
Si había algo que Carolina cuidaba con recelo, incluso más que sus mejores estrategias laborales, era su agenda roja. Había elegido ese color para no perderla nunca de vista. Sabía que tenía los mejores contactos de todo el personal de la empresa y eso la enorgullecía. Ni su jefe había logrado obtener datos tan precisos sobre los clientes de la compañía y menos aún de los de la competencia.
Por ello, si Carolina se movía -aunque fuera por unos minutos- de su escritorio llevaba la libreta con ella o se aseguraba de dejarla en el segundo cajón de su armario. El único que tenía doble llave.
Si asistía a alguna reunión, la agenda roja siempre permanecía debajo de su bloc de notas. Carolina sentía que allí estaba todo lo que tenía. No sólo su carrera, sino también su vida. No tenía copia y no confiaba en la seguridad informática.
Esa agenda, que todo lo contenía, la había llevado a obtener su último ascenso y su departamento con vista al parque en el 5to piso de las Torres de Cristal.
Cada domingo, antes de irse a dormir, actualizaba sus datos y le agregaba hojas adhesivas al final con las tareas diarias.
Ese lunes, Carolina se levantó más temprano que de costumbre. El señor Santino estaría a las 11 en el salón del directorio para firmar el contrato de compraventa del edificio Emperatriz y quería que todo estuviera en orden. Nunca nadie había logrado hacer negocios con él. Y ella se había transformado en su único contacto.
Alcanzó a poner la clave en su computadora cuando el movimiento llegó sin anunciarse. Vio como el monitor se movía de un lado a otro, como si fuera un péndulo. Se incorporó como pudo de la silla para alcanzar las escaleras que la llevarían hacia la calle. El temblor podía durar apenas segundos, pero lo mejor y lo indicado era salir.
Media hora más tarde, sin réplicas, las noticias anunciaban un epicentro a 40 kilómetros de la ciudad, mientras Carolina se disponía a marcar el número del señor Santino. Miró sobre su escritorio. Luego debajo. Abrió el cajón. No estaba. Sus metas se derrumbaban con la misma velocidad que las gotas de sudor le caían por la frente.
Santino llegó media hora más tarde y estampó la firma en las seis hojas con membrete. Pero Carolina tenía que volver a armarse para una nueva batalla.
Una semana más tarde, mientras se asomaba por la ventana para ver que tan intensa era la lluvia, bajó la vista hacia el fondo del vaso plástico y vio que ya no quedaba café en él. Se acercó hasta el papelero de su colega y lo arrojó al pasar. El sonido seco le llamó la atención. Se inclinó como buscando un eco y su agenda aparecía desde el fondo, tan roja como su furia.
Días después, su colega hablaba en voz baja por teléfono. El susurro le llegaba a Carolina con más nitidez de lo que esperaba. “Con el señor Santino por favor”, de parte de Eduardo Vázquez, de Empresas New Age”.
(los nombres de los personajes y lugares han sido cambiados para no herir susceptibilidades)