María Inés miraba por la ventana el árbol fuerte de tronco grisáceo y ramas retorcidas. Se preguntaba qué tan grandes serían sus raíces; cuántos frutos se habrían alimentado gracias a ellas; o quiénes podrían haber saboreado sus verdes manzanas.Nada le atraía más que asomarse a contemplarlo por las mañanas. No podía ver otra cosa. Su mirada se fijaba sólo en el añoso manzano, como si alguna fuerza extraña la obligara a observarlo.
Trataba de adivinar cuántos niños habrían jugado bajo su sombra. Cuántas historias de amor habría cobijado. Y cuántas tormentas soportado.
El color de sus hojas en otoño le recordaba aquel que alguna vez había tenido su cabello. Y cuando la primavera volvía a vestirlo con flores era capaz de percibir la savia recorriendo cada uno de sus brazos, como alguna vez ella había sentido correr, alborotada, la sangre por sus venas. María Inés admiraba la vida a través de ese árbol. Creaba historias. Hasta había sido capaz de dibujar en su mente al hombre que cavó la tierra para plantarlo. Le otorgaba la imagen de aquel novio al que dejó por pensar que no le daría una buena vida. Podía inventar, las veces que quisiera, grandiosas reuniones familiares con los hijos que nunca quiso tener. Todos gritando y saltando, tratando de alcanzar la gruesa soga que, anudada en la rama más recta, rodeaba la tabla de madera convertida en hamaca.
Y María Inés sabía que ya no tendría tiempo de ver el bosque. Sólo el manzano, desde la ventana del geriátrico, le daba la vida que nunca había querido tener.













