitar el furioso haz de luz que se colaba entre las hojas del Olmo. Volvió a mirar pensando que alucinaba. Las había visto anaranjadas, amarillas, blancas, pero jamás celestes.
En un simple parpadeo la perdió. Se movió hacia un lado y hacia el otro. Giró 180 grados. Inclinó la cabeza hacia arriba a la izquierda. Luego a la derecha. Ya no estaba. Se había alejado, pero no sin antes haberla sacado del pánico carcelario que la tenía encerrada entre dos baldosas. Sin un movimiento. Sin nada.
Hoy mientras esconde una cana, entre su cabello oscuro, con sus manos manchadas por el paso del tiempo, siente la llegada de un derrumbe. La quietud revuelve en el pasado y con una firmeza insospechada su mente le devuelve la imagen de la mariposa celeste, aquella que con su corta vida le dio a ella una diferente.

domingo, 17 de enero de 2010

Las palabras más usadas por las mujeres

Comparto con ustedes un mail que me mandó una amiga.
Los diez puntos a tener en cuenta, con las palabras más usadas por las mujeres. No sé quién lo escribió. Pero aquí va. Lo que ellas le "dicen" a ellos.
1. BIEN: Esta es la palabra que usan las mujeres para terminar una discusión cuando creen que tienen razón y tú tienes que quedarte callado.
2. 5 MINUTOS: Si la mujer se está vistiendo, significa entre media y una hora. Si estás leyendo el diario o viendo el partido y tienes que ir con ella o hacer otra cosa que ella quiere, sí son sólo 5 minutos.
3. NADA: La calma antes de la tempestad. Quiere decir algo y deberás estar alerta. Discusiones que empiezan con NADA normalmente terminan con BIEN (mira el punto 1).
4. HAZ LO QUE QUIERAS: Es un desafío, no un permiso. No lo hagas.
5. GRAN SUSPIRO: Es como una palabra pero no verbal. Muy a menudo los hombres no lo saben interpretar. Un GRAN SUSPIRO significa que ella piensa que eres un idiota y se pregunta por qué está perdiendo su tiempo peleando contigo discutiendo sobre NADA (mira el punto 3).
6. O.K.: Es una de las palabras más peligrosas que una mujer puede decir a un hombre. Significa que una mujer necesita pensar muy bien antes de decidir cómo y cuando hacértelas pagar.
7. GRACIAS: Una mujer te agradece; no hagas preguntas o no te desmayes, quiere sólo dar las gracias (pero si dice MUCHAS GRACIAS es puro sarcasmo y no te está dando las gracias de verdad).
8. COMO QUIERAS: Es el modo gentil de la mujer para decir: “¡Andáte a pasear!”
9. NO TE PREOCUPES QUE YO LO HAGO: Otra frase peligrosa. Significa que una mujer pidió a un hombre algo algunas veces pero se tuvo que dar por vencida y hacerlo ella misma. Esto llevará al hombre a preguntarse: “Pero, ¿qué hice de malo?” La respuesta de la mujer es el punto numero 3.
10. ¿QUIÉN ES?: Esta es solo una simple pregunta, pero recuerda que cada vez que una mujer te pregunta “¿Quién es?” en realidad te está preguntando: “¿QUIÉN ES ESA Y QUÉ ES LO QUE QUIERE CONTIGO?” Ojo con lo que contestas.

viernes, 15 de enero de 2010

El reflejo amargo

Patricia L. había decidido sorprender a todos con un cambio de imagen. No se había sentido bien durante los últimos meses. Su marido le había pedido el divorcio, para poder reiniciar su vida con otra mujer, Agustina P., un poco más joven que ella y con otro tipo de aspiraciones.
Después de mirarse durante varios minutos en el espejo, pensó que una larga cabellera le daría más vida a aquel reflejo amargo que recibía y para ello debía deshacerse de la melena corta y de la tintura negra que la acompañaba.
Aunque siempre le había causado gracia ver cómo alguna de sus amigas de un día para otro aparecía con treinta centímetros más de pelo, fue en busca de las extensiones.
“Nada de rulos. Bien lacias y largas, y con un tono dorado”, le dijo al estilista sin dudarlo. Al saber que en dos días estarían listas para ella las mechas naturales, salió de la peluquería con otro semblante.
Varias horas de paciencia. Algunas revistas viejas y ajetreadas. Un par de cafés. Chismes. Parloteo y listo. El espejo le daba la bienvenida a la renovación. Y el diálogo de fondo, cual abducción, la transportaba hacia un agujero negro.
“Chicas –decía el peluquero- no olviden pagarle a Agustina P. su cabello. Miren que Patricia ya se lo lleva puesto”.

“Todo me pasa a mí”

Si por algo se caracteriza Sonia es por su nerviosismo. Ella afirma que nació nerviosa y seguirá así por el resto de su vida. Sin embargo, eso es algo que la atormenta. Convive con un malestar constante. Es tan consciente de ello que ha probado varias terapias, con distintos terapeutas. Ha pasado por el diván un par de veces, pero no consigue el alivio. Ha usado té de tilo, ansiolíticos y antidepresivos. Ha probado con yoga, pilates, relajación, respiración y natación. Las endorfinas se mueven, pero Sonia adolece, aunque ya ha superado los cuarenta años.
Se levanta nerviosa, come nerviosa, le cuesta dormirse y relacionarse.
-¿Qué es lo que te pasa Sonia? (pregunta una amiga)
-Todo. Todo me pasa a mí.
-¿Qué es todo. Puedo ayudarte?
-No, soy yo la única que puede hacerlo. Pero siempre fracaso.
-Tendrías que intentar relajarte.
-Ojalá pudiera.
-¿Pero te das cuenta de que necesitás algún cambio? ¿Qué pasó con la terapia?
-Me cansó. Tanto como me cansa la vida.
-¿Qué puede ser tan grave?
-Sospecho que vivir. Mejor dicho, sospecho que vivir sin disfrutar.
-¿A qué te referís?
-Es complicado…
-¿Qué tanto?
-Tanto como haber construido un mundo ideal. Como un cuento de hadas. Con castillos, príncipes y princesas.
-Entonces, ahí está todo el problema. Estás pensando como una niña dentro de su mundo mágico.
-Así es. Y estoy llena de ilusiones y fantasías.
-Sonia, es hora de crecer. Incluso sin descartar esas ilusiones y fantasías.
-Ese es el problema, me cuesta hacerlo. Soy como una niña en un cuerpo adulto. Y eso duele. Tanto, que siento que todo me pasa a mí.
-¿Y qué harás al respecto?
-No lo sé. Tal vez deba tomar mi varita mágica y transformar mi realidad.

jueves, 7 de enero de 2010

Ella y el hombrecito del saco a cuadros

Más de veinte eran las mujeres que trataban de escapar del hombrecito de saco a cuadros, cada vez que lo veían circular por la oficina. Y lo consideraban pequeño, aunque su estatura mostrara lo contrario. Lo percibían diminuto de mente y hasta un poco enfermo, y no precisamente porque su cuerpo lo indicara, sino más bien porque su mente lo demostraba.

A algunas les producía un rechazo inmediato. A otras temor. Ninguna se animaba a enfrentarlo cada vez que alguna de sus frases las ruborizaba. Parecía tener un don especial para paralizarlas. Ellas sólo podían quejarse en voz baja. O simplemente compartir, a escondidas, los bochornos a las que él las sometía.

No importaba la edad ni el aspecto que tuvieran. A veces, el acecho era diario. Otras se tomaba su tiempo y esperaba alguna ocasión especial para salpicarlas con su hablar libidinoso. Hasta que una de ellas decidió enfrentarlo. Juntó pruebas. Fue hasta la oficina del jefe de personal y las dejó caer sobre el escritorio. Sólo recibió como respuesta una sonrisa sarcástica. No había logrado que le prestaran atención y menos aún que el hombrecito del saco a cuadros dejara de devorarla con la mirada.

Y como si alguna fuerza extraña lo envalentonara o lo nutriera de algún poder especial, él se hacía más presente. Ella sentía sus pasos con mayor frecuencia. Si iba por un café a la cocina del edificio, ahí estaba él para acercarle la taza. Si tomaba el ascensor, le abría la puerta. Si buscaba un viejo tomo en la biblioteca, aparecía para sostenerle la escalera. Y ella volvía a quejarse en voz baja. Pero ya era la única que lo hacía. Volvió a juntar coraje y arremetió en la oficina de personal. Pidió ayuda. Sólo recibió a cambio un "no sea perseguida".

Entonces, ella, sentía que su energía se consumía. Su humor ya no era el mismo. Sus sueños tampoco. En pocos meses se vio envuelta en miedo. Le costaba salir de su casa para ir al trabajo. Sus defensas estaban tan bajas que se enfermaba cada diez días. Mientras tanto, el hombrecito del saco a cuadros la seguía de cerca. Ya no soportaba no soportarlo.

Buscó ayuda una vez más, pero esta vez en un edificio cercano. La placa del médico psiquiatra le daba la bienvenida y con ella una licencia por varios meses. Pero el hombrecito seguía apareciendo. Una llamada o un papel con otra frase lujuriosa por debajo de su puerta. Y ella ya ni podía quejarse en voz baja. El pánico la empujaba hacia su cuarto.

Con la licencia psiquiátrica vencida y sin dar aviso a nadie, ella ya no salía. El timbre logró sobresaltarla. Asustada, pensando que el hombrecito había sido capaz de seguirla con su acoso hasta su cueva, se asomó por la mirilla. El alivio llegó al ver la gorra del cartero. El final con el telegrama de despido.

lunes, 4 de enero de 2010

Un recuerdo de infancia en penumbras y un adios a Sandro.

El tocadiscos dejaba salir la voz que invadía la galería de la vieja casa. Recuerdo que me sentaba sobre el piso de baldosas amarillas y negras, mientras mi madre cosía o sacudía los muebles con una bandana cubriéndole el pelo.
La voz parecía salir a propósito del long play y sin que me diera cuenta ingresaba a mis oídos sin permiso. Una y otra vez. Tantas como podía.
Años más tarde alguien prendía la tele y sin aviso la voz volvía a sonar en mi cabeza para salir como un soplido por mi boca, sin darme tiempo a pensar. Y ahí estaba yo, cantando, diciendo palabras de memoria. “La noche se perdió en tu pelo, la luna se aferró a tu piel y el mar se sintió celoso y quiso en tus ojos estar él también”.
Con el tiempo, estaba segura de poder repetir la canción completa, ya sin el televisor ni el tocadiscos encendidos. Pero para ese entonces, la voz había vuelto a mi mente y se había alejado de mi boca. El simple hecho de haber tarareado alguna estrofa del Gitano hubiera sido tildado de “grasa”. La adolescencia irrumpía con la moda. Con otros estilos. Con otra vida. Sin embargo, allí estaba, en penumbras.
Cómo podría mi memoria olvidar al morocho que salía en las películas moviéndose de forma extraña, con un cigarrillo en la boca y un vaso siempre medio lleno. ¿Cómo podría, si había crecido con eso?
Y si buscó en mi memoria puedo recordar muchas de sus canciones, aunque tal vez no completas. Pero ahí están Te propongo, Una muchacha y una guitarra, Quiero llenarme de ti, Trigal, Rosa rosa, Tengo, Dame, Como lo hice yo, París ante ti.
No había notado que eran tantas. Cómo pude recordarlas tanto tiempo. Tal vez algún tributo rockero me las refrescó. Como sea. Allí estuvieron y allí estarán. Entre la penumbra de un suave interior.

sábado, 2 de enero de 2010

Año nuevo, vida nueva.

Había controlado a Gómez durante todo el ciclo lectivo. Ya lo había tenido como alumno y consideraba que podía ser tan problemático como el año anterior. El chico era buen estudiante, pero su comportamiento distaba de lo que ella consideraba lo adecuado.
“Gómez: cierre la boca”, “Gómez lo voy a amonestar”, “Gómez pase al frente”, “Gómez para mañana traiga...”, “Gómez sáquese el chicle de la boca”, “Gómez se va a pasar el verano estudiando”, Gómez, Gómez, Gómez.
Lo que ella no percibía era que ya con 18 años, el alumno ni siquiera tenía la intención de seguirle la corriente. Menos aún de enfrentarla. Por su cabeza pasaban otras historias. A lo sumo, lo único que quería era terminar los estudios para tomar su mochila e ir en busca de otras voces que le dieran una tonalidad distinta y de otros ojos que lo miraran diferente. Pero ella estaba tan oculta y cerrada, que necesitaba a alguien en quien depositar su ira.
El año había finalizado y Gómez le había cerrado la puerta a una etapa de su vida. Ella buscaba opciones, mientras acariciaba a su gato. La soltería le pesaba a los 45, al igual que su familia. Entonces inició una búsqueda. Un hobby, un viaje, una lavada de cara a su departamento. Hasta que una colega la invitó a pasar la noche de Año Nuevo con un grupo de amigos.
Tal vez ese podía ser el comienzo del cambio. Aceptó. Sin embargo, no demostró demasiado entusiasmo. Ni siquiera reparó en su imagen. Usó una de las tantas blusas que se ponía a diario y la clásica falda negra que ya la identificaba. Tomó el bolso raído. Arrancó la hoja del bloc donde había anotado la dirección y salió.
No le costó mucho encontrar la casa. Conocía la zona. Bajó del auto pensando que tal vez debería volver a su departamento. Por qué había tenido la loca idea de empezar el año con desconocidos. El sonido del hambre en el estómago la devolvió a la tierra cuando su dedo ya estaba apoyado en el timbre.
Segundos más tarde, Gómez le abría la puerta y le daba la bienvenida a su casa.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Extrañas creencias

Su marido siempre le dijo que las personas supersticiosas son ignorantes e incultas. Por eso, le daba un poco de pudor admitir cierto temor ante determinados hechos.
Consciente de ello, sintió escalosfríos al ver cómo una mujer, sentada en el cordón de la vereda en medio de la noche, acariciaba un gato negro. No podía evitarlo; y creía tener una razón.
Dos días antes, el animal había aparecido en la puerta de su casa. Había saltado la reja e intentado trepar por sus piernas, seguramente en busca de arrumacos. Su resistencia había sido notoria, a tal punto que había generado risa en los transeúntes.
Dando saltos, como si estuviera pisando brasas, había alzado a su hijo, e impedido por todos los medios que el minino los alcanzara. Después de una decena de contorsiones, había logrado entrar a su casa.
Abrió la ventana para curiosear y sintió como las patas delanteras del gato golpeaban contra el vidrio. Entonces, puso a su perro en el lugar como si se tratara de un custodio contra el mal. Al menos así evitaría tener a "ese bicho" cerca o lo que creía peor aún, dentro de su hogar.
Recordó las palabras de su marido y se sintió ridícula, y hasta ignorante e inculta. Sacudió la cabeza como queriendo ahuyentar los pensamientos y se propuso olvidar lo sucedido. Pero, una hora más tarde llegaba una intimación de pago por una boleta olvidada en un cajón. Luego, una botella de agua se desparramaba dentro de la heladera, mojando absolutamente todo. Las lamparitas de la casa se quemaban en un santiamén; su amiga se quedaba sin trabajo; la plancha hacía chispas y tiraba humo, y la línea telefónica quedaba muerta.
No podía creerlo. La mala suerte la acechaba. Entonces volvió a pensar en el gato y una vez más se sintió ridícula, ignorante e inculta.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Decidió dejarlo

Lo meditó concienzudamente. Tomó la decisión. Ya no quería depender de él. No quería sentirse sometida. Estaba convencida de que era lo mejor. Se miró al espejo y sintió estar segura de que ya no lo necesitaba.
Al fin y al cabo no le traía más que desventajas. “No hay vuelta atrás”, dijo.
Pasó varias horas convenciéndose de que lo lograría. Ocupó su mente en otras cosas. También sus manos. Pero al caer la noche, empezó a extrañarlo. Encendió el fósforo, prendió el cigarrillo y sintió la derrota. El humo se llevaba su fuerza de voluntad. Y el paquete vacío le devolvía la esperanza.

Ella, ausente, piensa.

Mientras sus amigas hablan de hombres y de sexo, ella se pierde en pensamientos hogareños. No recuerda si desenchufó la plancha y repasa mentalmente si dio vuelta la llave en cada una de las cerraduras de la casa.
Mientras la que se divorció hace unos meses relata su aventura con su compañero de oficina, ella piensa en la pila de ropa que dejó sobre el canasto para lavar.
Mientras la más joven del grupo cuenta cómo logró escapar de las garras de un baboso empedernido, ella nota sus oscuras ojeras en un espejo diminuto que está sobre la ventana.
Mientras la más desinhibida deja a la luz las fantasías que desearía poner en práctica por la noche, ella se siente distante, fría, ausente.
Mientras todas ríen y se liberan, ella piensa en preparar la cena, en estar a horario y en bañar a los niños.
Mientras agarra la cartera para volver a su casa, su marido piensa en dejarla.

La decepción

Cristina había formado un excelente equipo de trabajo. Si bien oficiaba de cabeza de grupo, sentía que había logrado entablar una relación amigable con el resto de los integrantes. Cuando se trataba de trabajar eran invencibles y cuando se necesitaban en lo personal ahí estaban, como los mosqueteros, todos para uno y uno para todos.
Tras años de unión y esfuerzo, Cristina tomó una determinación. Decidió cambiar de empleo. Y dejó atrás esa “familia” que sentía había logrado mantener unida en un ambiente laboral. Se fue con los mejores recuerdos de cada una las personas con las que había pasado gran parte de su vida e incluso mantuvo el contacto durante años.
Pero Cristina tenía debilidad por dos de ellas. Eran sin duda especiales. No tenían secretos. Compartían horas de creatividad, almuerzos y, a veces, cenas.
Sentía tanto aprecio por ellas que desde su nuevo lugar siguió sus carreras y sus vidas.
Con el tiempo, una de sus predilectas comenzó a alejarse. Ya no llamaba. Tampoco respondía mails. Y rechazaba invitaciones.
En un principio, Cristina pensó que estaría ocupada. Luego, que quizás se había ofendido por algún motivo o que tendría algún problema. Pero siempre trataba de estar al tanto de cómo le estaría yendo.
Hasta que un día, cuando preguntaba sobre su vida alguien le dijo: “es obvio que no te de la cara, porque desde hace un tiempo es socia de fulana. Es como su perrito faldero y como su receptora de privilegios”.
Cristina no podía creer lo que oía. La vida le daba una cachetada certera. Aquella persona en la que había depositado mucho y de la que había recibido tanto, hoy estaba a la derecha de quien le había aplastado la cabeza cuantas veces pudo.
Cristina revivió como un relámpago las situaciones en las que junto a su predilecta había manifestado su angustia, su tristeza y su dolor frente a los embustes de aquella arpía. Luego, con la decepción a cuestas, entendió que no todo lo que reluce es oro.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La decisión

Había caminado gran parte de la mañana en busca de una faja para usar después del parto. Le quedaba una hora para almorzar y luego tendría que hacerse una de sus últimas ecografías.
El calor se notaba en su rostro y en sus pies hinchados. Sólo quería salir del quiosco con el agua mineral fresca y sentarse en el banco de la peatonal a beberla.
Como estaba cerca de su trabajo, y ya hacía días que se había tomado la licencia por maternidad, tuvo ganas de llamar a una de sus compañeras más queridas. Pensó que sería una buena oportunidad para compartir el almuerzo con alguien.
-Hola amiga. Estoy muerta de calor a un par de cuadras. ¿Te querés venir y almorzamos juntas?
-Dame diez minutos y nos vemos en el barcito de siempre.
Cerró su celular. Estiró sus piernas. Miró hacia arriba tratando de encontrar al pájaro que píaba desde hacía rato. Revisó su billetera casi a escondidas, evitando la mirada de algún bravucón, para asegurarse de tener lo suficiente para pagar la comida.
Cuando terminó de cerrar la cartera, su amiga ya estaba dándole besos y abrazos.
Las mesas ubicadas en la vereda estaban ya ocupadas. Pero en verdad, les apetecía más una interna, cerca del aire acondicionado.
-Al fin un lugar fresco.
-Al fin. ¿Y vos cómo estás?
-¡Harta! ¡Esa es la verdad, estoy harta!
-Y bueno, falta poco. Tené paciencia, en pocos días cuando tengas al bebé en tus brazos, te deshinches y no te pese la panza, ni te vas a dar cuenta del calor.
-No estoy hablando del calor. Estoy hablando de Manuel. ¡Estoy harta de la vida que me da!
-Amiga, lamento decirte que vos aceptaste las reglas...
-Sí, pero ahora es distinto. ¡Estoy cansada de que él tenga su familia feliz. Su mujercita. Sus hijitos. Sus horarios. Sus mentiras y toda su vida de mierda! Pero se acabó. He tomado una decisión. De ahora en más, todo va a cambiar. Este bebé es mío. Mi vida es mía. A partir de ahora estoy sola.
-No lo tomes a mal, pero pensé que ya lo estabas.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Siempre hay una historia

Cuando empecé este blog estaba segura de querer volver a escribir. Había dejado mi trabajo en los medios para dedicarme de lleno a mi rol de madre. Pero no estaba totalmente segura de la temática elegida. Me habían atrapado varias historias. Pero la verdad era que jamás se me había ocurrido relatarlas.
Empecé mi carrera haciendo notas de información general. Luego hubo de todo un poco, salud, educación, gastronomía, turismo y finalmente muchos años de espectáculos. Sin embargo, las historias de vida siempre me habían interesado.
Cuando escribí las primeras vivencias y anécdotas de mujeres recibí algunas críticas, la mayoría anónimas y muy duras. Pero también comentarios de personas que se sentían identificadas. En algún momento pensé en abandonar lo que había empezado. Luego, sentí que comenzaba a encontrar otra forma de escribir. Un principio, un reflejo, un desarrollo y un final, en textos cortos, que me permitían un ejercicio constante. Y a través de ellos fui encontrando mujeres y hombres que hicieron sus aportes y los hacen.
Encontré otra forma de expresión. Como también plumas excelentes en otros blogs. Distintas miradas. Variados sentimientos. Todos, positivos o negativos, me hicieron y me hacen crecer.
Siempre digo que no sé cuántas historias más llegarán a esta página. Pero mientras aparezcan, las escuche y las reciba las seguiré compartiendo con ustedes.
Gracias a los que siempre están con sus comentarios y a los que están en forma anónima.
GM

viernes, 11 de diciembre de 2009

Madre hay una sola...

Cuando Silvia quedó embarazada provocó un gran revuelo familiar. Siempre había dicho que no tendría hijos y el porqué de esa decisión era algo que planteaba muy claramente: “No me gustan los niños. Te quitan la vida”.
Cerca de cumplir los 30 años, convertida en una buena profesional y sin una pareja estable, Silvia anunciaba la llegada de un bebé. Y mientras su familia y amistades insistían en saber quién era el padre y cómo seguiría la historia, ella se mantenía firme en su postura. “Lo tendré. Pero no lo quiero. Y jamás sabrán de quién es”. Todos pensaban que esas palabras cambiarían. Tenían la ilusión de que así fuera.
Silvia se cuidó. No faltó a los controles médicos. Ni a las clases de pre parto. Compró el ajuar y esperó el momento sin ansiedad.
Cuando la niña nació, Silvia llamó a su madre y con rudeza, mirándola a los ojos, le dijo: "Tomá, tu nieta ahora es tu hija. Ponele un nombre e iniciá los trámites de tenencia".
Macarena hoy tiene diez años. Vive con sus abuelos. Su madre, la que le dio la vida, la visita un domingo por mes. La niña la recibe con un beso obligado y desaparece en silencio cuando cree que nadie lo nota. Pero antes de hacerlo, le ruega a su abuela que averigüe, que pregunte, que la ayude, porque aún no conoce el nombre de su padre.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Silvina tiene un secreto

Silvina tiene un empleo de medio tiempo, que no sólo le proporciona un ingreso económico, sino que también le brinda la posibilidad de mantenerse activa en su profesión. Su marido trabaja de 8 a 16 y sus dos hijos concurren a un colegio de doble escolaridad, lo que le permite dedicarse al hogar y a ella misma entes de que regresen. Tiene una vida más que organizada. Todo cronometrado. Nunca llega tarde a ningún lado. Quienes la conocen aseguran que es una esposa, madre y mujer ejemplar.
Algunas de sus amigas han llegado a sentir celos cuando escuchan a sus maridos decirles: “Y mirá Silvina, siempre se las arregla con todo. Está de punta en blanco y jamás se queja”.
Sin embargo, Silvina tiene un secreto. Y alguien lo sabe. Pero la admira tanto que jamás lo dejará salir a la luz. Cada día, encuentra una excusa para desaparecer durante media hora. Si está en el trabajo, inventa algún trámite. Si está en su casa, dice que olvidó comprar un condimento sin el cual no puede terminar la receta. Y si está sola igual busca una coartada, por las dudas.
Cada día Silvina se para en la puerta del edificio de vidrios espejados. Mira hacia ambos lados. Luego hacia atrás. Agacha la cabeza e ingresa.
Cuando nota que sus nervios están destrozándola, que las manos le sudan y que no le queda un centavo en la billetera, golpea la máquina tragamonedas con bronca, se cubre la cara con ambas manos y se jura no volver más.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Señora de Blanco

El apellido que portaba parecía conjugarse con el color del vestido que eligió para su casamiento. No había llegado al altar joven y tampoco con su primera pareja. Pero sí como quería. Cumpliendo su sueño de niña, había entrado a la Iglesia radiante.
Varios años después de su boda opulenta, alguien la reconoció en un consultorio médico. Una vieja conocida. Hablaron de sus éxitos en una feroz competencia y criticaron a otras mujeres con énfasis, derrochando gestos que empezaban por sus caras y continuaban por sus manos, casi invisibles detrás del brillo de varios anillos.
Hasta que la voz de la secretaria interrumpió la charla con un: “Señora de Blanco”.
La vieja conocida, que ya había entrado en confianza, le dijo:
-¿Pero cómo, no te separaste de Blanco hace años?
-Sí.
-¿Y seguís usando su apellido?
-Claro. Me costó mucho conseguirlo como para dejar de hacerlo.